Barcelona norte/sur. Ayer hubo suerte: dos grupos de ciudadanos hablaban en público en Barcelona. Lo que ahora se llama sociedad civil y es simplemente sociedad, hablaba libremente. Dos grupos de ciudadanos defendían el voto al Estatuto. Unos el sí. Los otros el no. Unos hablaban en el sur de la ciudad. Otros en el norte. Los primeros eran los representantes de los 1.600 firmantes de un manifiesto y estuvieron arropados por lo mejor de la clase política defensora del sí: la crema de la crema del socialismo y de la convergencia catalanas. No hablaron, no estaba previsto darles la palabra. Pero estaban allí, con la sola ausencia de Mas. Pujol, Maragall, Duran, Iceta, Manuela de Madre, Serra rodeaban a sus ciudadanos, que eran también gente de nivel y de mucho prestigio: lo mejor de la vida profesional y cultural catalana, no sé si exclusivamente barcelonesa. Todo el acto fue excelente, todo medido, todo amable y todo elegante. Había más socialismo exquisito que convergencia exquisita. Pero todo exquisito, incluido el magnífico cartel cuyo autor, el gran maestro Carles Fontserè, había acudido al acto para presentarlo: una petición del sí por Catalunya sobre un fondo que incluye la senyera ribeteada de morado, en una mixtura catalano-republicana. El cartel, los grandes nombres y una sonata de Rossini acompañaron la ceremonia. Los ciudadanos del Yo sí habían insertado en los periódicos ayer mismo un encarte a todo color de 12 páginas a todas luces carísimo. Preguntados por la periodista quién había puesto el dinero para este encarte ¡con su grapa y todo, con lo que cuesta eso! las respuestas apuntaron a «ayudas oficiales». Quizá la Generalitat, quizá el PSC, quizá CiU, quizá a pachas. No sé.
Al otro lado de Barcelona hablaban otros ciudadanos, los ciudadanos pelaos. En el norte de la ciudad, estos otros, los que piden el no, estaban absolutamente huérfanos de políticos. Pero la verdad es que eran muchos más. Si los del sur eran unos 150, estos del norte eran unos 1.500. Hablaron también con una fórmula coral, pero ésta fue una sucesión de denuncias, con argumentos desnudos, llenos de crudeza, frente y contra los políticos, todos, de derecha e izquierda y, sobre todo, contra el nacionalismo dominante que calificaron una y otra vez de totalitario. Los ciudadanos pelaos, profesores, arquitectos, estudiantes, amas de casa, periodistas, reclamaron igualdad y libertad. Entre ellas, la libertad para hablar en castellano y el derecho a ser atendidos en esa lengua por las instituciones. Los Ciudadanos de Cataluña, que eran los que se reunían en el norte, se declararon en rebeldía rotunda ante quienes recomiendan el sí como mal menor. Buscan y piden el no. El público aquí, atento a los oradores, apasionado en el aplauso y muy participativo, escuchó cómo se desmenuzaba, para denunciarlo, el contenido de un texto que coarta su libertad, que «establece ciudadanos de primera y de segunda» y que no busca educar a los niños, sino «imbuirles en la formación del espíritu nacional».
El sí ganará. Pero hay una diferencia: los ciudadanos del sur se disolverán el día 19. Estos otros, los que van a perder, se quedan. Van a batallar por una sociedad flexible, liberal, tolerante y rebelde. Lo dijeron ayer entre aplausos, risas sarcasmos y mucha decisión.
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