La Coctelera

Caffè Reggio

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17 Junio 2006

Tres rosas blancas, de Federico Quevedo en EL Confidencial

¿Qué paz? ¿Qué guerra? ¿Qué bandos? Las preguntas de Teresa Jiménez Becerril, la hermana de Alberto, concejal del PP en Sevilla, asesinado junto a su esposa, Ascensión, por un par de criminales asesinos de la pandilla de canallas de ETA que dejaron huérfanos a un niño de cuatro años y dos niñas de siete y nueve, atronaron en la Plaza de Colón el pasado día 10, hace una semana. Cinco días después, el presidente Rodríguez daba por concluido en los micrófonos de la SER –no podía ser en otro sitio- el proceso de verificación del alto el fuego y anunciaba su disposición a entablar una negociación con ETA este mismo verano, cumpliendo el plazo que le había impuesto la mafia asesina a través del Gara.

Sobre el suelo de aquella calle de Sevilla en la que Alberto y Ascen cayeron bajo los disparos cobardes de sus asesinos, yacieron tres rosas blancas manchadas de sangre, las tres rosas blancas que Ascen llevaba cogidas de su mano para entregárselas a sus hijos y que estos las llevaran al día siguiente al colegio. Nunca recibieron esas rosas. Nunca volvieron a ver a sus padres. Nunca entendieron por qué la sinrazón de un nacionalismo brutal y del todo antidemocrático les había robado todos y cada uno de los besos que su madre les habría dado a lo largo de su vida. Hoy saben que Rodríguez Zapatero ha traicionado la memoria de Alberto y Ascen, que sus padres murieron en vano, que todas las muertes que ha causado durante cuarenta años la salvaje represión del nacionalismo radical vasco no han servido para nada, que ETA-Batasuna está envalentonada y que los terroristas se ven triunfadores.

“Yo tengo la sensación de que todo esto es un guión que ya está escrito”, dice Teresa, con la que hablo unos días después. Ella vive en Turín, donde se dedica a negocios inmobiliarios y de moda, aunque realmente es periodista fuera de ejercicio, salvo por algunas veces que el gusanillo la impulsa a escribir y dejar fluir sus sentimientos. “Yo no pensaba hablar esa tarde, fue casi espontáneo. Nunca lo había hecho ante tanta gente, pero me sentí muy bien, dije lo que quería decir, lo que me salió del alma, lo que otras víctimas me habían transmitido, y conté lo que nos había pasado, y porque no me gusta lo que está haciendo Zapatero. Y creo que llegué a la gente”. Vaya si llegó. Fue, sin duda, su intervención la que provocó que afloraran los sentimientos con mayor agudeza.

Aquel 30 de enero de 1998 Alberto y Ascen paseaban, camino de su casa, por una calle de Sevilla cuando los asesinos de ETA descerrajaron varios tiros sobre sus nucas, por la espalda, dejándolos inertes en el suelo en medio de un enorme charco de sangre. Teresa hace suyas aquellas palabras del gran Antonio Muñoz Molina: “Me dicen que si yo estoy vivo tengo la obligación de hablar por ellos, tengo que contar lo que les hicieron, no puedo quedarme sin hacer nada y dejar que les olviden”. Pero esto es lo que nos propone Rodríguez: el olvido. Ese es el pacto con ETA: el olvido. Esa es la razón de su llegada al poder: el olvido para poder llevar a cabo el proyecto totalitario que los radicales quieren imponer a una sociedad libre.

“Yo tuve que viajar a Sevilla –cuenta Teresa-, porque había tres niños pequeños a los que cuidar. Entonces no podíamos dedicarnos a las asociaciones ni nada de eso y durante dos años guardamos silencio porque lo único que nos preocupaba eran esas criaturas que habían dejado huérfanas”. Esos niños, como dice Teresa, ahora son unos jovencitos de 12, 15 y 17 años a los que es difícil criar en ausencia de sus padres, y a los que su abuela dedica toda la atención del mundo. “A mi claro que me gustaría que ETA dejara de matar, que este alto el fuego fuera para siempre, ¿cómo puede alguien pensar que no queremos eso? Pero soy pesimista, porque les veo con actitud triunfadora, porque Batasuna, que es un partido ilegal, actúa con absoluta impunidad, y no nos pueden decir que no hay malos y buenos, ¡claro que los hay! Pero ellos actúan sabiendo que no tendrán castigo”.

¿Quién no ha vibrado de indignación, esta semana, viendo al sanguinario Txapote y su novia, asesinos de Miguel Ángel Blanco y José Luis Caso, reírse del Tribunal que les juzga y de todas las víctimas del terrorismo? Ellos saben que este es su momento, que lo que la democracia les negó durante cuarenta años, lo van a obtener ahora de la mano de Rodríguez. “Yo le pido a Zapatero que vaya despacio, que tarde lo que tenga que tardar, pero esta prisa... a mí me dice que ya está todo pactado, que es como si Zapatero le debiera algo a ETA”. Pero Rodríguez ya no puede esperar más, quiere empezar a hablar con ETA, o ¿es ETA la que le marca la agenda, la que le obliga a dar los pasos que ella quiere que de?

“El otro día, después de la concentración, fui con mi madre por la calle Goya, hasta California 47, donde ETA puso una bomba... Iba repartiendo pegatinas. La mayoría las cogían agradecidos, pero algunos las rechazaron con hostilidad hacia nosotros. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que esa hostilidad la dirijan hacia las víctimas en lugar de hacia nuestros asesinos?”. Rodríguez ha conseguido la peor de las bajezas morales, que una parte de la sociedad mire hacia otro lado ante el sufrimiento de las víctimas, que haya gente que a la hora de elegir entre los asesinos y los asesinados, opte por los primeros. Es parte de nuestro declive moral, del desmoronamiento ético que un Gobierno sin principios está provocando en esta sociedad. ¿Cómo puede nadie cerrar los ojos y taparse los oídos ante el grito angustioso de madres que han visto morir a sus hijos bajo las balas y las bombas de la sinrazón? “Este Gobierno lo quiere hacer todo en dos meses... Ellos han tardado cuarenta años en tener un gesto, y ahora en dos meses les vamos a dar todo por lo que han estado matando... Su cara de felicidad es directamente proporcional a mi preocupación”.

Teresa tiene claro por lo que no está dispuesta a pasar, por qué no está dispuesta a permitir que se humille la memoria de su hermano y su cuñada. “Yo no aceptaré beneficios penitenciarios. Una de las causas por las que se recrudeció el acoso a los concejales del PP y por la que murieron mi hermano y su esposa fue la dispersión, y por eso no estoy dispuesta a aceptar un acercamiento de presos. Tampoco aceptaré beneficios políticos, pero la realidad es que no tenemos ni idea de lo que este Gobierno se trae entre manos. Solo pedimos que esto no sea un paseo militar para ellos. El Gobierno tiene que saber que está haciendo tratos con una mafia, y que van a seguir haciendo lo que saben hacer, porque son delincuentes y criminales y lo van a seguir siendo”. ¿Qué paz? ¿Qué guerra? Las palabras de Teresa tronaban en la Plaza de Colón. Nunca hubo guerra, nunca hubo bandos... Había, hay, unos que matan y otros que ponen los muertos. Entonces, ¿de qué paz estamos hablando? ¿De la que ellos quieren y que significa la claudicación de la Democracia ante el terror?

Parece que sí, que esa es la ‘paz’ que busca Rodríguez Zapatero. Y si no es así entonces, como pedía Teresa el sábado ante cientos de miles de personas de bien, que se lo explique él a los tres hijos de Alberto y Ascen Jiménez Becerril, que lo haga mirándoles a los ojos y diciéndoles, sin torcer el gesto y sin apartar la vista, que sus padres no murieron en vano, que su sangre no se derramó por nada, que los asesinos de Alberto y Ascen nunca obtendrán réditos políticos por su acción, que lo único que busca es el fin de ETA, su rendición definitiva, sin nada a cambio, sin cesiones humillantes. Que se atreva a cogerles de las manos y explicarles que su único objetivo es que la pandilla de canallas entregue las armas y se sometan a la Justicia, que esas tres rosas que yacieron manchadas de sangre en el suelo sí son rosas por la paz, y no las rosas de la hipocresía que reparten algunas actrices representantes de la más rancia progresía a la puerta del Congreso. Que los ojos limpios de esos tres niños verán en el futuro un país libre y en paz, sin que eso haya supuesto la entrega a los canallas de ninguna de sus pretensiones. Pero mucho me temo que Rodríguez, hoy por hoy, no puede garantizar nada de eso.

fquevedo@elconfidencial.com

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