No se pierdan la exposición de Malevich en La Pedrera. Las salas de la Fundació Caixa de Catalunya dedicadas a este pintor muestran cien obras suyas, y entre ellas hay media docena de pinturas sencillamente extraordinarias en el sentido literal de la palabra.No es broma. No es exageración. Si a usted le gusta la pintura y aún no ha ido a ver esta exposición, apúrese, quedan pocos días (cierran el 25 de junio).

Si a usted la pintura ni siquiera le interesa, vaya también, porque a lo mejor este arte extraño y a veces frío podría empezar a gustarle. Como diría un cronista deportivo, esa media docena de grandísimos cuadros de Casimir Malevich expuestos en La Pedrera son de los que «crean afición».

Pero ahí no se acaba la cosa: porque en esta exposición se puede ver la necedad de la contraposición arte abstracto/arte figurativo que tanta tinta tontaina ha hecho derramar en este nuestro subcultural paisito. Y, además, se puede ver hasta qué punto la dictadura soviética impuso a sus ciudadanos patrones de comportamiento que aplastaban completamente su libertad.

Vayamos por partes. Malevich, nacido en 1978, fue uno de los iniciadores del arte abstracto, que en la Unión Soviética revolucionaria se llamó suprematismo. Malevich se encontró a sí mismo justo en este periodo de su pintura, que empezó en torno a 1914, y duró lo que las autoridades soviéticas le permitieron. En esa época extraordinaria Malevich pintó por ejemplo ese cuadro que se ve en La Pedrera y en el que, sobre fondo blanco destaca un falso cuadrado rojo. Falso porque no es cuadrado sino que tiene un ángulo recto y tres que no lo son por muy poco. No vale la pena que me extienda narrando lo que simplemente hay que ver, y hay que ver en la realidad.

Este cuadro te tumba, literalmente. Y hay otros cuantos más de esa categoría. Si me hacen caso y van a la Pedrera, podrán ver qué pasa cuando los dictadores se meten en donde no les llaman.En la URSS, los dictadores lograron, por ejemplo, que los pintores abandonaran el arte abstracto. Porque si no lo hacían, los mandaban a Siberia. Malevich aceptó. Dobló la cerviz. Dejó de pintar lo que quería pintar. Porque las autoridades, con necedad infinita, decidieron que el pueblo tenía que entender la pintura. Y que la pintura tenía que cantar las glorias del proletariado. Conclusión: se acabó el abstracto en la URSS. Y el pobre Malevich, uno de los tres más grandes abstractos de aquel momento (junto a Kandinsky y Mondrian), se convirtió en un pintor figurativo.

Su grandeza es tal, sin embargo, que incluso como reconvertido pintor figurativo fue capaz de ser un gran pintor. Tal vez no tanto como en su época abstracta. Pero también muy grande. Regresando en parte a sus orígenes de jovencito imitador del simbolismo, Malevich pintó en los últimos ocho años de su vida buenísimos cuadros figurativos en los que representó mujiks, o sea, payeses de las llanuras ucranianas y rusas. El encanto de esos cuadros figurativos es enorme, y demuestran que la pintura buena, la de verdad, está muy por encima de discusiones baladíes como la que pretende que sólo es interesante la pintura abstracta o que sólo lo es la figurativa. Unicamente críticos sin perspectiva y sin talento han podido pensar así. Para demostración, vean lo que hizo Malevich y cómo pudo ser un gran pintor incluso cuando dejó de pintar lo que le daba la gana.

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