A pesar de la incuestionable racionalidad de la advertencia de Dylan: «No critiquéis aquello que no podéis comprender», nunca he podido seguirla al pie de la letra, pero cada vez me siento más cercano a la descreída sentencia de Enzensberger: «No leas odas, hijo mío, lee los horarios de los trenes, son más exactos». No comprendo el nacionalismo ya que sólo puedo concebir como mi patria la familia afectiva, amistosa y sentimental que he elegido a lo largo de mi vida, mi casa, mis aficiones más amadas, pero no puedo sentirme inmunizado ante la expresión de su naturaleza, ante la exaltación pública del patriotismo, definido ferozmente por el excesivamente lúcido Valery como «el último refugio de los canallas».
Como me gusta mucho el fútbol, disfruté moderadamente con el buen juego de España ante la lamentable y casi inexistente Ucrania del desamparado Sevchenko, pero también lo hubiera hecho si en vez de vestir sus concienciados gladiadores, el representativo rojo y gualda llevaran el distintivo de la bandera de Laponia o de Andorra. Lo temible de ese resultado será su vomitiva consecuencia abanderada por los de siempre, la desvergonzada manipulación para demostrar que el triunfo nacional es de derechas o de izquierdas, la apropiación de ese símbolo en el navajeo y la genética sordidez que acompaña umbilicalmente a la política.
Intento en vano desconectar de la resurrección y el delirio de la unidad de destino en lo universal imitando a los saltamontes en el zapeo nocturno. Por estricto cuidado de la higiene mental no me asomo al vertedero hepático de los cochambrosos magazines nocturnos de Telecinco o a ese espanto inconfundiblemente arusiano y pretendidamente calentorro de TAG. En Telemadrid, don Germán saluda a don Pablo y le estimula en una profesión tan laboriosa como exótica consistente en leer las primeras planas de los periódicos.
Hago tiempo para el disfrute de los brillantes monólogos de Buenafuente, demostrativos de que el estilo es el hombre y de que un sentido del humor transparentemente catalán puede hacer sonreír y reír a cualquier morador con buen gusto de la piel de toro. Javier Clemente, tan entendible y autentico él, le cuenta al Loco que «ser de ETA es como ser policía secreto, sólo lo sabe la familia» y que «las enemistades se arreglan sentándose y hablando». Me gustaría creer en el mínimo éxito del utópico curre del inquietante ministro de Justicia: «Mi trabajo de todos los días es que no ganen los malos». El enmascarado subcomandante Marcos evidencia sentido de la lógica al desvelarnos que la mayor mentira que se ha dicho sobre él es que es un símbolo sexual. La épica voz de Camarón nos despide asegurando: «Porque ya no tengo a quien a mí me quiera. Soy gitano y vengo a tu casamiento, a partirme la camisa, que es la única que tengo». Qué calorcito le entra al alma cuando escuchas a un clásico.
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