Como era de prever, los anuncios televisivos de la pasada campaña del Estatuto, se han movido entre lo ridículo y lo deplorable: ciudadanos anónimos diciendo lo que piensan (que, casualmente, es el ideario del PSC), Mas y Duran dando la tabarra a comparsas que se salen constantemente del cuadro, un vejete dispuesto a votar que no por el bien de su nieta, desesperada porque Catalunya no acaba de ser una nación, Joan Saura hablando solo en un bar...Tampoco los eslóganes han sido gran cosa (el PSC se ha lucido al calificar al PP de enemigo de la patria catalana), pero debo reconocer que uno de ellos, el de CiU, me ha tocado la fibra sensible. Es ese en el que se nos insta a elegir entre 1979, año del primer Estatuto de autonomía, y el futuro, representado en el segundo.
A modo de magdalena proustiana, la frase y la foto del Seat 600 me han retrotraido a ese 1979 que, al parecer, no vale un pepino, y me han hecho recordar que para mí, parafraseando al Sinatra de It was a very good year, 1979 fue un año estupendo. Perdonen que les cuente mi vida, pero es que yo en 1979 tenía 23 años y creía en el futuro. Hacía poco que nos habíamos librado de Franco y aún no ha había llegado Pujol a poner orden y a salvarnos de nosotros mismos, con lo que Barcelona era un jolgorio permanente en el que no se sabía muy bien qué estaba prohibido y qué no y todo el mundo --por lo menos, la gente con la que yo me trataba-- hacía de su capa un sayo.
En 1979, yo me ganaba la vida como periodista de una prensa alternativa que ya no existe. El alcohol y las drogas me sentaban divinamente. Iba gratis a todos los conciertos de rock, y la única consecuencia desagradable de esos eventos fue una sordera que me duró tres días por haberme pasado toda una actuación de Status Quo al lado de un amplificador que escupía la música a un volumen brutal. En los bares modernos había unas chicas guapísimas y coincidías con una variopinta pandilla de artistas, músicos, escritores y periodistas de lo más divertida. Eso sí, no había manera de prever que el cachondeo iba a durar muy poco y que se iba a terminar gracias a esos señores que ahora hacen anuncios sobre lo cutre que era 1979 y lo mucho que mola el futuro que ellos ambicionan.
En 1979, yo tenía una vaga idea del futuro en la cual el nacionalismo, como el fascismo, el comunismo y demás ismos mezquinos del siglo XX, se ahogaría en una fraternidad levemente ácrata de lo más estimulante. Como todos sabemos, el nacionalismo no ha sido tan solo la única memez de otros tiempos que ha sobrevivido, ¡sino la única! Tras 40 años de nacionalismo español pelmazo, no se nos ocurrió nada mejor que sustituirlos por 25 de nacionalismo catalán igualmente pelmazo. Ah, y cuando creímos que el pujolismo iba a ceder su sitio a la izquierda progresista, nos encontramos con una prórroga patriótica de cuidado y dos años de brasa mediática en torno a un estatuto nuevo cuya necesidad sólo veían de manera meridiana los integrantes de ese pintoresco grupo de extraterrestres que conocemos como políticos.
Sí, amigos, yo en 1979 pensaba en el futuro. Pero en esa época el futuro no era esto que tenemos. Francamente, entre 1979 y el futuro que ahora es presente, me quedo con 1979. Y entre el tipo decepcionado que ahora soy y el chaval que, felizmente borracho en la barra del Zig Zag, soñaba en las novelas que escribiría mientras atisbaba el escote de la camarera, no hace falta que les diga con quién me quedo.

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