La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

10 Junio 2006

Mortadelo y Filemón: la lógica del desastre, de Felipe Hernández Cava en El Mundo

Cuarenta y ocho años después de su creación, Mortadelo y Filemón siguen entusiasmando a los lectores y confirmando que son los personajes más populares del tebeo español de las últimas décadas. Es inevitable, de nuevo, preguntarse dónde reside la explicación del éxito de este dúo que Francisco Ibáñez (Barcelona, 1936) creara inicialmente para la revista Pulgarcito, y que empezó siendo una parodia hispana de Sherlock Holmes y el doctor Watson para convertirse luego, en los años 60, en el par de agentes secretos estelares de la T.I.A.

Por un lado, hay que tener en cuenta que las aventuras de estos calvos marcaron un cambio de tendencia en la historieta humorística española hasta aquel momento, y salvo excepciones, demasiado apegada a los arquetipos costumbristas más próximos al lector (los Carpanta, Gordito Relleno, Zipi y Zape, Doña Urraca, Carioco, Las Hermanas Gilda, La familia Ulises...), a los que nadie niega sus virtudes. En efecto, Ibáñez, que pertenecía a otra generación que los creadores de aquellos personajes, buscó, al principio un tanto a tientas, una nueva formulación de lo cómico.

Sus dos antihéroes eran un poco como el Clown y el Augusto del mundo circense, aunque cada uno de ellos podía asumir indistintamente un papel y otro. Pero ese duelo entre el listo y el torpe, por más que Mortadelo se singularizase desde el primer momento por su capacidad para el disfraz -más bien habría que hablar de transmutación-, no hubiese sido una clave para su notoriedad, pese a las capacidades de Ibáñez para el chiste, como había demostrado más que convincentemente desde sus primeros trabajos profesionales en 1956.

De manera que el segundo y decisivo factor a tener en cuenta, tanto con esta pareja como con otros de sus personajes (El botones Sacarino, Rompetechos, o Pepe Gotera y Otilio, por ejemplo), estuvo en que Ibáñez recurrió a los modelos más ácratas del cine cómico, que siempre han funcionado como perfecta válvula de escape emocional, casi una fábrica de vida.

Las historias de Mortadelo y Filemón me recuerdan en su estructuración a las viejas películas de aquella productora, la Keystone, que fundase Mack Sennett, con sus policías y sus persecuciones desaforadas. Allí se fraguó un mundo único de libertad, que fascinó a los surrealistas y que llevó a sus últimas consecuencias algunos de los presupuestos que había en el burlesque, el vodevil, la pantomima, el circo o la mismísima comedia del arte. Es la apoteosis de la anarquía, en la que las tres principales claves son: la ridiculización de los poderosos (que en Ibáñez han empezado a ser reconocibles en los últimos años), la orgía de la destrucción de toda clase de bienes y la violencia, que llega en las páginas de este dibujante a rivalizar con la que, de manera exacerbada, encontramos en algunos de los clásicos de la animación.

En el modo en que Ibáñez estira las secuencias visuales, en su dosificación de los planos cortos, en su anuncio de la inminencia del gag, o en la forma en que desarrolla éste, como si estuviera manipulando el suspense, prescindiendo de alguna de las viñetas del desenlace para acentuar la risa, estoy viendo el pulso de Sennett, de Chaplin, de Laurel, de Taurog, de Tashlin, de Chuck Jones o del mismísimo Jerry Lewis (quien, por cierto, como nuestro dibujante, aspiraba a ponerse en la piel de un niño de nueve años a la hora de aproximarse a lo cómico; «a esa edad puedo sentirme herido», decía, «pero nunca degradado»).

Una vez hemos establecido la complicidad con esos tontos, al lector sólo le queda esperar que aquel disparate vaya a más y que, a ser posible, no se detenga.

© Mundinteractivos, S.A.

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