IN ILLO TEMPORE, cuando España era una dictadura y la misa se decía en latín, hubo una empresa dedicada a la generación eléctrica que era gallega, usaba recursos gallegos, pagaba impuestos en A Coruña y se llamaba Fenosa. Pero esa situación dejó de ser cierta cuando, en un adelanto de los movimientos que iban a modificar el panorama energético de España, aquella Fenosa que tanto odiaban los ecologistas y los progres, fue absorbida por Unión Eléctrica Madrileña. Desde 1982 sólo existe una empresa española llamada Unión Fenosa (UF), cuyos recursos, capitales y mercados desbordan notablemente los antiguos feudos de Fenosa, y que paga sus impuestos en Madrid.
Pero a los gallegos nos pirra el nominalismo. Y por eso hemos creído que todo podía seguir igual si, basándonos en las siglas, e hipertrofiando la importancia que tenía la reubicación del los directivos de Fenosa en UF, seguíamos tratando el asunto como si nada hubiese pasado, y como si el hecho de que las concesiones hidroeléctricas y térmicas estuviesen en Galicia modificase los supuestos jurídicos y mercantiles sobre los que opera una enorme sociedad anónima. Y así nació una ficción que favoreció especialmente a la nueva sociedad, que, igual que sucedía con el famoso reloj del chiste, era gallega por días y asejún .
Por eso pienso que el señor López Jiménez, presidente de UF, acaba de hacernos un enorme favor a todos los gallegos, al quitarse la careta en público y aclarar, sin pelos en la lengua, los siguientes supuestos: que la galleguidad de Fenosa es una leyenda como la de San Jorge, que da muy bien en las imágenes, pero que nada significa en la práctica; que las concesiones de saltos y minas son norma base para las relaciones jurídicas con el Estado español, y que la visión autonómica del problema tendrá que someterse a una cura de realismo; que el dinero no tiene patria, y que no tiene sentido esperar cambios importantes producidos por la entrada en UF de capitales gallegos; y que el chusco calificativo de empresas gallegas, con el que solemos referirnos a las grandes corporaciones que operan en Galicia, es una aldeanada, porque no puede tener traducción económica en un mercado abierto y competitivo que alcanza incluso a las cajas de ahorros gallegas.
¿Mi visión del problema? Que, dado que Unión Fenosa reconoce y confiesa que juega en otra liga, cosa que nosotros nos resistíamos a aceptar, es inevitable que la Xunta y los consumidores planteemos una nueva estrategia frente a la empresa. Porque aún podemos aspirar a su control si los inversores gallegos quieren; porque debemos cuestionar la condición de mercado cautivo que hemos heredado de la Fenosa gallega; y porque Galicia no puede renunciar a revisar, desde los supuestos de una España descentralizada, los cánones e impuestos que deben gravar los recursos públicos que fornecen con tanta abundancia un negocio privado. Todo depende de la diligencia con la que nuestros políticos y empresarios replanteen un asunto que cae de lleno dentro del actual debate estatutario y del ambiente de galleguidad eficiente que algunos empresarios quieren generar.
Para el romanticismo empresarial y económico que estuvo vigente en Galicia, las palabras de López Jiménez fueron como un jarro de agua fría. Pero para quienes hemos adoptado la perspectiva de una Galicia emprendedora, el envite de Unión Fenosa es una oportunidad de oro para replantear el modelo de economía colonial al que nos han condenado algunas concesiones hechas al viejo estilo. Y en UF saben muy bien que no es tarde para hacer justicia si, tomando su amenaza en serio, ponemos manos a la obra.

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