Si el resultado del referéndum catalán sobre el Estatut ha sido un «sí rotundo», como propalan algunos líderes socialistas, que baje Arquímedes y que lo vea.
Si 1.900.000 votos afirmativos -de los cinco millones largos de paisanos convocados a las urnas- representan un «amplísimo respaldo», como afirmó Zapatero, que nos enseñen las tablas de cálculo que utilizan, porque acaban de revolucionar las matemáticas.
Sin embargo, esta impostura, este entusiasmo desaforado de los partidarios del Estatut, tiene sus ventajas: durante unos cuantos años no podrán volver a la carga. Tema acabado. Techo marcado. A ver qué pasa ahora con Euskadi, donde Batasuna y ETA condicionan el proceso de paz hasta unos límites indecibles.
Pero volvamos al «sí rotundo». Media Cataluña se quedó en casa el domingo, o en las playas o en el Pirineo. Una abstención de estas dimensiones cuestiona inevitablemente la salud de la democracia. La abstención como fenómeno creciente debería alarmar a los repúblicos. La reforma del Estatut ha sido tan azarosa y bronca que ha ahuyentado a los ciudadanos de las urnas.
Miremos ahora hacia Asturias, pese a que existe un factor diferencial claro: Cataluña es contribuyente neto al Estado -aporta más de lo que recibe-, mientras que el Principado es un receptor perfecto de fondos. Sus aspiraciones están cercenadas de partida.
Además, en el caso de que se abriera la reforma estatutaria asturiana, partimos de prolegómenos bien confusos y contradictorios. En 2003, la Federación Socialista Asturiana -concretamente, su secretario general, Javier Fernández-, sostenía que el Estatuto no se tocaba. Un año después, con Zapatero animando el cotarro nacional, los socialistas afirman todo lo contrario. Por el lado del PP, Ovidio Sánchez pedía en 2004 tanto techo competencial para Asturias como el que Cataluña ambicionaba, pero un año después cambiaba de caballo y anunciaba el bloqueo de la reforma. Estas brillantes contradicciones son suficientes para que una buena parte de Asturias enmudezca sobre la hipotética modificación del Estatuto. Silencio rotundo.

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