Bachelet y Evo obligan a repensar la política, de Manuel Antonio Garretón en Clarín
Más allá del balance que pueda hacerse cuando sus gobiernos concluyan, quienes presiden hoy Chile y Bolivia están reformulando el contrato del Estado con la sociedad y encontrando formas inéditas de encarar viejos problemas.
Hay un problema central y común para los países de América latina y para sus gobiernos, aunque les afecte en formas y grados diversos, como fueron las transiciones democráticas, las reformas estructurales de los ochenta y los primeros impactos de la globalización? Mi respuesta es que pese a la diversidad sí lo hay.
Y éste sería la recomposición de las relaciones entre Estado y sociedad, de la nación y sus diversas expresiones histórico-culturales, que más allá de los regímenes formalmente democráticos permita construir una capacidad de acción política de la sociedad frente al mundo globalizado y la fragmentación interna. Y esta cuestión es especialmente aguda y visible en países en que el sistema parti dario, independientemente de sus fallas clásicas, se derrumbó, lo que se expresa en nuevas formas de liderazgo menos convencionales y más alejados de proyectos ideológicos o de la política partidaria.
No pueden entenderse los procesos electorales de los últimos años, ni el aparente izquierdismo de los gobiernos elegidos, ni los intentos que algunos califican equivocadamente de neopopulismo, ni la aparición de nuevas formas de movilización social y de actores hasta ahora inéditos si no se tiene en mente esta cuestión fundamental, análoga a la situación enfrentada por nuestros países después del derrumbe oligárquico o la crisis económica mundial de la primera parte del siglo XX. Pero si el desafío de aquella época era básicamente la integración de masas a un proceso de desarrollo cuyos parámetros estaban de alguna manera definidos y en el marco de Estados cuya base societal era indiscutible, hoy por hoy lo que está en cuestión es precisamente esta capacidad estatal de accionar sobre los flujos de mercados y comunicaciones transnacionales y por lo tanto su legitimidad ante poblaciones que consideradas ciudadanas quedan sin embargo inermes ante los poderes fácticos.
Esta recomposición de la sociedad y de la nación, que tiene una dimensión subnacional (algunos le llaman democracia local), una dimensión estatal y una dimensión supranacional de integración como bloque a los procesos de globalización, está detrás de todas las agendas de los gobiernos actuales, aunque no siempre de manera explícita. Y si bien hay rasgos originales en cada una de las fórmulas actuales de recomposición entre Estado y sociedad o de reconstitución de la nación, todas ellas tienen una sorprendente semejanza con el modo en que cada país enfrentó los desafíos en otras épocas.
Me gustaría llamar la atención sobre otro punto de enorme fuerza simbólica en estos procesos. Tengo la impresión de que en el panorama político actual de la región hay dos liderazgos nacionales estrictamente inéditos y que se dan en dos casos polares respecto de esta variable clave, como es el tipo de organización política clásica y su vinculación con la sociedad.
Por un lado, está el gobierno de Evo Morales en Bolivia que corresponde, independientemente de su origen socioeconómico, a la reivindicación del principio étnico de una comunidad avasallada, haciendo saltar las instituciones partidarias. Por otro lado, está el gobierno de Michelle Bachelet en Chile, que es de estricta continuidad política con los anteriores tres gobiernos democráticos de la coalición de centroizquierda y, sin embargo, es el primer gobierno paritario de mujeres y hombres en el Ejecutivo liderado por una mujer.
Es este carácter inédito, es decir, esta manera de hacer las cosas en forma diferente a las que conocíamos, de apelar a principios de acción y legitimidad y a lenguajes ajenos a las clases políticas tradicionales, de cualquier color ideológico que sea, lo que hace muy difícil juzgar la performance de estos gobiernos y el que le atribuyamos el carácter de errores o virtudes a sus acciones acudiendo a las definiciones de la política conocida y convencional. Y no se trata de caer en alabanzas, porque al final estos gobiernos pueden fracasar o hacerlo mal. Eso lo evaluarán los resultados al término del período y no está garantizado ni mucho menos su éxito.
Aunque por otro lado su mera existencia es ya un gran éxito porque ello ya produce un cambio cultural de proporciones.
Lo que quiero subrayar es que un gobierno que reivindica un carácter étnico ancestral y llame a refundar la nación y un gobierno que afirma el tiempo de las mujeres en el marco de una de las políticas partidarias más sólidas de América latina y, sin renunciar a ella, reivindica el carácter de género, obligan a repensar las categorías con que pensamos la política. Y quizás no haya mejor expresión de ello que lo que ocurre en las relaciones entre ambos países.
Más allá de declaraciones aparentemente contradictorias, de supuestos errores comunicacionales y diplomáticos, todos nos damos cuenta de que estamos ante un cambio de envergadura. El que Chile acepte una agenda de diálogo sin exclusión del tema de soberanía marítima boliviana y que Bolivia respete el ritmo que requiere este cambio mayúsculo en Chile, y que ello se haga aun contrariando una aparente opinión pública en cada uno de sus países, muestra que quizás lo que no consiguieron años de diplomacia y conflicto entre liderazgos tradicionales lo puedan lograr un gobierno femenino y un gobierno indígena, poniendo fin a uno de los principales obstáculos de la unidad de nuestra región frente al mundo.
Manuel Antonio Garretón. Sociólogo, docente de la Universidad de Chile.
