Tarragona. Incomode o no a los dirigentes catalanes, se esfuercen o no en trasmitir que aquí no ha pasado nada, ya es inútil. Aquí ha ocurrido algo tan importante como que los partidos, o los grupos, que se han atrevido a oponerse a la ideología dominante, han sido acosados, insultados y agredidos. Ayer volvió a ocurrir, esta vez en Barcelona: los independentistas radicales golpearon a dos miembros de Ciudadanos de Cataluña. Y no ha habido más agresiones por la única razón de que en otros lugares la policía lo ha impedido. Pero ya tiene bemoles que unos señores no puedan hablar en público sin estar protegidos.
Lo habitual en una democracia sana es que las manifestaciones de hostilidad por parte de los descontentos se dirijan contra el poder. Aznar, González, Zapatero, han sido insultados y abucheados más de una vez. Lo inaudito es lo que ha ocurrido en esta campaña del referéndum catalán en la que los agredidos han sido los representantes de la oposición y, lo que es definitivamente gravísimo, un grupo de ciudadanos que no se han constituido aún en partido y que se han agrupado para expresar su oposición a la política nacionalista.
La turbia tesis exculpatoria según la cual quien siembra vientos recoge tempestades, destinada a comprender sin llegar a aplaudir los ataques a los líderes del PP, se desintegra de un soplo cuando se aplica a los Ciudadanos de Cataluña, a quienes los vándalos han golpeado más porque son más débiles y porque están menos protegidos. Estos Ciudadanos no han sembrado viento alguno: no han tenido la oportunidad. ¿Dónde encontrarán entonces los líderes nacionalistas la razón última de estas amenazas a la libertad de opinión, inadmisibles en cualquier democracia?
Ahora ya no hay más respuesta exigible que la denuncia y persecución de los agresores y la erradicación urgente de la filosofía que sugiere que quien se opone a la ideología dominante es «un poco provocador». Esto lo ha dicho en privado hace bien pocos días un político catalán. Y ésta es precisamente la enfermedad: que los radicales persiguen a la oposición y a los ciudadanos y los persiguen en la calle. Y que a los políticos les incomodan las agresiones tanto como la obligación de condenarlas sin paliativos. Por eso añaden siempre una conjunción adversativa a su condena: «pero». Está muy mal, «pero»; lo condenamos, «pero».
Ya es demasiado tarde para que se cumplan los deseos expresados por el dirigente de CiU Duran Lleida, quien pedía a sus conciudadanos que dieran una lección a España y al mundo de buenos modales e impecable comportamiento democrático. Podía haber sido, pero ya es imposible. La campaña se cierra irreversiblemente contaminada por una violencia que, por mucho que se esfuercen, ya nadie podrá borrar.
Por lo demás, ayer en Tarragona, tanto Mas como Duran aportaron una novedad: han decidido adjudicar al PP todo el patrimonio del no. Borran así de un plumazo a ERC, a la que parecen querer procurar una cierta muerte política. O, al menos, una conveniente e intensa debilidad para después del día 18, que es cuando se reparten cartas.
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