El Reina Sofía ofrece estos días a sus visitantes la sobrecogedora posibilidad de situarse, simultáneamente, ante cuatro pelotones de fusilamiento. En el marco de la exposición Picasso. Tradición y vanguardia,con la que, junto al Prado, conmemora los 125 años del nacimiento del pintor y los 25 del regreso del Gernika a España, el museo ha enfrentado este célebre cuadro de 1937 con otras tres piezas: Los fusilamientos del 3 de mayo (1814), de Goya; La ejecución del emperador Maximiliano (1868-69), de Manet, y Masacre en Corea (1951), también de Picasso. El montaje, sobre un espacio con planta de cruz, permite al espectador situarse en un punto central, equidistante de las cuatro telas, y contemplarlas una por una sin desplazarse, mediante sucesivos giros de 45 grados sobre su propio eje. La experiencia es de las que encogen el corazón: aun estando en un museo, a menudo rodeado de otras gentes, a salvo, uno cree percibir el acre olor de la pólvora, el estruendo de las descargas, la rutina desalmada del pelotón, la conmoción de las víctimas...
El cuadro de Goya nos presenta una escena de muerte en cadena. Los que van a ser fusilados muestran sus rostros horrorizados, en estado de shock, y se ubican entre quienes les precedieron y yacen muertos a sus pies, y quienes guardan cola y quizás les sucedan en breve. Los miembros del pelotón, con los rostros ocultos, realizan mecánicamente su tarea, aferrados a sus armas y guiados por una linterna cúbica que rompe la oscuridad de la noche e ilumina la carnicería.
La escena que pintó Manet medio siglo después es algo menos dramática. El emperador Maximiliano, abandonado en México a su suerte por Napoleón III, exhibe ante las armas un semblante lívido, pero parece encarar la muerte con serenidad. El horror, sin embargo, pervive en las caras de quienes contemplan la ejecución desde detras de una tapia. No así en las de los miembros del pelotón, de nuevo ciegamente entregados a su labor.
En el Gernika,el fusilamiento es de otro orden. La muerte no la traen aquí las balas, sino las bombas. Es una muerte indiscriminada, que alcanza a tanto a hombres como a mujeres, niños y animales, y viene servida por aviones invisibles que pilotan seres también ignotos.
No habían pasado tres lustros desde la destrucción de la población vasca cuando Picasso volvió a empuñar los pinceles para denunciar los excesos de la guerra. En este caso, una matanza de 300 civiles coreanos, que el pintor recrea mediante un grupo de mujeres y niños de expresión desencajada, y unos fusileros cubiertos con extraños cascos, entre arcaicos y futuristas, equipados con armas de hasta tres cañones.
Todos estos cuadros, de singular elocuencia, arrastran tras de sí historias de incomprensión. El de Manet fue considerado políticamente incorrecto, puesto que el uniforme del pelotón parecía responsabilizar a Francia de la ejecución de Maximiliano. El Gernika,icono predilecto de la progresía, fue ninguneado por el franquismo. Masacre en Corea fue criticado por el Partido Comunista Francés, que lo consideró escasamente realista, y también en Estados Unidos, donde se le acusó de prosoviético. Quizás no podía ser de otro modo, porque todas estas obras denuncian con firmeza y eficacia la monstruosidad de la guerra (reproducida después en la aldea vietnamita de My Lai o, hace poco, en la localidad iraquí de Haditha), al tiempo que evidencian los sobrecogedores poderes de la pintura.

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