Ya tenemos el resultado del referéndum. Y sea cual fuere, a efectos prácticos lo que habrá que hacer es trabajar, Catalunya no es una nube o un amor, sino todos al tajo. El Estatut no es para ir bien, sino para ir mejor. A lo que puede contribuir volver al tema que iniciamos el sábado sobre la proyección catalana allende fronteras. La que logramos en fútbol, economía o turismo, pero no en cultura y política, lo que al fin conforma nuestra imagen sobrestructural. Sin que la culpa de los fallos recaiga siempre en ese enemigo exterior,que si nos machaca también nos sirve de excusa para recluirnos en el enanito que nos hemos fabricado creyendo defendernos pero que nos recluye, y así no tener que competir y convencer, es más cómodo ensimismarnos ante el espejo. Hay que soltar lastre, dejar un tanto los valores y prismas locales y ortodoxos para impulsar los de alcance general, extemporáneos, hay que invadir.
Un ejemplo: en política hablamos mucho de Prat de la Riba, sin duda eficiente, lúcido, fundamental, mientras olvidamos al general Prim, el catalán más importante que ha actuado sobre España y siempre con acusada visión catalana y de progreso, fuera combatiendo a los carlistas, defendiendo a los empresarios en las Cortes con un lenguaje de catalanidad no superado o derrocando a la carcomida monarquía isabelina. Otro: el historiográfico, tan frondoso en Catalunya, pero sin que apenas algún libro nuestro haya sido traducido o considerado en el exterior esencial ni en la temática general que también nos afecta. Así, un Ferran Soldevila, laborioso y nacionalista, imprescindible, al hablar supongamos de Carlos V, tan relacionado con Catalunya, se enzarza en cuestiones internas barcelonesas negligiendo el encaje en la monarquía entonces más poderosa de Occidente, en la que catalanes como los Requesens resultaron capitales.
¿Y era o no era un rey catalán Fernando el Católico? Lo dudamos, cuando fue el mayor. Pero que excede el localismo. Aunque hay una previa muy gorda y es el lío que nos hemos armado con nuestro mismísimo nombre: barramos el de Reino de Aragón por juzgarlo ajeno, pero por él se nos conoce en la historiografía mundial, y damos el de Catalunya, que fuera sólo es considerado geográfico o étnico. Mientras, el de Barcelona, conocido e histórico, nos parece que disminuye el de Catalunya. Y por si esta denominación no fuera conflictiva al tratar con Valencia, Baleares, Andorra, Aragón, inventamos el de Països Catalans, politización encubierta que los demás rechazan, cuando en todo caso se trataría de espacio cultural... Pero ¿el enanito subsistente nos prohíbe la autocrítica?

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