Se imaginan ustedes al actual embajador israelí en Alemania asistiendo a un homenaje destinado a celebrar la memoria de Guderian, Rommel, Keitel, o cualquiera otro de los generales o mariscales de la Wehrmacht? Se imaginan que a ese acto de homenaje asistan dos generales en activo del ejercito de la Alemania federal y democrática? A que no pueden imaginarlo?

Porque ya vale con tener que cargar con los símbolos de una victoria que trituró la sociedad española durante más de treinta y cinco años. Calles, plazas, monumentos, avenidas, parques, y demás espacios urbanos, que están ahí, delante de nosotros, asistiendo a nuestro trajín cotidiano. Ya vale que todavía se mantengan hermandades, asociaciones, entidades y agrupaciones que tienen como único objetivo idealizar un régimen que se mantuvo tantos años por el miedo que infundía y la represión que ejercía sobre los ciudadanos. Así fue, así sigue siendo y así será, en un país en el que algunos confunden los actos de rencor y venganza con la justa reivindicación de la dignidad y la justicia. Y si de justicia se trata, qué méritos de más tenían los comandantes Bruzo, Vallespín, Alonso Martín, Caballero o los jefes Aranda, Yagüe, Vigón y los demás, que no hayan tenido los que, defendiendo sus ideas religiosas y políticas, dieron la vida por ellas? A fin de cuentas, eran militares, profesionales de las armas, y lo que hicieron fue un acto ilegal de desobediencia y deslealtad al poder legítimamente constituido, arrastrando tras ellos a muchísimos paisanos que ni eran de derechas ni eran de izquierdas, pero que tuvieron la mala suerte de vivir en aquellas zonas rápidamente conquistadas por los rebeldes.

VIENE TODO esto a cuento porque hace unos días el embajador español en Marruecos asistió, acompañado de dos altos cargos militares del ministerio de Defensa, a un acto en memoria del general marroquí Mohamed el Mizzian, el único militar no español que alcanzó en vida el grado de capitán general durante la dictadura, desempeñando el cargo en dos regiones militares: Canarias y Galicia, allá por los años cincuenta. Pero, quién era El Mizzian?

Alfonso XIII lo había protegido a partir de una visita a una escuela de niños marroquíes en Tetuán o en Tánger, no recuerdo, promocionando su ingreso en la academia militar de Toledo. Ayudante de Franco en la guerra colonial, fue uno de los primeros en alzarse contra la república el 18 de julio. Fue ascendiendo, por méritos de guerra ( no sé si se consideran "méritos de guerra" la matanza de doscientos heridos republicanos --más los médicos y enfermeras correspondientes-- en un hospital de Toledo, tras la toma del alcázar, a base de bombazos, o la detención y violación masiva hasta su muerte, por parte de los fogosos soldados rifeños a sus órdenes, de dos jóvenes afiliadas a la UGT, en una localidad castellana). El caso es que El Mizzian, que siempre gozó del cariño de aquel sentimental clandestino que era Franco, una vez cumplida su sagrada misión en el ejército patrio, fue reclamado por el monarca alauita Mohamed V para organizar el emergente ejército marroquí. No se entiende muy bien por qué el padre de Hassan II le encargó, precisamente a un militar que había sido traidor a su patria, la responsabilidad de organizar el nuevo ejército de Marruecos, pero la cosa fue así, y El Mizzian debió hacerlo tan bien que la monarquía premió sus desvelos enviándole de embajador a Madrid, en los años sesenta, para gozo y regocijo del caudillo.

Para acabar de dibujar el perfil psicológico de este señor de la guerra, habrá que añadir que El Mizzián secuestró a la esposa de un comandante español, por cierto, sobrino del entonces poderoso ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, para entregársela a un magnate de Xauen, con el que había apalabrado en secreto su matrimonio. Las protestas del comandante llegaron al consejo de justicia militar del ejército, que tuvo que archivar el expediente, ante algunas advertencias y recomendaciones transmitidas directamente desde El Pardo. Casi se me olvida decir que aquella joven esposa del comandante español era una de las hijas de Mohamed el Mizzian.

MARRUECOS podrá, en el uso de sus atribuciones soberanas, homenajear a quien le salga del fez y la chilaba. Si tiene a bien dedicarle un acto patriótico a un vándalo sin escrúpulos, esa será su responsabilidad política e histórica, pero que a ese acto acudan altos representantes de la España democrática, en representación del estado, pues mire usted, no. Los que se escandalizan, una y otra vez, con cierta razón o sin ninguna, por un quítame allá este estatuto o ponme aquí esta ley de uniones homosexuales, no consideran que esta metedura de pata del Gobierno de Madrid tenga la menor importancia. Total, como todo es historia, y la historia vale más no tocarla, según los paladines del punto final, hay que seguir celebrando las macabradas de un psicópata que dejó un recuerdo indeleble en aquellos pueblos y ciudades por los que pasaron sus mesnadas cabileñas. Sin ir más lejos, todavía en Asturias queda gente con memoria de Mizzian. Sus moritos tomaron sidra en las cuencas en el 34.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.