Lo que ocurre con los aniversarios y con los forzados recuerdos de hechos que ocurrieron o de personas que nacieron o murieron es que lo que se vuelve a poner en la palestra obtiene el justo reconocimiento que se merece. Puede muy bien ocurrir que el evento o el individuo en cuestión cobren nueva y engrandecida vida porque la circunstancia de ellas en un momento dado, lejos de ser pasajera, crece en importancia. Por el contrario, algo que en su día mereció un sinfín de titulares puede, pasado el tiempo, dejar al personal frío y perfectamente indiferente. Creo que el quinto aniversario del escándalo de Gescartera se enmarca dentro de este segundo supuesto.
¿Por qué no interesa ya la desaparición, según se dijo, hacia paraísos fiscales, de enormes sumas de dinero que fueron lisa y llanamente robadas a pequeños y a grandes ahorradores que confiaron en un chiringuito financiero de poca monta? Al fin y al cabo, el caso tuvo todo el morbo: supuestos vínculos de los imputados con próceres de un PP que había renovado en el Gobierno escasamente un año antes; una aparente gravísima negligencia por parte de los reguladores; pruebas fehacientes de ingentes movimientos de dinero negro, algunas de las cuales involucraban a instituciones afines a la columna vertebral de país, a la Iglesia Católica y al Patronato de Huérfanos de la Guardia Civil.
Se me ocurre que el caso pasó al olvido porque la clase política no tuvo demasiado interés en removerlo y por ello tampoco los medios afines al poder o a la oposición. El PSOE hizo lo justo y luego miró a otro lado, lo mismo que en su día, y cuando estuvo en la oposición, hizo el PP con el caso Filesa. Y así han pasado cinco años sin saber si el escándalo de Gescartera fue un caso de choriceo puro y duro o tuvo otras ramificaciones.
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