Mataró. Tras el episodio de anteayer en Granollers, el clima político en Cataluña ha alcanzado su nivel más impúdico en lo que a la realidad de las actitudes y convicciones de los líderes políticos se refiere. Un Mariano Rajoy, dirigente del partido más importante, después del PSOE, en número de votos, empujando por sus escoltas para ser metido de mala manera en la furgoneta que debía ponerle a salvo de las agresiones de los radicales independentistas, mereció ayer por parte de sus adversarios en la batalla política una ristra de comentarios que malamente podrán defender en público sin ponerse colorados una vez que esta campaña haya terminado. Pero se han pasado de punto: a partir del episodio de Granollers toda agresión contra cualquiera de los dirigentes populares, va a apuntarse, quiéranlo o no los demás, en el haber de los agredidos, que no tienen que hacer más que lo que están haciendo ya: colocarse en el papel de perseguidos por defender a cara descubierta su opinión y su disidencia.
Puede que esto no se vaya a traducir el domingo en número de votos negativos, pero caben pocas dudas de que se traduce en un beneficio de imagen pública que nadie es ya capaz de evitar. Por eso ayer, después de las enormes inconveniencias expresadas por casi todos, con la excepción de Maragall y la vicepresidenta, los partidos han optado por pegar a sus implacables y antidemocráticas consideraciones unos introitos dulcificadores que les permitan mantener las mismas posiciones sin por ello parecer tan, pero tan brutalmente irrespetuosos con el derecho de los demás a expresarse en libertad y sin coacciones.
Hay que decir, de todos modos, que el tercer político que manifestó su condena sin afeites ni matices fue precisamente quien está en las antípodas de los líderes del PP: Carod. El dirigente de ERC dijo: «La manera de decir que pensamos de modo diferente del PP no es yendo a tirar huevos. Todo lo que salga del tono civilizado que siempre ha tenido Cataluña no tiene ni la justificación ni la complicidad de ERC». Nada que ver con las coces de Tardà. Las palabras de Carod deberían avergonzar a sus colegas del resto de los partidos.
El líder de ERC celebró ayer en Mataró uno de sus últimos mítines. Carod no tiene la menor duda de que el poder, todo el poder, ya ha votado internamente sí. «Tenemos toda la estructura política y mediática contra nosotros. Han decidido que el pensamiento único es decir que 'sí'». Por eso, porque se sabe completamente solo en el ámbito nacionalista, ha decidido hacer de sus mítines sobre el referéndum actos electorales con un mensaje nítido: la suya es una opción de izquierdas, no excluyente y con pretensiones de justicia social.
Con feroces y directísimos ataques a las elites catalanas, «que siempre han controlado el poder y pretenden seguir controlándolo», Carod hizo un llamamiento a todo individuo, se apellide como se apellide y hable la lengua que hable, que sienta que su clase social -«las clases populares», dijo él- no ha estado representada en el Gobierno más que cuando ERC ha formado parte del tripartito. Desde esa posición, quiso asegurarse ayer de que los mismos que le votaron en 2003 vuelvan a hacerlo en estas elecciones anticipadas. Y del PP casi ni habló. El está en otra cosa.
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