Estoy enganchada a La parida de l'Andreu, un fórum de internet que conduce el escritor de novela negra Andreu Martín. Un hombre brillante e ingenioso que cada día recoge frases y comentarios de un amplio y variado grupo de gentes amantes de la palabra y el comentario punzante y que él remata con su «parida» diaria.
Hace un par de meses Andreu nos envió una lista de oximorones.Desde entonces tengo cada día ante mis narices una lista paradigma de las mil incongruencias de la vida cotidiana: apuesta segura, ética empresarial, guerra santa, versión definitiva, discriminación positiva, café descafeinado, fuego amigo, libertad vigilada, alternativa única, guerra del pacífico, vida eterna, amor libre, final feliz.
¿Sería posible describir la vida sin oximorones?
Repasemos. Hace unos meses en EEUU se empezó a cuestionar el método de ejecución de los condenados a muerte, pero no la pena capital en sí misma. Entonces La Vanguardia tituló: «En busca del patíbulo indoloro».
Y es que en California los profesionales de la medicina se negaron a participar en las ejecuciones en las que se les exige controlen la sedación del reo para evitarle un dolor «cruel e inhumano» que prohibe explícitamente la Constitución americana. La negativa de los anestesistas, por razones éticas, hizo suspender la ejecución.Una decisión que ha paralizado, de momento, ejecuciones en Florida, Missouri y Maryland.
Mientras, Joe Moore, patrocinador de la nueva ordenanza municipal que prohibe la venta de foie-gras en los restaurantes y tiendas de Chicago, argumentaba que «nuestra cultura no permite la crueldad ni la tortura» que supone forzar la alimentación de las ocas.Otros estados están discutiendo legislaciones similares, aunque EEUU no es único en prohibir la alimentación forzada de animales. Alemania, Italia, Gran Bretaña e Israel forman parte de esa liga por la defensa de los animales irracionales.
Pero la muerte como expresión máxima de alegría la tuvimos la pasada semana con el asesinato, por parte de EEUU, del jefe de Al Qaeda en Irak, Al Zarqaui. «Es una victoria en la guerra mundial contra el terrorismo» dijo un Bush exultante, mientras sus mandos militares exhibían al mundo la foto, lujosamente enmarcada, de Al Zarqaui muerto.
El sanguinario currículum del líder de Al Qaeda se convirtió en un cheque en blanco para la Casa Blanca y también para que los media titularan, con más o menos acierto, el asesinato de un hombre y su impúdica exhibición al mundo. Es el único trofeo que el presidente Bush dispone para levantar su maltrecha popularidad tocada desde su particular e inacabada guerra santa contra Irak.
Una guerra con miles de muertos a la que hay que añadir la alegalidad de Guantánamo y tres suicidios, las torturas en Abu Graib y otros centros, la matanza de 24 civiles en Haditha Barbaridades que el Pentágono intentará corregir con un cursillo a sus soldados para que aprendan a comportarse éticamente en la guerra. O sea, como matar y no ser tachados de asesinos.
© Mundinteractivos, S.A.

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