Qué extraña fatalidad. Después de arduas dificultades, el Estatut aparecía como una aceptable senda central en la que casi todos habían hecho concesiones. Útil para encarar el futuro catalán con esperanza. Y, de repente, en vísperas de la votación, la sociedad catalana descubre, observando el dribbling de la compañía Iberia al aeropuerto del Prat, que las verdaderas incógnitas que abre el futuro no son de carácter identitario, como parecía desprenderse de las discusiones sentimentales de estos dos años. Ni tan siquiera son esencialmente políticas. Sino económicas. De poco le servirá a Catalunya ver más o menos reconocida su realidad nacional, si no consigue aparecer en la red mundial de comunicaciones como un verdadero y visible punto de referencia.

No quisiera contribuir a aguar el vino estatutario. Demasiadas energías autodestructivas ha ya reunido su proceso. Como todo documento pactado, el nuevo Estatut tiene luces y sombras y es globalmente positivo. La retórica identitaria puesta en juego durante los últimos 25 años, de la que el Estatut es expresión, refleja, sin embargo, una visión más próxima al siglo XIX que a nuestro tiempo. Catalunya gira sin cesar en la noria de la identidad, pero da la sensación de haber perdido el verdadero fundamento histórico de su fortaleza en la España moderna. Su fundamento económico. En efecto, de no haberse producido la revolución industrial catalana, las efervescencias románticas del movimiento cultural de la Renaixença se hubieran extinguido como débiles brasas (así sucedió en el mediodía de Francia con el Felibre, que pretendía restaurar el provenzal). Sin fundamento económico, las pequeñas culturas desaparecen. Esta afirmación debería formar parte del manual básico de la catalanidad. No hay otra forma de explicarse la decadencia de la cultura catalana medieval: empezó con la crisis del XV, previa a los Reyes Católicos, y culminó con el desplazamiento del eje mundial del Mediterráneo al Atlántico. Catalunya quedó fuera de juego. Pues bien. El extraño dribbling de Iberia debería servir para alertar del peligro de una nueva decadencia.

Durante los últimos diez años hemos asistido, en España, al choque de dos modelos. Ambos nacionalistas. Con un vencedor obvio. El unitarismo español. La visión aznariana, que destilaba cierta fascinación por la grandeza imperial española, ha significado el apuntalamiento del gran Madrid. Mediante la privatización de grandes empresas públicas (que contaron con la sinérgica colaboración entre el Estado y las principales corporaciones financieras). Y mediante el impulso de grandes infraestructuras como la T-4 de Barajas. El gran Madrid económico se expande, imparable, superando en mucho los límites territoriales de su comunidad autónoma, hasta presentar su candidatura a gran megápolis del sur de Europa y cabeza de puente de los grandes negocios hispanoamericanos.

Este modelo conecta de manera radial con el resto de las energías económicas del país, cuya dinámica gira o acabará girando alrededor del eje capitalino. Así está pensado el nuevo Barajas, como un gran centro distribuidor internacional del tráfico aéreo español, al que se subordinarán, en función de simple lanzadera, el resto de los aeropuertos, incluido el barcelonés. Con el desarrollo de este modelo se cumpliría, finalmente, el sueño de una España a la francesa: perfectamente uniformada y ordenada en forma de rueda de bicicleta. Naturalmente, este modelo considera un obstáculo cualquier otro polo de atracción económica que (como el que históricamente ha significado Barcelona) pretenda competir sanamente con la ciudad de Madrid, y no complementarla.

Es obvio que el crecimiento de Madrid no es debido tan sólo a las ayudas políticas. Sino a la capacidad de sus empresarios, al empuje de su sociedad civil y a la facilidad con que las capitales sorben energías internacionales. Madrid es un gran nódulo de la red global. Barcelona aparece muy borrosa en esta red. Algunos sectores económicos catalanes tienen en ella cierto protagonismo (turismo, congresos), pero otros son recesivos, cuando no irrelevantes. El dribbling de Iberia debilita a Barcelona y dificulta los intentos de apuntalarla en la red global.

La jugada es clave. El diagnóstico político sobre la realidad catalana debería, a partir de ahora, centrarse en este capítulo central. No para atizar el agravio comparativo o para relamer la herida identitaria o victimista. Estas respuestas (se ha visto con el Estatut) generan más riesgos que soluciones. Aunque algunos saquen partido del juego identitario, los costes para Catalunya acaban siendo grandes (mercados en riesgo, pérdida de aliados hispánicos, confusión de objetivos). Barcelona y Catalunya seguirán contando en el mapa global si sus políticos y sus líderes civiles son capaces de generar respuestas basadas en las propias energías.

Es cierto que la gestión del aeropuerto debe conseguirse (a fin de que sea posible la libre competencia entre Barajas y El Prat). Pero la respuesta fundamental debe ser de alto nivel: la Barcelona económica y la política deben ser capaces de impulsar, mediante alianzas internacionales, una respuesta alternativa a Iberia con el objetivo de mantener y reforzar los grandes vuelos internacionales. Ni quejas, ni agravios comparativos, ni componendas. O Barcelona se enfrenta con coraje a esta adversidad hasta convertirla en provecho, o la decadencia está servida.