El candil y el quinqué, de Raúl del Pozo en El Mundo
PICASSO HABLA CON SUS MAESTROS / El 'Guernica' frente a los 'Fusilamientos del 3 de mayo'.
En un principio fueron los herodotos, los suetonios, los hernando del pulgar; luego llegaron a las trincheras los nuevos historiadores: con sus caballetes y sus pinceles valieron tanto como las plumas de los historiadores.
Dos de ellos, los dos españoles, con ojos como espátulas, con meteoros en las miradas, volvieron del revés las asaduras del arte y atravesaron, como se hace con los alfileres y las mariposas, a los protagonistas; ensartaron con carboncillos a los reyes, a los cardenales, a los príncipes, a los perros, a las majas, a los matadores, y, por fin, en el cénit de su gloria, escucharon los alaridos de un pueblo, del mismo pueblo siempre arcabuceado, bombardeado, con los gobiernos y los reyes huidos. Los dos genios inventaron la propaganda épica, el cartelismo de la resistencia.
Ahora, esos dos alegatos, los dos gritos desgarradores, las dos leyendas, se han puesto frente a frente [en el Museo Reina Sofía], cuando uno es la continuación del otro; no hay entre Los fusilamientos y el Guernica competencia, sino coincidencia. Las dos obras emplean la inspiración para defenderse de los invasores.
El primer enemigo traía en las mochilas los derechos del hombre; sus mariscales fueron capaces de ordenar a las tropas que rindieran armas desde Sierra Morena a Andalucía, el último residuo del paraíso. El segundo enemigo fue un pelotón de fusilamiento desde el aire, se llamaba Legión Condor, y la mandaba un psicópata, un bujarrón de albergue. La cabeza de un caballo, un tonsurado, los chisperos, las casas humeantes, españoles arcabuceados o bombardeados en los dos pasquines más importantes del siglo XIX y del siglo XX, la cumbre del arte mural, pueden contemplarse y completarse.
El uno era pintor de cámara, afrancesado, liberal, patriota del rey; el otro era republicano, también afrancesado por el éxodo.
Goya pintó los Fusilamientos seis años después de que hubieran ocurrido y Picasso, como se adelantaba a todo, se adelantó hasta al bombardeo. Goya recordó las descargas de los mamelucos en el 1814, con los recuerdos de León Ortega y Villa, discípulo en su taller, herido en la refriega de la Puerta del Sol. Fue testigo de la carga y se la relató. Goya no puede narrar en un solo lienzo la traición, ni recordar que, el primero de mayo de 1808, Napoleón ordenó a Murat que enviara a la Monarquía española a Francia, como si se tratara de simple mercancía: «Enviadme a Bayona al Infante Antonio y a todos los Príncipes de la Casa Real».
Pero Goya sí pinta cómo el pueblo de Madrid se lanzó a las patas de los caballos del emperador. Madrid se enteró de la ignominia cuando vio que la reina Etruria y su hijo subían a uno de los carruajes. Un cerrajero gritó: «Se han llevado a nuestros reyes, y quieren llevarse a todas las personas reales. Muerte a los franceses». Desde una ventana del palacio un mayordormo arengó: «A las armas, quieren llevarse al infante [don Francisco de Paula]». El criado de Goya le acompañó con un candil por Príncipe Pío, vio a un tonsurado, un chispero, entre los ejecutados; ese mismo candil es el quinqué del Guernica, el cuadro que sustituyó al sagrado corazón en la iconografía de los progres.
Picasso, el siete ojos, el cien mil ojos en dos ojos, el ojo de la aguja, los ojos del gitano ladrón de mirada; y Goya, la mirada desafiante, los ojos hundidos, la perspicacia del sordo. Los dos tenían la memoria poblada de los monstruos y de la sangre de un pueblo de toros y guerras civiles, fandangos de lechuzas y tripas de caballos. Los dos conocían a los muralistas de las cuevas paleolíticas, con pinturas rupestres de uros y ciervos. Malraux dijo que en los Fusilamientos del 3 de mayo está el grito de España... y que el Guernica es el mismo grito. Por algo sus autores aprendieron el arte de los aguafuertes de Rembrandt y de los refajos de las majas, los dos conocieron a su pueblo, siempre traicionado.
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