ESCUCHE, señor presidente, pegue la oreja al suelo y oiga el latido que viene de la calle; esos cientos de miles de pisadas son el compás triste de un pueblo. Y van tres veces, que son muchas en muy poco tiempo. No se autoengañe; quizá pueda confundir a algunos diciéndoles que es cosa del PP, o que se trata de buenas gentes manipuladas por los predicadores de la discordia, o librar una estéril batalla de cifras aforando con cicatería el número de manifestantes. Da igual, señor presidente, no estamos hablando de contar votos, sino de la expresión democrática de un estado de opinión. Y a esos efectos da lo mismo quinientos mil que un millón; usted sabe, porque tonto no es, porque tiene ojos para ver y oídos para oír, que ha salido a la calle mucha gente. Tres veces, le repito. Bajo la lluvia de invierno, bajo el calor del verano. Tres veces, señor presidente, son muchas veces. Y muchos ciudadanos.
También puede engañarse pensando que esos ciudadanos no quieren eso que usted llama la paz, o que actúan desde el sectarismo político azuzadas por el resentimiento de la derrota electoral. Puede creer que usted tiene una misión que cumplir, y que debe hacerlo contra viento y marea. Así pensaba uno que usted conoce, y ya ve cómo acabó; los gobernantes no tienen que redimir a nadie que no desee ser redimido. La democracia, señor presidente, consiste en escuchar al pueblo, y gobernar en consecuencia. Y hay asuntos, decisiones, que necesitan el respaldo de una gran mayoría que ahora no existe porque usted la ha quebrado. Antes se le llamaba consenso, en esa Transición cuyo espíritu parece usted empeñado en liquidar. Llámelo como quiera, hágalo como quiera, pero no le dé la espalda al pueblo. No se equivoque. No se engañe.
Mire, señor presidente, esos ciudadanos de las pancartas están inquietos. Inquietos porque han sufrido mucho y sienten que su sufrimiento, su dolor, incluso la sangre que muchos de ellos han dado, no pueden acabar sirviendo para nada. Porque se les pidió que sufrieran, y sufrieron. Se les pidió que aguantaran, y aguantaron. Sabían que estaban del lado de la razón, de la justicia, y de esa convicción obtuvieron la fuerza moral para resistir. Y ahora les embarga el desasosiego de que esa resistencia pueda haber sido inútil.
Es muy simple, señor presidente, y usted lo sabe porque antes lo ha repetido muchas veces: nadie puede obtener por dejar de matar lo que no obtuvo matando. Es usted mismo quien se ha cansado de decirlo, y por eso esa gente no comprende por qué ha cambiado ahora, ni quién le ha hecho cambiar; por qué ha puesto el carro de la negociación y del diálogo delante de los bueyes de la rendición y la firmeza. Por qué los asesinos no piden perdón y actúan como si hubiesen sido absueltos por no se sabe qué oculto armisticio. Los españoles no han luchado para eso, no han sufrido para eso, no han muerto para eso. Para que Otegi y sus amigos estén alegres, sonrientes y satisfechos, mientras ellos están tristes, preocupados y descontentos. Ésa es la realidad, señor presidente; pregúntese por qué es así cuando se mire al espejo.
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