Creo detectar en la autocrítica de Carod cierta impostación teatral, lastimera, que también el president Maragall parece, en los últimos tiempos, tentado a explotar. "¡Pobre Carod!", comentaron ayer, quizás, las entrañables ancianas que el pasado domingo votaban en mi colegio. Yo salía y ellas entraban comentando: "Pobre Maragall! Hem de votar sí". Cuidado con las emociones. Lo que hoy provoca piedad, mañana suscita burla. Y viceversa. El president Maragall debería deshojar con rapidez su margarita. Pensando no sólo en su persona, sino en las vivencias de la gente a la que teóricamente representa. Muchos líderes socialistas catalanes proceden de lo que podríamos llamar el patriciado cultural. Y muchas veces ha dado la impresión de que piensan en las clases humildes que mayoritariamente les votan en forma abstracta, académica. Piensan para ellos, pero sin ellos. No es extraño que, al cabo de los años, en estos sectores crezca, a partes iguales, por un lado el desapego por las cosas catalanas (Estatut) y, por otro, cierta orfandad: nadie los representa en Catalunya vitalmente.

El president no debe pensar sólo en sí mismo. Pero no estará de más que piense en la campaña que le espera. Durante su presidencia, la política catalana ha sufrido hipertensión. No sólo por los pleitos internos del fenecido tripartito, sino también a causa de los pleitos generales del Estatut, cuya tortuosa tramitación le será imputada agriamente en exclusiva a pesar de que a ella han contribuido todos, absolutamente todos los líderes políticos (incluso los que ahora mejor planchados salen en la foto de la moderación). El president debe pensar también en la corriente del socialismo catalanista, de la que es rostro electoral, aunque no líder real. No ha aprovechado la oportunidad que una presidencia agarrada por los pelos le otorgó. Se esperaba una Catalunya distinta a la que describió Pujol. No se ha visto. Algunas descargas eléctricas de su excepcional personalidad (la Eurorregión, el clúster de biología, la remodelación de los 40 barrios) han permitido vislumbrar su singular visión estratégica (ya indiscutida en su celebrada época de alcalde). Pero estos destellos han quedado eclipsados por el ruido de fondo, al que ha contribuido como el que más. Maragall y su generación (este patriciado cultural que ha cambiado la piel de Barcelona y ha liderado la modernización) han dejado una impronta visible en la historia de Catalunya. Pero está llegando el momento de dejar paso a otras gentes, a otras sensibilidades. El ascensor social catalán está muy atascado: generacional y socialmente. Las nuevas olas migratorias empujan a los que llegaron décadas atrás. Si estos no ascienden, quedarán atrapados en un sándwich. La política debe contribuir simbólicamente a abrir los caminos y mostrarles que están llamados a protagonizar el presente en primera fila.