Cuando estas líneas vean la luz, la campaña electoral para el referéndum tocará a su fin. Lo estaban deseando tirios y troyanos y no faltó quien, semanas atrás, dijo: "Votemos sí y no se hable más del asunto". El ambiente de crispación creado por los políticos se asomó últimamente a la calle con las miles de firmas recogidas por el PP en toda España contra el Estatut, cuando en democracia el ámbito debería circunscribirse a las intervenciones parlamentarias, que por parte del PP han sido tan rotundas.

De la crispación general también sobresalen los abucheos que recibió Rajoy en alguno de sus mítines en Catalunya y no digamos las agresiones a Arcadi Espada en Girona. Nada justifica, en democracia, los intentos de coartar la libertad de expresión.

En todo caso, ha sido una campaña confusa.

La posición de ERC se ha mostrado contradictoria, porque si bien fue uno de los padres del Estatut que salió del Parlament, no debía combatirlo después de pasar por las horcas de Madrid. Era previsible que la enorme presión del PP y de parte del mismo PSOE lo amputaran. En uno de los vídeos de la propaganda electoral gratuita aparece Alfonso Guerra cepillándose el antebrazo, ilustrando, con su gesto, lo que él mismo y otros socialistas hicieron con el Estatut. Cepillo hubo también en los dos Estatuts anteriores. ERC debería haber aceptado lo que ha quedado, que no es poco, como hizo antaño. Con el no sólo se consigue el vacío. El no de Francia y Holanda a la Constitución europea la dejó, como está ahora, en una fase de hibernación que puede durar todavía un par de años, con una UE colapsada. Si triunfara el no al Estatut podría producirse también un colapso político de imprevisibles consecuencias. El no del PP, que se confundirá con el de ERC, es más coherente, porque desde un principio el gran partido español de la oposición se ha opuesto al Estatut de Catalunya en todas partes, antes y después de su paso por el Congreso y el Senado, y ahora mismo dicen preparar un recurso al Tribunal Constitucional.

Lícitos ambos pronunciamientos, el sí se ajusta más a los intereses de Catalunya, que verá aumentadas y consolidadas sus facultades de autogobierno. Sin embargo, no vaya a creerse que el Estatut es la panacea. Como dijo Jordi Pujol hace pocos días, el Estatut - el actual o cualquier otro- no es más que una herramienta. Empleó el término catalán eina,que permite trabajar a un gobierno que debe proporcionar beneficios colectivos e individuales a los ciudadanos.

He echado en falta algo que en tiempos se había asociado a esta idea, expresada por Pujol. Pocos parecen recordar, y menos mencionar, el ejemplo de la Mancomunitat de Catalunya, bajo la presidencia de Enric Prat de la Riba. Debería haber sido evocado, porque justamente este año se cumplen cien de la publicación de su obra más sobresaliente: La nacionalitat catalana.En su tiempo fue como una revelación. En Madrid la vieron como un documento peligroso e incluso fue traducida al castellano personalmente por Royo Villanova, entonces el adalid anticatalanista más documentado. Prat de la Riba era un moderado y lo demostró desde las filas de la Lliga Regionalista y desde las páginas del diario La Veu de Catalunya,del cual fue cofundador y director en 1899.

Después de actuaciones muy meritorias presidió la Mancomunitat, fundada en 1913, y que no era otra cosa que la suma de las cuatro diputaciones provinciales. Sólo, pues, un mero embrión de lo que después sería la Generalitat, pero con las limitadas facultades inherentes a semejante conjunción. Prat de la Riba llevó a término una labor que se ha calificado de "fenomenal". Trazó necesarias carreteras, llamadas secundarias, amplió la red telefónica e incluso, en el terreno de lo material, remodeló y amplió el interior del Palau de la hoy Generalitat.

Además de estas obras públicas, realizó una labor cultural extraordinaria. Creó instituciones como el Institut d´Estudis Catalans o la Biblioteca de Catalunya, así como otras bibliotecas comarcales y centros de enseñanza de todo orden. Y lo que quizá no se esperaba: escogió colaboradores sin tener en cuenta su procedencia política y que realizaron una labor conjunta. Cuando le hablaban de que tenía pocos poderes, solía decir: "A mí me basta con tener un sello de goma para oficilizar mis papeles". Durante unos pocos años - murió en 1917 con sólo 47 años-, Prat de la Riba desde Barcelona y Cambó desde Madrid formaron un dúo que mantuvo a la Lliga en auge, pese a que en 1918 no se lograra, contra lo previsto, una autonomía. La Mancomunitat, en sus últimos años presidida por Puig y Cadafalch, debía quedar anulada con la irrupción de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. Han sido Prat de la Riba y su Mancomunitat el recuerdo de lo mucho que se puede conseguir con poderes limitados si existe un gobierno activo y eficaz.

Un ejemplo de casi cien años atrás que sirve para que pensemos que tan importante como el nuevo Estatut es la calidad del gobierno que lo regente.