Cuentan los entendidos que la finada Rocío Jurado era una diosa de la tonadilla y que también cantaba flamenco con estilo, profundidad y desgarro. Mi nula afinidad y la consecuente ignorancia hacia esos géneros musicales me incapacita para valorar tales dones, pero he sufrido la desgracia a lo largo de infinitos años de que su fatigoso protagonismo en los medios de comunicación estuviera relacionado casi siempre con las hazañas públicas o los apasionantes enigmas privados de boxeadores y toreros jubilados (al fin y al cabo hombres que se dedicaron a algo concreto, con un pasado digno de contar) y gente demencialmente famosa y de la que nunca he sabido a qué se dedican en la vida, con nombres tan exóticos como Rociíto, Antonio David, Raquel Mosquera etcétera.

Y me asaltan dudas sobre el tiempo que juzgaría oportuno dedicar la televisión actual a la muerte de Einstein o Freud, personajes que hicieron alguna cosilla estimulante por el bienestar de la Humanidad, constatando las infinitas horas de emisión en memoria de esta cegadora gloria nacional y sus fascinantes circunstancias familiares. El desmesurado y babeante tratamiento informativo que hizo TVE de la muerte de aquel Papa que excomulgó a los diabólicos condones o de la trascendente boda de ese señor que es Príncipe por la gracia de Dios con una plebeya legítimamente ambiciosa, son una broma liviana si los comparamos con el mareante despliegue sobre la desaparición de la antigua suegra de Antonio David. Que sean defunciones o bodas de gente venerada por el pueblo llano, no justifica que nos castiguen con una matraca tan salvaje desde un medio público que financiamos incluso los pecadores a los que estamos convencidos de que durante esa semana en el universo están ocurriendo algunas cosas tan importantes al menos como la siempre lamentable muerte de alguien racial y popular que no quería morirse.

También puedo comprender las inaplazables ganas de fugarse a una isla desierta hasta que acabe el Mundial de la gente que no admite el dogma «no sólo de pan vive el hombre, sino también de una droga llamada fútbol». Dudo que yo pudiera sobrevivir si me faltara lo segundo, pero mi tolerancia puede entender que a un personal abundante o mínimo se la sude el espectáculo de unos tíos corriendo detrás de una pelota y lo de otorgar tratamiento de máximo problema nacional al éxito o al fracaso de la selección.

El gracioso documental La gran final demostraba que el mayor anhelo para los indios del Amazonas, los mongoles trashumantes y los hijos del desierto, era ver en la tele la final del Mundial, que la compartida pasión por el fútbol nos hermana en gustos lúdicos al acomodado Occidente y a los parias de la tierra. No lo dudo, pero los acorralados disidentes tienen derecho a un refugio, a no ser bombardeados monotemáticamente con el fútbol cada vez que encienden la tele.

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