EL RETO DEMOGRAFICO
Los países se enfrentan de forma distinta al problema del descenso de la natalidad y no necesariamente las políticas más proteccionistas desde el punto de vista social son las que obtienen mejores resultados. El caso de los Estados Unidos es un claro ejemplo.
El presidente ruso Vladimir Putin ha detectado, inadvertidamente, uno de los misterios más importantes de la actualidad: el descenso de las tasas de natalidad en los países industrializados. Putin propuso que Rusia pagara a las mujeres para que tuvieran hijos con el fin de remediar un panorama «crítico» en lo concerniente a la población. En realidad, podría haber dicho «desesperado».
En 2000, la población de Rusia era de casi 147 millones de habitantes, Putin expresa que está declinando a un ritmo de 700.000 personas por año. Con estimaciones plausibles, la Oficina de Censos de Estados Unidos proyecta que la población de Rusia en 2050 será de 111 millones de habitantes. La edad media (mitad de la población por encima de ella y mitad por debajo) será casi 50 años, mientras que ahora es de 38. ¿Puede mantener esta Rusia una economía fuerte, el optimismo nacional o fuerzas militares competentes?
El caso de Rusia, aunque extremo, no es un caso aislado. Ya no hay una «explosión» de la población. En los países más ricos, la maternidad no está de moda y el descenso de las tasas de natalidad presagia reducciones de la población. Es un hecho enormemente significativo, aun cuando no comprendemos plenamente sus causas, ni sus consecuencias. De una u otra manera, los efectos secundarios serán masivos para la economía, la política y el bienestar del pueblo. En realidad, podrían haber comenzado ya. ¿Es una coincidencia que Alemania e Italia, dos países al borde de reducir su población, experimenten tantos problemas?
Tasa de fertilidad
Primero, algunos hechos. Como promedio, las mujeres deben tener dos hijos para que una sociedad se reemplace a sí misma. El número de hijos por mujer se denomina «tasa total de fertilidad» o TFR (siglas en inglés). He aquí las TFR estimadas para algunos países importantes: Alemania, 1,4; Grecia, 1,3; Italia, 1,3; Japón, 1,4; España, 1,3; y Rusia, 1,3. Las tasas de fertilidad bajas no conducen automáticamente a declives de la población. Pueden ser compensadas por la inmigración, por expectativas de vida más largas y números mayores de madres jóvenes. Pero en última instancia, las tasas de fertilidad bajas sugieren poblaciones en declive.
«La despoblación de Europa y Japón, que tendrá lugar pronto, causará muchos problemas», escribe Ben Wattenberg en Fewer, su excelente libro sobre el tema. «Las poblaciones envejecerán, la base de clientes (para las empresas) se reducirá, habrá escasez de mano de obra, la base fiscal declinará, se recortarán las pensiones, la edad jubilatoria aumentará». Todo ello es plausible. En 2000, una de cada seis personas en Alemania y Japón tenía 65 o más años; para 2050, las proyecciones son de una de cada tres personas. Por supuesto, las proyecciones pueden estar equivocadas. Pero de la misma manera podrían quedarse cortas en cuanto a la pérdida de población (en realidad, estas proyecciones ya suponen una importante recuperación de las tasas de fertilidad).
Hasta cierto punto, comprendemos el descenso en las tasas de fertilidad. Wattenberg examina a los sospechosos habituales: la mejora en los ingresos, en la salud y en las expectativas de vida (cuantos más niños sobreviven, los padres tienen menos hijos); la creciente urbanización (las familias necesitan menos hijos para trabajar en el campo); el acceso de la mujer a los empleos y a la educación; los anticonceptivos; un número menor de matrimonios y matrimonios más tardíos; más divorcios. Pero nuestra comprensión es sólo parcial, porque hay sólo una gran excepción en las tasas de fertilidad bajas: los Estados Unidos.
La fertilidad en Estados Unidos está aproximadamente en el nivel de reemplazo de la población: 2,1 hijos por mujer. La tasa de fertilidad norteamericana tampoco refleja, como piensan algunos, una tasa más alta entre los hispanos norteamericanos. La tasa de fertilidad entre los blancos nohispanos es de 1,9 y de alrededor de 2 para los afroamericanos, informa el demógrafo Nicholas Eberstadt del American Enterprise Institute.
¿Cuál es la explicación de la excepción norteamericana? Eberstadt cita tres diferencias con Europa: un mayor optimismo, un mayor patriotismo y valores religiosos más firmes. Hay algunas pruebas para apoyar esa explicación. Un estudio realizado por el Centro de Investigación de la Opinión Pública de la University of Chicago pidió a los encuestados de 33 países que respondieran a la siguiente afirmación: «Preferiría ser un ciudadano de mi país antes que de ningún otro. Entre los norteamericanos, el 75% estuvo «enérgicamente» de acuerdo; entre los alemanes, los franceses y los españoles, las cifras comparables fueron del 21%, 34% y 21%, respectivamente.
El caso americano
Los hijos son ahora, generalmente, una decisión consciente, mientras que en una época se los consideraba como una necesidad económica o una obligación religiosa. De alguna manera la sociedad norteamericana combina mejor la crianza de los niños con el trabajo que otras sociedades, que brindan mayores subsidios para hijos (mediante guarderías proporcionadas por el Gobierno, prestaciones para familias, etcétera).
En realidad, los estados que cuentan con sistemas de bienestar social muy generosos podrían estar provocando el efecto contrario. Un estudio de economistas de la Universidad de Minnesota concluyó que las pensiones altas de Seguridad Social y los impuestos a la nómina están asociados con tasas de fertilidad bajas. Los individuos quizás piensen que no necesitan hijos para que los cuiden cuando lleguen a la ancianidad. O, tal vez, los impuestos altos y una economía deficiente disuadan a la gente joven de iniciar familias.
Nadie lo sabe. Hay gran escepticismo entre los expertos acerca de la posibilidad de que incentivos económicos al estilo de los que Putin está ofreciendo logren reavivar, por sí solos, las tasas de fertilidad. Al no tener hijos, la gente está votando contra el futuro, el de sus países y quizás el propio. Es fácil imaginar los sacrificios y las decepciones inherentes a la crianza de los hijos. Es difícil, por más que la gente trate de hacerlo, imaginar las alegrías intensas y los placeres egoístas de ese proceso. La gente ignora la aguda observación de Adam Smith: «La parte esencial de la felicidad humana surge de la conciencia de ser amado».
Robert Samuelson es analista de The Washington Post.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario