Ahora comprendo a Spencer Tracy. Nos vendieron aquella magnífica y vieja película, El padre de la novia, como si fuera una comedia divertidísima, y nos lo creímos. Pues no. No tiene ni puñetera gracia. Es realismo puro y duro, un dramón agobiante que retrata sin el menor atisbo de piedad el calvario que hay que pasar para casar a un hijo.
Sucede que en esta vida hay unas cuantas cosas que yo no soporto, pero además hay algunas, muy pocas, que me ponen a siete centímetros del homicidio. Y como no estoy dispuesto a hacerme encarcelar por el simple hecho de que estos dos pánfilos, mi hijo y su novio, anden empeñados en urdir un bodorrio tipo Rociíto, pero tampoco tengo la menor intención de soportar los preparativos, paso en casa la menor cantidad de tiempo posible.
Me largué al Teatro Real. La entrada me costó un potosí y la yema del otro, pero hay veces en que no se calma uno con menos de la fila uno del patio de butacas, creo que ustedes me entienden. Daban una ópera muy añorada por mí, Diálogos de Carmelitas, de Francis Poulenc. El viejo franchute, cuánto lo quise siempre, qué hermosura de música coral escribió –ah, L’hiver– y cuánto me hizo disfrutar, de chaval, cantándola. Pregunté antes por la puesta en escena, porque Diálogos es una pieza difícil y no tenía yo el ánimo para aguantar calixtobieitadas. Mi amiga María Robledano, que no es una especialista en Ópera pero que tiene el olfato y el certero instinto de un lince ibérico, ya la había visto y me avisó: “Más vale que te agarres a la silla, Inci, porque puedes salir volando”.
Tenía tiempo y me perdí un rato por la tienda de discos. Allí me tropecé –imposible no hacerlo– con la inmensa humanidad, a lo largo y a lo ancho, de Jesús Ruiz Mantilla, el periodista cultural de El País. En dos segundos y medio me di cuenta de que no se acordaba de mí. A mí no me molesta nada eso, estoy más que curado de vanidades, pero es que Ruiz Mantilla y yo nos hemos tropezado en esta vida no menos de cuarenta o cincuenta veces. Todas y cada una de ellas he tenido que explicarle, desde el principio, quién soy, hasta que acababa cayendo… o fingiendo que caía. Esta vez no lo hice, me puse a jugar. “Vaya cambios en tu periódico, ¿eh?” “Sí, sí, ya lo creo”, decía él. “Tú sigues con lo tuyo, ¿no?” “Claro, claro”, sudaba el hombre, haciendo esfuerzos por no meter la pata. “Bueno, me alegro mucho de verte”, le sonreí, “y acuérdate de ese asunto tan jugoso que tenemos a medias, coño, que ya hace tiempo que no me llamas…” A él le hicieron chiribitas los ojos un momento, pero reaccionó bien: “Desde luego, cómo me voy a olvidar, no te preocupes. La semana que viene te llamo sin falta”.
De más está decir que no tenemos ningún asunto a medias, sólo eran ganas de enredar. Y vaya si lo conseguí, pobre Jesusito…
Diálogos de Carmelitas no es una ópera para todos los públicos. Cuando se estrenó en Milán, en enero de 1957, provocó un verdadero terremoto. Poulenc, siguiendo el delicado texto de Georges Bernanos, mete en escena a dieciséis cantantes… todas chicas. También hay cantantes varones, pero su papel es muy poco relevante. Se trata de un grupo de monjas carmelitas que, al principio de la Revolución Francesa, van sufriendo el creciente acoso de la embriaguez jacobina hasta que son expulsadas del convento, detenidas, condenadas a muerte y ejecutadas. Hasta ahí todo bien, marchando una de martirios. Pero a la pía burguesía democristiana del Milán mediados del XX le debió de sentar como un gin-tonic de lejía ver a una superiora moribunda que exige a Dios que sea Él quien se ocupe de ella de una buena vez, que lleva cuarenta años rezándole sin el menor resultado. Cuando, a las puertas de la muerte, le acercan un rosario, lo tira al suelo con una ira infinita. Luego están las venenosas intrigas conventuales, la envidia de la que iba a ser elegida superiora pero salió otra; el pánico a la muerte de unas, que escapan, frente al desvarío de muchas más, que se empeñan en hacerse asesinar (“martirizar”) con una furia masoquista que pone los pelos de punta.
O los ponía hace medio siglo. Hoy ya no es piedra de escándalo, al menos en España, la puesta en escena de las miserias de la Iglesia católica, quizá porque son demasiado abundantes (unas monjas con tendencias suicidas no son nada comparadas con el fundador de los poderosísimos Legionarios de Cristo, a quien el Papa ha condenado al ostracismo porque dedicó años de su vida a abusar sexualmente de sus seminaristas, casi siempre niños), o porque vivimos en un país que ha pasado tantas décadas sometido a la enfermiza ferocidad nacionalcatólica que hoy, en una mayoría de ciudadanos cada vez más numerosa, lo único que provoca la Iglesia es un aburrimiento insoportable.
Pero tenía razón María Robledano. Tuve que agarrarme a la silla. El primer acto, bastante duro para los oídos travietéricos del público del Real, está absolutamente protagonizado por la inmensa y veterana Raina Kabaivanska, que lleva casi medio siglo pisando tablas y que está tremenda, insuperable. Su interpretación de la vieja y moribunda superiora, papel que acaba de añadir a su repertorio, es toda una lección. Envejece premeditadamente la voz y, cada vez que sale a escena, los demás podrían irse tranquilamente a tomar algo al bar, porque ni se les ve, ni se les nota, ni hacen ninguna falta: la magnética búlgara llena ella solita el escenario con una fuerza irresistible.
Hace años me contaba Montserrat Caballé un pérfido chiste de sopranos. ¿En qué se diferencian una soprano y un terrorista? En que con el terrorista puedes negociar. Es exactamente así. Meter a dieciséis cantantes líricas en un mismo elenco es arriesgarte a que tenga que intervenir la Fuerza Pública para que dejen de tirarse de los pelos en los ensayos. Y no me llamen machista, por favor, porque cualquiera que conozca un poco el mundillo operístico sabe que estoy siendo de lo más suavecito. Escribir una ópera casi sólo para chicas es jugarse la salud. Y montarla, no digamos.
Aparte de la Kabaivanska, a mí me entusiasmaron la norteamericana Barbara Dever, una señora de gran tamaño y de voz poderosísima que cantó el rol de la Madre María de la Encarnación (la loca empeñada en el suicidio colectivo de monjas) como si le fuera la vida en ello. Patricia Petibon, en su delicioso aunque breve papel de Sor Constanza, se merendó viva a la teórica protagonista, Andrea Rost, que hizo el muy difícil papel de Blanche de La Force con una voz cortita, algo gañidora en los agudos y poniendo todo el rato cara de “a ver cuándo se termina esto que no puedo más”. A María José Suárez le dejaron el papel simbólico de Sor Mathilde; le hubieran dejado cantar la Blanche y aquello hubiese sido el delirio. Las demás, entre el “bien” y el “discretas”. De los chicos no merece la pena hablar (hombre, interesante el capellán, el voluntarioso tenor Emilio Sánchez) porque cantan muy poco, están allí como guarnición para el solomillo. Y lo importante es el solomillo.
Ahora bien, sí que hubo, además de las chicas señaladas, dos protagonistas fundamentales. Uno fue Jesús López Cobos, el director musical. Hay que decir que el bueno de Poulenc mete en el foso de la orquesta, para hacer esta partitura, a casi un centenar de músicos: seis contrabajos, dos arpas, todos los instrumentos de percusión inventados y por inventar, todas las variedades de metales y maderas, y hasta piano y celesta. Esto tuvo gracia porque el intérprete era el mismo para los dos teclados y andaba el hombre como loco, cambiándose de asiento cada cinco minutos.
Había quien decía, en el entreacto: “La orquesta está muy fuerte, tapa a los cantantes”. No, mi querido Luis D. L. Tapa a algunos, a aquellos que, para no ser tapados, tendrían que pedir a los del foso que guardasen un respetuoso silencio. López Cobos hizo una versión espléndida, viva de tempo, siempre eficaz y, a veces, casi cinematográfica, que es lo que pide la partitura de la mitad del segundo acto en adelante. Un diez. El día en que la Sinfónica de Madrid se meta en la cabeza que no sólo es conveniente, sino necesario, mirar de vez en cuando al maestro y, al menos, entrar todos a la vez en un acorde o en un pizzicato de cuerdas, viviremos días de gloria. De momento, aguantamos.
Pero el genio absoluto fue el director de escena. El canadiense Robert Carsen ha firmado con este montaje algo muy difícil de superar. Un espacio inmenso, gris o negro, prácticamente vacío (tan enorme y tan vacío que no daba agorafobia sino claustrofobia), y un dominio de las luces para el que este caballo fascinado no encuentra palabras. Ah, y la gente. Los espacios escénicos están, casi siempre, delimitados por gente. En la primera escena, los diletantes y despreocupados aristócratas charlan en una habitación cuyas paredes están construidas por gente, por masas de obreros de aspecto torvo y amenazador que (el espectador lo sabe) están a punto de echárseles encima. La tremenda muerte de la superiora se produce en una estancia delimitada por monjas tiradas en el suelo, como si fueran baldosines o tumbas, y por el soberbio juego de luces. Cuando el hermano de Blanche corre al convento para suplicarle a su hermana que escape de allí, hablan a través de una reja: es una hilera de inexpugnables monjas, con las tocas negras cubriéndoles el rostro.
Y el final… ¡Ay, el final! No debo contarles el final, porque aún hay entradas para cinco funciones, es posible que ustedes traten de adquirirlas (harían muy bien, se lo juro) y, si les cuento cómo este genial canadiense resuelve el final, ustedes me van a odiar con toda la razón del mundo. Les digo lo menos que puedo: el final es la ejecución de las dieciséis monjas. La música, de una hermosura indescriptible, es un larguísimo Salve Regina en el que Poulenc echó el resto y que hace, como anunciaba María Robledano, que uno pierda pie en el suelo y comience a levitar por los palcos. Las monjas, despelurciadas y vestidas con un burdo sayal blanco, cantan y bailan el Salve Regina con una coreografía alucinante, mientras Poulenc saca de la orquesta verdaderos diamantes. De vez en cuando, la percusión interrumpe la melodía con un abrupto y breve redoble, algo que pudiera parecer una descarga de fusilería. Y entonces…
Entonces, vayan a verla, ¡corran, dense prisa! ¿A qué esperan?
Volví a casa hace un rato, no sólo muy impresionado: volví feliz. También es verdad que, antes, pasé un rato por mi bar preferido para tomar algo y comentar los Diálogos con mis amigos músicos y escritores. Cuando llegué a casa estaba ya toda la tropa en la cama: más razones para mi inmensa dicha. Pero para llegar a la salita donde trabajo tengo que pasar, por inexcusables razones de distribución habitacional, por delante del dormitorio de mi mujer. Sí, ya sé que no se lo he dicho y no les pido perdón por ello: hace tiempo que descansamos en habitaciones distintas. Yo iba de prisa: tenía que escribirles a ustedes esto, no tenía un minuto que perder.
Pero al pasar ante la puerta de Marité oí un ruido extraño. Me quedé inmóvil como un guepardo. Yo juraría que eran sollozos.
Me asaltó la tentación de llamar y entrar. Pero suspiré profundamente, me fui a la salita y encendí el ordenador. Después de todo lo que ha pasado, si me necesitan, que me llamen.
Pero eran sollozos, estoy casi seguro. La verdad es que lo tomé como una buena noticia.

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