Cuando yo era niño pensaba que los únicos que vivían de las palabras eran los charlatanes que ocupaban todos los jueves un lateral de la plaza del Fontán, en el Oviedo antiguo. Y en esto también me equivocaba. Aquellos genios de la palabra y la retórica vivían de la ilusión, de la imagen, del cándor y de nuestra ansiedad, sobre todo de la ansiedad por descubrir los secretos que encerraba la vida.

Recuerdo sobre todo la médium de gran melena, con una venda negra que le cubría los ojos y la frente, y que respondía con una voz timbrada, muy aguda, a las exigencias del mago: "A ver, Gilda, concéntrate. ¿Qué problemas dolorosos está pasando esta señora, a la que yo estoy tocando y tú no ves?" Y ella desgranaba el vía crucis de aquella señora, que, admirada, se daba al llanto y al pañuelo ante la expectación del numeroso público. "¡Apártate, chaval, que me estropeas la maleta", decía el mago en tono perentorio, y nos rompía la angustia y nos volvía a la tierra y a la venta de crecepelo o cualquier bálsamo de fierabrás para solucionar todas las enfermedades posibles. Ejercían de discípulos de Bertolt Brecht y sus efectos de distanciamiento y ninguno, ni nosotros ni ellos mismos, lo sabíamos.

Los charlatanes de mi infancia no vivían de la palabra sino del teatro, de la retórica, de la ilusión y del engaño. Los únicos que vivimos de la palabra somos los que escribimos, porque construimos, peor o mejor, un discurso y le damos a cada palabra un valor, correcto o equivocado, pero un valor. De un tiempo a esta parte tengo la sensación de que las palabras se me van, echan a correr, huyen, porque de otra manera no es posible que no pueda atraparlas. Yo tenía dominadas palabras fundamentales de mi vocabulario.

Yo sabía, o creía saber, qué significaba cultura,revolución,genocidio,dictadura,represión,lucha de clases,conciertos,hijos de puta de secano y cabrones de regadío.Podría hacer un pequeño diccionario de palabras que me abandonaron; que yo creía que eran mías y de muchos más, pero sobre todo mías porque las usaba yo, que vivo de eso y sé lo que significan. Y hete aquí que esos vocablos desagradecidos me mandaron al carajo y se han ido, y cuando vuelven, en alguna ocasión que vuelven, ya no son los mismos. Cuando escucho la palabra cultura no significa lo que yo creía que significaba; bastaría con escuchar expresiones como cultura deportiva,cultura corporativa,cultura empresarial,y así sucesivamente.

Pocas palabras han sufrido tanto los cambios como la expresión fascista.Posiblemente sea España el país que más usa el término fascista como interjección. Nació como un elogio y eso que ya tenían en su haber los fascios de Mussolini mucha sangre derramada; aún me cuesta trabajo pensar que un hombre que vivía de la palabra, como el gran Pirandello, fuera capaz de sentirse orgulloso de hacerse fascista apenas asesinado el socialista Matteotti. El pueblo español - ¿se dan cuenta de que la expresión pueblo español ha devenido en folklore o, lo que es lo mismo, la puede utilizar sin problemas Carmen Sevilla, pero yo no?-, el pueblo español, digo, que es muy peculiar en la reutilización de las palabras, inventó el vocablo fa´cista,sin ese, facilitando la pronunciación de las clases populares que desde tiempos inmemoriales se han dado a vulgarizar el latín romano. Lo normal hubiera sido que en España se llamara falangista al fascista común, pero ésta es una de las peculiaridades de nuestra transición, y es que prosperó la figura del falangista democrático, que es una especie de oximoron o contradicción en los términos, y como lo falangista se refería a historias familiares nada correctas políticamente, se optó por borrar lo de falangista y a todo carca se le otorgó un nombre tan exótico como fascista.España, y muy especialmente el País Vasco y Catalunya, dejaron de tener pasados falangistas; persona tan representativa del seny en la cultura, como mi colega Antoni Puigverd, escribió negro sobre blanco que los falangistas de Catalunya eran forzados, pero los de las mesetas castellanas eran naturales.

El reverdecimiento de la expresión fascista es de la transición. Yo no recuerdo que específicamente se denominara fascista a nadie durante el franquismo; me explico, se tildaba de fascista a todo franquista en situación de disponible, pero no era expresión común. Lo normal, estando en España, era denominarle franquista, y con eso se cubría toda la gama. Son curiosos los huecos en los procesos históricos. España es la receptora más importante de los neofascistas italianos durante los años setenta, y me acuerdo muy bien de las tenidas casi masónicas de los que entonces nos considerábamos expertos en el tema del neofascismo italoespañol compartiendo informaciones. Me estoy refiriendo con melancolía a colegas como Fermín Bocos, Xavier Vinader y pocos más. Recuerdo que entonces Cossiga era ministro del Interior italiano y Martín Villa creo que del español, y que se reunieron en Toledo, hacia 1977. La palabra fascista fue recuperada entonces para designar al adversario político antidemocrático, sustituyendo al políticamente incorrecto franquista. Porque franquista había a montones, pero los fascistas eran sólo nuestros enemigos.

La primera vez que me conmocionó la expresión fascista fue en Euskadi. Un grupo de miembros de Jarrai, durante una manifestación, detectaron a un ertzaina vestido de civil y lo apalearon; literalmente lo dejaron medio muerto y salvó su vida por una casualidad, cuando ya lo tenían hecho guiñapos. Aquello era un hecho normal, por frecuente, en una confrontación de guerra civil declarada por la gente violenta. Pero lo que me llamó la atención es que mientras masacraban al ertzaina con un rigor asesino, pateándole la cabeza, había varios muchachos que le insultaban llamándole fascista. Confieso que aún hoy sigo obsesionado por esa idea de entonces; un fascista no puede ser la víctima de unos fascistas, porque si es víctima no puede ser fascista. He aquí el gran fleco de nuestra transición, y es que no cabe en la cabeza imaginar a los muchachos nacionalsocialistas germanos o las Camisas Negras mussolinianas apaleando demócratas mientras les gritan ¡fascistas!

El fenómeno de Jarrai en Euskadi, o de los Maulets, o del Club de Amigos de la Estelada, que me da lo mismo, en Catalunya, está vinculado al desarrollo de una nueva forma de hacer política, que es la futbolización,palabro que me invento yo y que confío no tenga ningún éxito y así no tengamos que hablar más de él. La hinchada de un club es, en general, un matojo de paranoicos y de enfermos mentales con muchos problemas en su casa y ninguno en el campo de fútbol. Liquidados los partidos políticos por extorsión y convertidos en empresas de servicios y promociones, no hay lugares donde se puedan tensar las pasiones fuertes. Existen las ONG, pero son para personas, para individuos, uno más uno. Para conjuntos sociales quedan las peñas de los hinchas futboleros. El asunto no tendría el menor problema si no resultara el fútbol el deporte más corrupto y el más antidemocrático, porque está ejecutado por mercenarios, y constituye, tal y como se desarrolla, una cantera de impresentables sociales. Una prostitución masculina de lujo que haría palidecer en corrupción al viejo boxeo; no por nada su volumen de negocio y los privilegios económicos lo convierten en tentador para gentes de viga y ladrillo, y trepadores sociales a quienes se da oportunidad en la esquina de la gloria. La idea de que gane mi equipo aunque sea rompiéndole las piernas al contrario es una idea fascista, porque aúna las tres condiciones del fascismo posmoderno: violencia, ignorancia y desprecio a todo lo que no sean mi ombligo y el de los míos.

Pero lo más alucinante, y perverso, de la involución de la expresión fascista es que se ha convertido en apodo de víctima. Es decir, que un puñado de chavales puede apalear a un viejo, o forrar a hostias a un periodista, y estar imbuidos de una razón casi sobrenatural y suprahistórica: su víctima es por principio un fascista. La condición de víctima y de fascista, agredido por un energúmeno supuestamente demócrata, patriota y jactoso de la libertad, es una de las extorsiones del pensamiento y la práctica política en España. No sé si ustedes son conscientes de que estamos entrando en una dinámica muy irracional, por futbolera, la de que mi equipo siempre tiene razón hasta cuando no la tiene, que para eso es mi equipo. Hemos entrado en una variante de la banalización del mal que no había incluido Hannat Arendt en sus reflexiones sobre Eichmann y el nazismo.

Yo confieso que siempre me interesó más que Hannah Arendt su marido, Günter Anders, mucho menos conocido pero en mi opinión políticamente mucho más agudo que su señora. A él se debe una impresionante Carta abierta a Klaus Eichmann (Paidos, 2001), hijo del criminal de guerra Adolf Eichmann, juzgado y ajusticiado en Israel.

En ese breve texto escribió Anders esta verdad contundente: "El respeto que demos a la calamidad de una víctima ha de ser tanto mayor cuando más grande haya sido la injusticia padecida".