Los catalanes propinan con su abstención un batacazo histórico a Zapatero y al nacionalismo, de Jesús Cacho en El Confidencial
Con una participación inferior al 50%, los catalanes han dado un clamoroso voto de castigo a José Luis Rodríguez Zapatero y a una clase política nacionalista catalana que se mueve entre la esterilidad y la pedantería, dejando claro que ni se sienten superiores al resto de los españoles ni quieren separarse de España, y mucho menos servir de coartada a los planes que el presidente del Gobierno tiene concertados con una panoplia de enemigos de la idea de España con la deseo de perpetuarse en el poder, que a eso se reduce, sospechan tirios y troyanos, el fenomenal lío que Zapatero ha montado en dos años y pico de mandato.
Varapalo a Zapatero porque ha sido el motor de un nuevo Estatuto que apenas interesaba al 6% de la población catalana cuando estaba siendo discutido en el Parlament, y que parecía embarrancado, más muerto que vivo, hasta que el Presidente del Gobierno llamó a Moncloa a Artur Mas y le dio nueva vida, enloquecida vida a un remedo de Constitución a la soviética manera que invade parcelas de algunos derechos fundamentales de la persona que en Europa se consideraban sagrados desde la Revolución francesa, un proyecto que únicamente convenía a su mentor en Madrid, el señor Zapatero, y a una clase política, la nacionalista, alejada de las preocupaciones diarias de la gente y empeñada en juegos de poder en su personal provecho.
A esta aberrante filosofía política han dado ayer mayoritariamente la espalda los votantes catalanes. Hablar del porcentaje de “síes” es irrelevante; lo mismo que hablar de los “noes”. La única referencia importante, trascendente, decisiva incluso, de la consulta de ayer consistía en saber qué porcentaje de catalanes se movilizarían con respecto al referéndum celebrado en 1979 para aprobar el Estatuto nacido de la Constitución del 78. Pues bien, ya lo sabemos: el referéndum de 1979 contó con una participación del 59,7% de los catalanes, el 88,15% de los cuales aprobaron el texto.
Las diferencias con lo ocurrido ayer son clamorosas y convierten en ridículas las matizaciones, verdaderamente pintorescas, que los nacionalistas y sus compañeros de viaje mediáticos intentaron anoche con más voluntad que acierto. Los catalanes no necesitaban ningún nuevo Estatuto, porque ya tenían uno y había demostrado funcionar aceptablemente bien. Tres años de Gobierno tripartito y ríos de tinta, cientos de horas de televisión y miles de horas de radio no han conseguido movilizar a los votantes en apoyo de un texto que la inmensa mayoría consideraba necesario.
De las tranquilas aguas del oasis catalán ha emergido la figura del monstruo del lago Ness para propinar un susto de muerte a los políticos del PSC, de CiU (el señor Mas pensaba rentabilizar en su provecho el “éxito” de la consulta) y de ERC. Clamoroso varapalo el de ERC. La posición del PP catalán en este entierro se antoja anecdótica, al punto de que no debería sacar ninguna lectura triunfalista de lo ocurrido.
¿Y Rodríguez Zapatero? Posición complicada en extremo la suya. Conviene recordar que el Presidente negó su apoyo al Plan Ibarretxe en el Parlamento español por llegar a Madrid con el apoyo de solo el 51% del parlamento vasco. ¿Qué hacemos ahora, señor Zapatero? ¿Qué hará usted ahora, aparte de obsequiarnos con alguna de sus gansadas en forma de frase lapidaria? Lo ocurrido ayer en Cataluña es una enmienda a la totalidad a su estrategia política de demolición de la Constitución del 1978, un resultado que debería conducirle a convocar elecciones generales de inmediato, porque lo de ayer no puede interpretarse más que como una desautorización en toda regla a esa política.
Dice Pío Baroja en sus Memorias que poco antes de la proclamación de la II República, Ortega y Gasset pensaba, como ahora ZP a otro nivel intelectual, en un cambio mágico para el país. “Yo auguraba algo muy malo y acerté”, dice el novelista de Vera de Bidasoa. “Estaba inclinado a pensar que sólo los gobiernos viejos y llenos de experiencia pueden dar una vida tranquila a los pueblos. Este convencimiento mío procedía de que yo, en mi juventud, había leído varias historias de la revolución francesa, lo que no habían hecho mis compañeros, y a mí la Revolución francesa me parecía un esquema que se repetiría en los pueblos de Europa siempre que se intentase un cambio político de esa índole, con sus tres fases: utopía, revolución y reacción”.
Con los datos de ayer en la mano, parece que en esta ocasión la reacción del pueblo catalán va a impedir la huida hacia nadie sabe dónde que Zapatero ha emprendido por su cuenta, ante la mirada asombrada de gran parte del viejo PSOE, con Felipe González a la cabeza. Por fortuna, y como decía Vivian Leight en la escena final de Un tranvía llamado deseo, los políticos siempre han estado y seguirán estando “a merced de la bondad de los desconocidos”, quienes de vez en cuando suelen sorprenderles de forma radical. Pues bien, en esta ocasión no solo han sorprendido, sino que, con su actitud, probablemente han abortado un viaje hacia lo desconocido, haciendo un favor de importancia histórica a Cataluña y España.
