En una soleada mañana de lunes en Helsinki, una atmósfera de optimismo nacional impregna el ambiente primaveral: un grupo finlandés de rock ha ganado el Festival de Eurovisión, el equipo de hockey sobre hielo ganó una medalla de plata en los pasados juegos de Invierno 2006 en Turín y estamos a pocas semanas de las vacaciones nacionales veraniegas de finales de junio, cuando la luz apenas abandona el firmamento y los ciudadanos de la capital huyen en desbandada hacia sus segundas residencias esparcidas a la orilla de la miríada de lagos que motean este país de algo más de cinco millones de habitantes. El panorama sobre el puerto - con sus rompehielos amarrados hasta la próxima estación invernal- desde la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, alojado en los amarillos edificios de los cuarteles navales rusos del siglo XIX, es espectacular. El país, en términos generales, goza de buena salud: la incertidumbre económica de hace un decenio o más, asociada a la caída de la URSS y que provocó notables tasas de paro, se ha visto superada y en la actualidad Rusia es el segundo socio comercial de Finlandia. La desazón nacionalista concerniente a los territorios finlandeses ocupados por Rusia durante la guerra de Invierno, que dio comienzo con la agresión rusa en noviembre de 1939 (y que concluyó en un armisticio en marzo de 1940) sobre el istmo de Karelia, se ha desvanecido. Y, en tanto que el país pudo sosegarse tras la guerra fría, abandonando así su frágil posición de país neutral fronterizo con la URSS, ha revisado asimismo positivamente su Constitución para transferir ciertas atribuciones de su todopoderosa presidencia al primer ministro.

El índice más espectacular de este proceso de acomodación y apertura constituye la entrada de Finlandia en la Unión Europea, criticada por cierto por algunos, incluido un euroescéptico populista y conservador llamado Timo Soini, un autoproclamado hairikko (pendenciero) que obtuvo un 3,4% de los votos en las elecciones de enero de este año; por otra parte, en un reciente sondeo de opinión, un 51% de los finlandeses expresó juicios negativos sobre la UE. No obstante, en la actualidad no se advierte iniciativa alguna de importancia tendente a desafiar la pertenencia de Finlandia a la UE; la elite política y empresarial respalda sólida y enérgicamente este compromiso. Así pues, es menester afirmar que Finlandia, más fuerte económicamente y habiendo adoptado el euro como moneda, forma parte esencial del proyecto sustentado por la UE. A partir del 1 de julio asume la presidencia semestral de la Unión al tomar el testigo de Austria y antes de entregarlo a Francia. Finlandia, a diferencia de los países bálticos y del Este europeo, no es sin embargo miembro de la OTAN, tema que continúa suscitando considerable oposición en el seno del país, por más que una elite de la política, la diplomacia y el mundo empresarial se muestra favorable a tal ingreso y a la transformación de la OTAN en una fuerza militar global.

La crisis del proceso constitucional europeo y la confusión de que dan muestra las principales potencias europeas a propósito de la cuestión de Iraq, la reforma de las Naciones Unidas y la aplicación del plan de estabilidad significan que se alza un límite en relación con lo que cualquier país que asuma la presidencia en un momento dado puede conseguir. Irlanda tuvo la suerte de que su presidencia en junio del 2005 acabara con la entrada formal de los diez nuevos países del Este europeo: de forma irónica, fue en Dublín - capital de un país que no ha sanado aún de sus heridas históricas y donde las armas y su sombra alargada dan aún señales de vida- donde los europeos señalaron el término de un milenio de conflictos interestatales. La presidencia británica, en la segunda mitad del 2005, fue, por el contrario, penosa: las promesas de compromiso de Blair quedaron en poco, el fracaso constitucional dejó en todas las bocas un amargo sabor lejos de todo estusiasmo y Londres - mejor dicho, Downing Street- contribuyó al fracaso del décimo aniversario de la conferencia del proceso de Barcelona, en noviembre. En efecto, España, el país anfitrión - de acuerdo con el Foreign Office- había alcanzado un entendimiento con los países árabes, sobre todo Egipto, sobre el modo de abordar la cuestión palestina en el comunicado final de la conferencia: sin embargo, un grupo de asesores de Blair en Downing Street llegó en el último minuto y bloqueó el acuerdo. En conclusión, el presidente Mubarak y todos los demás jefes de Estado árabes, seguidos del primer ministro de Israel, se retiraron en el último instante. Los europeos, pues, reunidos para participar en lo que pretendía ser un festival de diálogo euro-mediterráneo (aquí mediterráneo es, en buena medida, un eufemismo por árabe)entre 25 jefes de Estado y de Gobierno hubieron de contentarse con charlar entre sí y con el primer ministro de Turquía.

Esta vez, Finlandia, cuyo primer turno en la presidencia hace seis años se vio acompañado de notable nerviosismo, parece hacer gala de tranquilidad. Las grandes iniciativas relativas a la Constitución europea no les causarán quebraderos de cabeza, ya que esa cuestión queda en manos de los responsables de las principales delegaciones y se encararán en el curso de la presidencia francesa. Las prioridades de los finlandeses son más modestas: en primer lugar, la estabilización y mejoría de las relaciones económicas con Rusia mediante una ampliación de los acuerdos ya vigentes, en la esperanza de que en un marco más amplio y general puedan contribuir a sosegar los ánimos excitados por la cuestión de la seguridad energética (de parte de la UE) y la ampliación de la OTAN hacia Ucrania (de parte de Rusia). Los finlandeses pueden hablar ahora más abiertamente sobre Rusia que en tiempos de la guerra fría, pero, en razón de su gran proximidad (San Petersburgo se halla a ocho horas de coche de Helsinki) y del amplio conocimiento de la lengua rusa y su política interior entre la elite diplomática finlandesa, se hallan en condiciones de conocer (y preocuparse) tanto la evolución interna de Rusia como la situación de los recién llegados a la UE: las políticas contrarias a Rusia en el caso del nuevo Gobierno populista conservador polaco son motivo de inquietud.

También les interesa a los finlandeses el empleo de su presidencia para promover un diálogo más activo e intenso con el mundo musulmán y Oriente Medio. Pertrechados de su historia y trayectoria de compromiso con la tarea pacificadora de las Naciones Unidas y la labor diplomática en áreas conflictivas (su ex presidente Martti Ahtisaari destacó notablemente en este sentido en Namibia a principios de los noventa y aún sigue trabajando en los Balcanes), los finlandeses se sienten preocupados e inquietos por el catastrófico empeoramiento de las relaciones no sólo con los países de Oriente Medio, y especialmente con relación a Iraq e Irán, sino también con respecto al rumbo y la suerte de las comunidades musulmanas en Europa occidental: la cuestión de las caricaturas danesas ha producido ondas de choque en los países de la región del Báltico y el esfuerzo por resolver los problemas relativos a la relación con los países y comunidades musulmanas inmigrantes adquiere categoría de elevada prioridad.

Un veterano diplomático de Asuntos Exteriores cita los lugares y áreas que exigirían una respuesta de la presidencia europea ante posibles sorpresas dramáticas: Chipre, Kosovo, Congo e Irán, por citar sólo cuatro. Finlandia, al igual que cualquier otro país preocupado por la credibilidad de la política occidental en Oriente Medio a largo plazo, se halla inquieta por la situación de creciente deterioro en Afganistán, donde fuerzas occidentales, así como de las Naciones Unidas y de organizaciones de ayuda, se han convertido en blanco de ataques. Finlandia posee algunas fuerzas de pacificación en Afganistán, país que juzga en situación distinta de la de Iraq; no obstante, ha caído en la cuenta como cualquier otro país de que si los talibanes y sus aliados desencadenaran una ofensiva militar importante en el país, con respaldo pakistaní, ni se dispondría de potencial militar suficiente en el país ni habría voluntad política en las sociedades europeas occidentales de aportar los recursos necesarios para contrarrestar tal empuje.

Las nuevas responsabilidades internacionales de Helsinki, y la apertura de un debate asociado al término de la guerra fría y su ineludible estrecha atención a las presiones de la Unión Soviética, han impulsado a los finlandeses a acendrar su reflexión sobre su propio pasado y su relevancia para el presente. Hace un siglo, Finlandia, gobernada entonces por Rusia, fue el escenario de una importante revuelta nacionalista y democrática, que resultó en su logro de un Parlamento y (primer país en Europa) el sufragio universal de hombres y mujeres. El país posee una dilatada tradición de respetabilidad escandinava socialdemócrata en cuestiones como la igualdad social, las relaciones entre sexos y el compromiso en cuestiones internacionales, todas ellas de gran importancia en la UE actual y que se encarnan en la figura de su recién reelegida presidenta.

Asoma, no obstante, un lado oscuro en esta historia: tras la Primera Guerra Mundial y el fracaso de los planes de independencia bajo un monarca importado de Alemania (aún pueden verse los asientos reservados a los monarcas - que no llegaron a usarse- en las escaleras del Ministerio de Exteriores), Finlandia se sumió en una guerra civil en cuyo curso se impusieron las fuerzas anticomunistas del general Mannerheim, arquetipo de enérgico presidente finlandés. Finlandia fue, de hecho, uno de los cuatro países miembros de la UEque sufrieron guerra civil en el último siglo: los demás son Irlanda, España y Grecia. Todos ellos han salido de tales guerras para acceder a sistemas democráticos, pero resulta notable como en cada uno de estos casos costó tantas heridas y divisiones el cierre del capítulo de la guerra civil. En este sentido, naturalmente, el caso de Finlandia se inscribe en el curso principal de la historia europea en mayor medida de la que su distante situación geográfica podría dar a entender.

Dadas las más bien negativas aportaciones a la UE y a la construcción de nuevas instituciones europeas que algunos de los países más centrales e importantes han demostrado recientemente (el Reino Unido, Francia, Italia), una buena dosis del buen sentido - avanzado y de vocación internacional- escandinavo puede ser muy bien recibida en los próximos meses.