José Salas y Guirior, autor de Un viento que pasa, el corresponsal de ABC en Lisboa que llenaba el sombreo de pizarras y escudos, para que a su señor, el Conde de Barcelona, no le faltara nunca ginebra, definió la racha como el momento en el que se tocan las estrellas con la mano. Ayer no tocamos las estrellas, pero aún no se había puesto el sol en Leipzig; nos reconciliamos con nuestra autocompasión, después de tantas frustraciones. Y a Luis Aragonés, que es burlanga, le salió cuatro veces el 11. Parece que lo estoy viendo en Torrelodones cuando la bola de marfil vuela como un jilguero y cae en su número completo, a esa hora, a la primera hora, cuando hay sólo en el casino jornaleros de los que apuntan los números como si fueran Pascal; toda esa tropa de vagabundos que ha llegado en el autobús de los canis aplaude a Luis como si hubiera metido un gol en el Manzanares.
La selección española siempre nos provocaba culpa, melancolía, mientras el reloj, dios siniestro, transcurría entre el bostezo y el miedo en todos los campeonatos de nuestra vida. Desde Maracaná, cuando Piru Gaínza pasó la pelota a Zarra y batió a Inglaterra, hemos ido casi siempre arrastrando las botas por los estadios. Parecíamos incapaces de meter gol, aunque los arqueros tuvieran las manos atadas. El fútbol es una pasión y un opio también en España, pero como dijo Menotti, ese equipo nunca llegaba a la final, porque no se sabe si es toro o torero. Ayer fue toro. Desde que Ambrosio Spinola tomó la fortaleza de Breda y reunió a los protestantes en Leipzig, la ciudad amada por Goethe y por Bach, ciudad donde fue derrotado Napoleón, los españoles no habían hecho alguna hazaña digna de ser contada en esa parte del mapa.
La marea roja no se sabía de memoria el himno nacional, pero aún en el fútbol puede lucharse, sin complejos por España. Ayer no luchábamos contra los protestantes, que en esas iglesias clavetearon las tesis de Lutero, sino contra unos cristianos ortodoxos, que alguna vez fueron cosacos, pero como dice Borges, «sólo son guerreros estruendosos e inútiles».
Esta vez quien llamó a la pelea no fueron ni las campanas de las iglesias, ni los mentideros, ni los sargentos reclutadores, sino un albañil, santo como el de Asís, un rockero sin gafas negras, que llaman Koala por la forma de gatear en los andamios. Él compuso la arenga en internet, nació en el Rincón de la Victoria de Málaga. Con su punkrock de cuadra, como un Gabriel y Galán posmoderno, quiso construir un corral para echar gallinas, y mininos, perdices, pajarillos y guarrillos, y le salió una goleada. Esa España bucólica y triste se merecía los dos goles de Villa, el del Niño y el de Xabi. Esperaba que llegara el viento y que la selección española diera patadas a sus complejos.
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