El estado del balón, de Xavier Batalla en La Vanguardia
Si el fútbol es la prolongación de la guerra por otros medios, en el Mundial de Alemania también tendría que producirse alguna derrota de las proporciones históricas de Waterloo. Pero, en Alemania, los estados nacionales, incluso cuando pierden, parecen demostrar que gozan de una mala salud de hierro. La excepción ha sido Serbia y Montenegro, pero, de hecho, ese Estado, al que Argentina le ha marcado seis, fue enterrado antes del Mundial.
El historiador Charles Tilly explica en Coerción, capital y los estados europeos 990-1990 que la guerra, dependiente de la coerción y de la distribución del capital, ha dibujado las fronteras europeas. Así, con esta vara de medir, se pueden contar los estados que se han hecho a fuerza de coerción y los que han sabido invertir los dos factores. Rusia es un buen ejemplo del primer caso; Holanda, del segundo. Y entre unos y otros están los estados que para crearse han combinado, en diferentes proporciones, la fuerza con el capital.
El Mundial de Alemania parece empeñado en desmentir a quienes nos sitúan en la crisis terminal del Estado nación, según se desprende de la euforia de futbolistas y aficionados por cada gol de la primera fase, que se disputa como si fuera la última. Y Tilly no ha sido corregido. La afición inglesa sigue siendo de las más guerreras; la sueca y la holandesa, de las más festivas dentro de un orden. Los alemanes ya no son partidarios de una Europa alemana, pero continúan demostrando que su nación fue antes que el Estado, lo que quiere decir que sus ganas de ganar proceden de muy lejos. Y si muchas selecciones antes monoétnicas ya son multiculturales, eso no quita que los aficionados las consideren representativas de su tribu nacional.
Hay aficiones, como la mexicana, que en su nacionalismo olvidan que el mundo es global. La prueba es que sus cánticos, ajenos al mimetismo globalizador, son de los tiempos de Cantinflas ( "México, México, y nadie más"). Los japoneses, acostumbrados al juego limpio, y los africanos, que confían en el fútbol para cohesionar sus estados, también quieren ganar, pero aún tienen que aprender a hacer faltas tácticas,eufemismo con el que europeos y latinoamericanos camuflamos la trampa. La victoria de Ghana sobre los checos, que no pusieron un pie en África, no es otro Waterloo. Y también existen aficionados, como los croatas o los polacos, que se sobreponen a la adversidad para reafirmar su estatalidad o su independencia recién adquiridas.
El caso de la selección española merece un punto y aparte: su juego está inspirado ahora en el modelo del Barça, pero no parece quitarle la razón a Juan Linz, para quien España es una construcción estatal temprana combinada con una nacionalización incompleta.
Europa ha sido escenario de una evolución en la que el Estado nacional o plurinacional, después de imponerse sobre imperios y ciudades-estado como organización política, se ha hecho posmoderno, es decir, ha decidido compartir su soberanía. Admitir esto le costó a Europa más de sesenta millones de muertos el siglo pasado. Pero aún queda camino por recorrer, como subraya el aplazamiento de una posible salida a la crisis constitucional comunitaria hasta el año 2009.
El fuerte sentido francés de identidad común se impuso por medio del sistema escolar y el servicio militar. Francia, como le ocurre ahora a sus futbolistas, no está en su mejor momento, pero es un Estado viejo, más que su selección, que ya es decir, y eso aún vale lo suyo. El imperio de los Habsburgo y el otomano, los estados papales o la república veneciana fueron primeros actores durante más de un milenio, pero no se acomodaron a la camiseta nacionalista y desaparecieron. Dicho de otra manera: no tuvieron una selección nacional de fútbol.
