Las vacías tardes del fin de semana, en una pista deportiva descubierta se reúne un numeroso grupo de ecuatorianos. Mientras unos juegan, otros meriendan y charlan, ajenos muchas veces al balón. Los más forofos se agolpan junto la desvencijada verja, pero otros muchos se tumban entre los árboles, formando pequeños grupos alrededor de botellas de cola, sándwiches, dulces e, incluso, algún potaje casero. El fútbol es la actividad que centra, aparentemente, la reunión. Pero en realidad es una excusa para pasar el fin de semana en comunidad. Estarán eufóricos con el magnífico resultado de su país en el Mundial.
Y los más jóvenes, cuando marquen, se identificarán con los Tenorio, Méndez y Valencia, que han causado, en Alemania, tanta sensación como, de momento, nuestros Puyol, Xavi y Torres. Y casi tanto como los estratosféricos Messi y compañía.
El fútbol es una fabulosa fábrica de felicidad. Para estos emigrantes que pasan los fines de semana alrededor de un balón suburbial, las victorias de su selección son vitamina para el corazón, a pesar de que Ecuador es un país que se ha portado cruelmente con ellos. Ecuador es un país de tremendas desigualdades sociales, de enormes diferencias étnicas y lingüísticas. Estos formidables atletas altos, negros y musculosos son hijos de la esclavitud, mientras que los ecuatorianos que viven entre nosotros acostumbran a proceder de las comunidades andinas. Los ecuatorianos de un biotipo o de otro están, sin embargo, igualados por la misma tristeza económica. Los Puyol y los Torres, por su lado, son idénticos: el mismo color, la misma apolínea figura de gimnasio, el mismo aspecto saludable del que ha tomado yogures y filetes en su infancia. La diferencia entre Puyol y Torres es lingüística. Una diferencia perfectamente armonizable, como armónica fue la jugada del último gol. El defensa catalán recuperó un balón con su típica determinación. Y con su no menos típica voluntad de poder avanzó. Se deshizo de un contrario trazando un prodigioso círculo sobre sí mismo, haciendo gala de una refinada técnica, aprendida, quizás, de su convivencia con brasileños. Pasó el balón al jovencísimo Cesc y siguió avanzando, no sólo con determinación, sino con clarividente visión del juego. Lo recibió de nuevo, y de cabeza, al primer toque, sirvió una delicada bandeja al niño Torres, que venía avanzando y con no menos clarividencia. Torres disparó con precisión de cirujano y arrojo de espadachín.
Se dice en Catalunya que este precioso inicio de la selección ha desatado un empalagoso nacionalismo español. Pero la ola barcelonista de este curso no ha sido menos empalagosa. Las emociones del fútbol, observadas desde la racionalidad, producen extrañeza. Y desde la reticencia, provocan repelús. Todo depende del color del cristal con que se mira. En ciertos medios de comunicación, obviamente, se está aprovechando el optimista arranque de España para hinchar el viejo globo españolista. De la misma manera que tantos medios catalanes aprovecharon la Champions y la Liga del Barça para hinchar un globo de otro tipo. Los comentarios insidiosos y reticentes que han abundado estos días en Catalunya prefieren ignorar que algunos periodistas de Madrid están a gran altura: practicando la distancia. El editor
Juan Cruz relató cómo diversos poetas eran partidarios de Ucrania. El ensayista Juan Cueto explicó que es muy difícil en la era global ser partidario de una nación, cuando tus ídolos están repartidos entre diversos equipos. Y uno de los más lúcidos comentaristas deportivos del momento, Santiago Segurola, elaboró una preciosa teoría sobre el final de la furia española.
Segurola considera que la cultura futbolística española basada en una supuesta, aunque vacía, testosterona nacional, entró en crisis, no sólo por su eterna falta de resultados, sino gracias a la llegada de Cruyff, que inoculó en el Barça una nueva cultura futbolística, basada en la habilidad técnica y en la posesión de la pelota. Esta cultura ha enraizado. La imitó el Madrid de la Quinta del Buitre, la practican múltiples escuelas regionales; pero es en la escuela de la Masia donde se ha quintaesenciado: Xavi, Cesc e Iniesta. Esta cultura europea y catalana estaría ahora en condiciones de ofrecer alegrías españolas.
Los argumentos de Segurola son más sofisticados. Mientras los degustaba pensé en un posible patriotismo español fundado en la cultura europea ilustrada (que en el plano futbolero representa Cruyff) y liderada ideológicamente por los catalanes, que encuentran la manera de seducir España, en lugar de desgastarse en las batallas de Macao. No es fácil, claro está, reinventar sentimientos patrios. Por demás, en un Mundial, uno tiene el corazón (re) partío.Con Argentina, por Messi; con Brasil, por Ronaldinho; con Portugal, por Deco; con España, por lo dicho. Y hasta con Ecuador. No es fácil reinventar sentimientos. Eso vale para mis opiniones, pero también para las contrarias. Mientras la mayoría de los periodistas deportivos catalanes da por supuesto que el ídolo bueno es Oleguer, no sólo por su fútbol, sino también por sus ideas, mi ídolo sigue siendo Xavi. Por su fútbol, naturalmente, pero también por su respuesta: "¿Qué camiseta prefieres, la catalana o la española?", le preguntaron. Xavi no pronunció palabra. Pero su rostro expresó lo que la mayoría de los catalanes siente sobre este asunto de las patrias: no me obligues a escoger.

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