Hace un par de años alquilé en Palamós un apartamento enfrente del mar. No era gran cosa más allá del espléndido paisaje, único complemento de la pantalla de mi portátil. Era el mes de septiembre y cada noche dormía en un hotel diferente mientras escribía un recorrido de cama en cama por la Costa Brava. De las camas publicables, claro está. Se trataba de una de esas construcciones playeras de los años 70, horrorosa y mal resuelta, con paredes delgadas como un papel de fumar.
En septiembre, cuando ya la zona se vacía de turistas y se convierte en un paraíso, alquilaron el apartamento vecino al mío. Lo ocuparon un conocido productor de cine -no todo lo que reluce es oro y el presupuesto es el presupuesto- y su novia, mediocre actriz de mediocres papeles. La cabecera de mi cama coincidía con la de la suya, y sólo una de aquellas delgadas paredes nos separaba.El primer día que hicieron el amor no sólo escuché los gritos de ella junto a mi cabeza, sino que parecía que los muelles de su somier pinchaban mis vértebras. El segundo día escuché sus frases. El tercero, porque cada día invariablemente hacían el amor alrededor de las ocho de la tarde, su cercanía era tal que me pareció incluso recuperar los aromas del sexo. A partir de aquel momento, y durante las dos semanas siguientes, nos convertimos en un trío. Su hiperactividad sexual me distraía y me pareció más práctico unirme a ellos. Cerca de las ocho, pues, oía cómo entraban en el apartamento, momento en el que yo desplazaba el ratón hasta «guardar como», dejaba el texto por 20 minutos y me disponía al trío. Intercambiaban opiniones sobre el rodaje del día mientras se acariciaban el uno al otro. Yo cerraba los ojos y me dejaba acariciar por el susurro de sus manos al desplazarse sobre los cuerpos. Oía cómo ella se daba la vuelta y yo la daba con ella. Él sugería, y nosotras actuábamos. Los gritos de la actriz se convirtieron en melodía de ranking y de pronto recuperé el sonido, el aroma y la textura de mi vida sexual. Sólo me preocupaba un tema, y era que él, el productor, nunca, nunca, chillaba.Nada, ni un «¡uau!», ni un «bufffffff», ni un «ya que voy», nada.Se corría, se levantaba y se duchaba. Ella y yo nos quedábamos tendidas en la cama con la muda y húmeda soledad del postorgasmo.
Una tarde, a las ocho, no escuché nada. Me inquieté mucho hasta que él entró en el apartamento solo. Aquella tarde y las tres siguientes descansamos. De ella, ni rastro. La cuarta tarde, a las ocho en punto, llegó con chica nueva. Era cubana, por el acento. Hicieron el amor y mi productor chilló lo que nunca había chillado. De nuevo me uní a ellos, y ninguno de los tres dejamos de chillar durante los diez días siguientes. Es increíble lo que puede llegar a unir una delgada pared.
anna.alos@yahoo.es
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