El día después del referéndum del Estatut el país descubrirá que, aunque haya ganado el sí, no se ha roto España por ninguna de sus costuras. El 19 de junio nadie en su sano juicio insistirá en que el Estatut lo tutela ETA, porque le dará vergüenza insistir en tan zafio argumento que nunca se creyeron sus voceadores. El lunes los catalanes no tendrán la sensación de ser más o menos españoles, por la sencilla razón de que los textos estatutarios no son pañuelos con los que secarse las lágrimas ni para despedirse de nadie.

El día después, cajas de ahorros catalanas, empresas de distribución con sede en Catalunya, industrias de consumo radicadas en el Principado, compañías varias de los más diversos sectores establecidas en tierra catalana respirarán tranquilas tras un largo proceso de dos años, que es lo que ha durado la discusión, elaboración y resolución final del Estatut. Todas ellas han soportado una campaña miserable que se ha traducido en menos ingresos en el último ejercicio y en la que el anticatalanismo ajeno ha encontrado el mejor abono en la estulticia, cuando no irresponsabilidad, propia.

El día 19 nos daremos cuenta de que ha sido un dislate dividir los votos del no en buenos y malos, como se nos ha intentado vender con algún eslogan, seguramente tan efectivo como fullero. Asimismo, los que proclamaban que el no era un atajo deberán asumir que es una vía muerta y los que insistían en que era el peor de los desastres se apercibirán de que ni se desbordan los ríos ni el soberanismo. Los votos del no tampoco podrán separarlos sus apologetas, por más que algunos intentarán extrapolar resultados anteriores en barrios y poblaciones.

El lunes se hablará menos de lo esperado del resultado del referéndum y un poco más de lo deseado de las próximas elecciones. El presidente de la Generalitat volverá a asegurar que hay gobierno para rato, pero los consellers del mismo descubrirán que, como los yogures, llevan fecha de caducidad en la suela de su zapato. Los cuarteles electorales arrancarán los carteles del Estatut y los sustituirán por otros con el rostro de sus cabezas de filas, porque habrá dejado de ser el tiempo de hablar de las herramientas de futuro para dar paso a los fontaneros del porvenir.

El día después, el PP querrá poner una espada de Damocles sobre el Estatut con el recurso que ha anunciado que interpondrá, en el caso más que probable de que se apruebe. Lo que, sin duda, constituirá una manera de intentar ganar en los tribunales lo que no consigue en las urnas. Olvidando que, si uno no quiere romper España, debería evitar tensarla demasiado.