Renuevo el viejo y obligado hábito de apagar el sonido de la tele en determinadas retransmisiones de fútbol. Me ocurría con los ancestrales y desdichados comentarios que escuchaba en TVE y que agredían impunemente a cualquier receptor en exclusiva posesión de dos dedos de frente, pero esa desagradable sensación se está prolongando hasta la náusea con el rompedor y juguetón estilo expresivo de La Sexta.
Acumulo un perpetuo desencuentro con el tono y el discurso arrabaleramente campechanos y el genuino sentido del humor de Andrés Montes, paradójicamente armonioso y cómplice con la personalidad abusivamente naif y patéticamente esforzada en no hacerse un lío con el lenguaje que caracteriza al sano chavalote Julio Salinas, pero la tercera vez que le escucho a Montes la mercenaria convicción autopromocional de que la vida puede ser maravillosa y de que algo está cambiando con La Sexta, decido no ya incomunicarme radicalmente con su narración futbolística, sino también suplicar a la comunidad de vecinos que vuelvan a recolocar la antena que me permitía acceder a esa cadena que me promete el Edén cotidiano para ausentarme definitivamente de él.
Y me asusto de la blasfemia que suelto al constatar como el codo del quebrantahuesos profesional De Rossi se ensaña con el careto de un rival transformándolo en la representación del ecce homo. Y no me parece justo ni equilibrado que con la expulsión del campo se solucione la actitud de los matones en serie engañosamente acreditados como jugadores de fútbol, de los que se proponen convertir los estadios en su particular sala de torturas. Y me quejo de que su violencia este penada como máximo con el destierro. Yo incluiría que les guardaran en el trullo o que las víctimas y sus familiares hicieran posterior ajuste de cuentas en un callejón oscuro y sin peligro de que la Ley les imponga un marrón por su venganza.
Veo en esa obra maestra titulada Heat a un insólitamente sobrio Robert de Niro aclarándole a una mujer que está solo, pero que no se siente solo. Y estoy deseando revisar su mitológico cara a cara con el admirable madero que interpreta Pacino, pero como tengo que hacer los deberes me obligo a escuchar en Salsa rosa el apasionante alegato de un tal Pipi contra una tal Terelu, la arpía que le abandonó. Flipando en colores. En La noche temática me cuentan que en China dejó de estar de moda la sanguinaria Revolución Cultural que enamoró a tanto progre de Occidente, a muchos de esos fogosos conversos que ahora se autodenominan liberales. Y por fin escucho algo lúcido en las soflamas de los líderes catalanes sobre el Referéndum. Aconseja el fenicio Carod-Rovira: «Que voten con el corazón y con el cerebro, pero sobre todo pensando en su bolsillo». Ni Izquierda, ni República, ni Cataluña, sino pasta pura y dura. Eso es un político sincero y tentador.
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