La teatral retirada del apoyo al Gobierno en la negociación con ETA ha permitido al PP meter bajo las alfombras de Génova 13 su gran drama shakespeareano. El ser o no ser del partido está en manos de la persona equivocada, una tragedia que, siendo conocida para los principales dirigentes del partido, empieza a representarse ahora para ese gran público de la derecha que percibe que el protagonista no terminará la obra o saldrá atropelladamente de la escena. Es cierto que en política se puede morir varias veces, pero, entre tanto, se pasa mal viendo el cadáver.
Es indiscutible que Mariano Rajoy es un buen parlamentario, entona divinamente los discursos que lleva escritos, se bate bien en el cuerpo a cuerpo y es capaz de improvisar una réplica con ese aire socarrón que exudan los grandes oradores. Sería, en definitiva, el perfecto portavoz. A Rajoy le adornan muchas más virtudes y hasta podría convenirse que ha sido un buen vicepresidente, tanto en Galicia como en Madrid. Por hallar una síntesis, cabría concluir que Rajoy sería el perfecto vicepresidente portavoz, que ya es bastante.
Pues bien, con el perfecto vicepresidente portavoz, un tipo afable, conciliador, infatigable conversador y bastante bon vivant, se puede pasar una tarde magnífica hablando de ciclismo entre volutas de habano o practicando el swing en el campo de golf. A este contador de chistes la cartera de ameno ministro le queda que ni pintada. Pero lo que se ha demostrado imposible es hacer de este segundo oficial el capitán del portaaviones. Rajoy no es el líder que los suyos esperan y, viendo el desbordante ego de quien lo eligió, es bastante probable que ello fuera determinante en su designación.
Las alarmas han sonado ahora -bastante tarde en realidad- tras el debate sobre el Estado de la Nación en el que Rajoy acabó pidiendo más tiempo a Marín cuando lo inteligente hubiera sido pedir la hora y terminar el partido cuanto antes. No perdió el debate porque le faltaran minutos o porque no pudiera confrontar con Zapatero la política antiterrorista. Lo que le faltaron fueron ideas, mensajes a las familias, los jóvenes, las mujeres, los pensionistas y los parados, propuestas en educación, sanidad o vivienda, más alternativas y menos Estatuto, porque de esa ubre ya no hay quien saque ni un cortado. ¿No hay nadie en el PP que le diga a este hombre que no es aconsejable pronunciar el mismo discurso dos años seguidos sin variar ni una coma? ¿Ninguno de sus ilustres asesores, antiguos gurús de la Moncloa venidos a menos, son capaces de prever que Zapatero, aun siendo “bobo”, tiene un servicio de documentación para servirle a doble espacio lo que el PP hizo cuando estaba en el Gobierno y hasta lo que no hizo?
Establezcamos como primera conclusión que a Rajoy le fallaron los asesores, algo que, parafraseándole, no es un tema menor, sobre todo si se tiene en cuenta que dos años después de asumir las riendas del partido su presidente, quizás por desidia, ha sido incapaz de elegir un equipo de colaboradores que no sean herencia de su predecesor. Las grandes apuestas de Rajoy son Gabriel Elorriaga y Soraya Sáenz de Santamaría, dos pesos pesados ciertamente anoréxicos.
Con todo, el fracaso del debate sería anecdótico si la autoridad de Rajoy en el PP fuera incontestable. En lugar de eso, se asiste a una encarnizada batalla por la sucesión, anticipando el triste final político del presidente. Será por ello que los elogios de Esperanza Aguirre hacia la socialista chilena Michelle Bachelet, enalteciendo su condición de mujer y de primera ministra, suenan a autoproclamación o que el confesado deseo de Ruiz-Gallardón de ser diputado en la próxima legislatura se vislumbre casi como una traición.
De un líder se espera algo más de entusiasmo, el suficiente al menos para ser capaz de convencer a Pedro Barato, presidente de Asaja, para que encabece la candidatura del PP en Castilla-La Mancha, y evitar así que tenga que venir Esperanza Aguirre a sacar las castañas del fuego y colocar en los carteles a su consejera de Transportes, María Dolores de Cospedal. Entusiasmo también se hubiera requerido cuando, en plena campaña contra el portavoz Eduardo Zaplana a cuenta de las presuntas comisiones de Terra Mítica, Rajoy se escondió durante días bajo las piedras a la altura de Sanxenxo en lugar de defenderle.
A Rajoy le pasa un poco como a esos ricos que Fulgencio Argüelles describe en El palacio azul de los ingenieros belgas, que nunca acaban de crecer porque no han vivido los momentos difíciles que hacen madurar al resto y por eso experimentan la alegría y el abatimiento como si fueran niños. Como todo le vino dado, de no haber mediado el 11-M hubiera podido alcanzar la presidencia del Gobierno sin mostrar siquiera un mínimo de osadía, sin haber dado nunca un paso al frente. Le hubiera bastado con ser un fiel y leal vasallo, con limitarse a ser obediente.
A menos de dos años de las elecciones generales –siempre que no se anticipen-, el PP tendría que sufrir una debacle en las municipales y autonómicas para que Rajoy no fuera el candidato. Ya se sabe que las tragedias siempre acaban mal, pero hay tragedias y tragedias. En Hamlet mueren todos. Por cierto, Rajoy ¿era gallego o de Dinamarca?
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