Este periódico publicaba hace unos días un instructivo artículo de Carmen del Riego bajo el título El abucheo: un deporte nacional.En este artículo se repasaban algunos incidentes vividos por presidentes, líderes de la oposición y políticos de distinto pelaje: insultos, silbidos, caceroladas, zarandeos, que, en algunas ocasiones, habían dificultado o impedido celebrar un determinado acto público. El repaso se remontaba, en lo cronológico, a 1993, cuando el entonces presidente Felipe González fue a dar una conferencia en la Universidad Autónoma de Madrid y no pudo hacerlo. Pero, por supuesto, la práctica de este deporte es mucho más antigua. La figura de los reventadores de mítines, por ejemplo, ya está bien documentada en el siglo XIX y sólo desapareció, por razones obvias, durante el franquismo. Es una figura que entronca con la del público teatral que, en el siglo de oro español, no dudaba en protestar ruidosamente en los corrales, como en el legendario de la Pacheca, con pateos y silbidos, o arrojando a los autores huevos, frutas o verduras. Un público teatral que, por otro lado, desciende de la platea de la Grecia clásica descrita por Indro Montanelli en su libro Historia de los griegos:esa "platea líquida, quejicosa y peleona, donde se come, se trinca, se cambia de sitio para hacer visitas y se manifiesta libremente todo lo que se piensa", y en la que estallaban aplausos, crepitaban pateos y volaban higos y hasta piedras. Entre aquel público no faltaban, evidentmente, los camorristas profesionales, que eran contratados para hundir las representaciones de las obras de ciertos autores. Estos camorristas competían en los gallineros con la claque, que iba de balde o pagada a las comedias para aplaudir el espectáculo, un colectivo que también encuentra su réplica en los actuales mítines.

Tanto en Atenas como en el corral de la Pacheca sucedía que, en ocasiones, las broncas resultaban más teatrales que la propia representación. Como actualmente en algunos estrenos de Calixto Bieito o algunas sesiones de control al Gobierno en las Cortes. Pero con una diferencia: antes la bronca hundía una obra, ahora la publicita. Algo parecido está pasando en algunos actos de la actual campaña para el referéndum del Estatut. Se atribuye a lord Northcliffe, antiguo propietario del periódico londinense The Times,una celebrada definición de noticia: "Noticia es algo que alguien, en alguna parte, intenta ocultar. Todo lo demás es publicidad". Es una definición brillante. Pero cada vez menos funcional porque, por razones muy diversas, cada vez resulta más complejo distinguir entre noticia y publicidad. Un abucheo, por ejemplo, ¿es noticia o publicidad? De acuerdo con la definición atribuida a lord Northcliffe, podría caer de lleno en el dominio de la publicidad, pero incluso los más fieles apóstoles de la crítica del discurso políticamente correcto consideran políticamente incorrecta esta afirmación. Y, sin embargo, convenientemente tratada, la imagen de un abucheo en la calle o en el mercado puede valer más que mil palabras en un mitin cuando lo que se quiere vender es la credibilidad de un determinado relato: el de la intolerancia, la persecución y el martirologio.