Nuestro imaginario está lleno de películas. Para algunos Burt Lancaster no es un actor sino un personaje que domesticaba pájaros en una prisión sórdida. Yo podría describir el pantalón de cuero que llevaba Dick Bogarde en un filme de vaqueros cuyo título ni recuerdo. El sueño de todo niño durante los años de cólera - me han advertido que debería cambiar lo del cólera por otra metáfora; les parece friki-, el sueño, digo, de entonces para un joven era tener un padre como el Gregory Peck de Matar a un ruiseñor. Podría seguir así y exhibiría una lista de iconos grabados a conciencia en nuestro imaginario personal. Personajes que por cierto no son ni por asomo lo que nosotros creíamos que eran, porque la adolescencia es cándida y tiende a la simplificación. Nada debe tanto al cine como nuestra educación sentimental. Aunque me duela creerlo, yo estoy seguro que influyó más en mi conciencia, y por tanto en mi formación, Laurence Olivier o Peter O´Toole, o Tom Courtenay en aquel traveling, que aún me conmueve de ansiedad, con el que termina La soledad del corredor de fondo,que los personajes de Henry James o Joseph Conrad.

Por eso recuerdo con una emoción desbordada a un actor como Spencer Tracy. ¿Quién no amó hasta el llanto al Spencer Tracy de la pantalla? Ahora no viene a cuento explicarles que como tipo humano era desdeñable en todos los conceptos menos en uno: era capaz de trasmitir todo aquello que él jamás sería capaz de ser. Podría ir sacando las cuatro o cinco películas que conformaron mi intimidad de conciencia con Spencer Tracy, pero no viene a cuento.

Yo ahora me voy a referir a una porque resulta de absoluta actualidad. Es su papel como juez de Estados Unidos en el tribunal de Nuremberg. No me interesa ahora nada de lo que rodeó este filme de Stanley Kramer, ni siquiera la variación de título que tuvo en la España del cólera cuando se estrenó a comienzos de los sesenta, ni las exhibiciones de soberbia interpretativa de unos actores en estado de gracia. Nada, ahora no me interesa nada salvo la figura del magistrado Dan Haywood (Spencer Tracy). Él representaba entonces algo insólito en todos los mundos para nosotros conocidos. La fe en el derecho, como civilizador, y la superioridad de quien ha de impartir justicia en nombre de una sociedad democrática, consciente de que más allá de eso no hay poder superior alguno, ya sea la patria, los altos mandos militares, el odio, el amor o la venganza.

El juez que representa Spencer Tracy en El tribunal de Nurenberg (en España, Vencedores y vencidos)es un personaje inmenso en su calidad dramática; tiene humor y tiene dignidad, es coherente y es humilde, sabe escuchar y ser discreto porque cree en su superioridad como factor de humanidad, como garante de la ley. ¿Cuándo se fue al traste esa figura de juez sobre los delitos de humanidad? Ese icono hoy pertenece al museo y cualquiera que lo sacara del baúl de los recuerdos sería tildado de ingenuo garantista. ¿Cuánto territorio de historia brutal hay entre esa figura del juez que condena los crímenes contra la humanidad, en el tribunal de Nuremberg, y los funcionarios mafiosos del Gobierno de Estados Unidos, que torturan y manipulan a tres chavales británicos, en ese relato demoledor que es Camino a Guantánamo?¿Cuándo dejó de ser Estados Unidos el sueño de Whitman y se convirtió en una inquietud para la humanidad? ¿Es consecuencia del 11-S y de la amenaza del terrorismo islámico? Si fuera así, cabría pensar que Al Qaeda y Bin Laden constituyen un enemigo más peligroso que el Japón imperial y el nazismo de Hitler que provocaron la Segunda Guerra Mundial, millones de muertos y el icono del juez Dan Haywood (Spencer Tracy).

Nada es como fue, y hoy no hay enemigo capaz de imponerse a Estados Unidos, primera gran potencia de la Tierra, y al tiempo nunca fue tan evidente el desmoronamiento del gran imperio, incapaz de resolver lo que él mismo provoca y presidido por un hombre digno de aquellos emperadores romanos, corruptos e inútiles, del final de una era. Nunca los estados fueron tan poderosos y tan incompetentes, tanto que buena parte de sus obsesiones de seguridad y hegemonía han de echarlas a departamentos dedicados a trabajos mafiosos; al margen de la ley o bordeándola, como la mafia. Los procedimientos para hallar soluciones son los mismos de siempre, pero la capacidad de hacer daño, la posibilidad de sembrar el terror, se ha multiplicado al infinito. Y así ocurre que se han cambiado las reglas de juego, porque la inexistencia de estados con poder suficiente como para representar un peligro a Estados Unidos ha convertido la impunidad en política de Estado. Hoy día los Estados Unidos de América pueden hacer lo que les dé la gana desde el plano militar y de información, sin otra cortapisa que la discreción respecto a su opinión pública. Nosotros, europeos ahítos de autosatisfacción, hemos de reconocer con vergüenza que ha tenido que ser un diario norteamericano, The Washington Post,quien ha explicado la complicidad en el terrorismo de Estado y prácticas mafiosas de 14 países europeos.

Ése es el cambio. La mafia se caracteriza por representar un sucedáneo del Estado; más cruel, más cara, más rápida, más corrupta... Todo más que el Estado, incluso más impune. Ahí está el fundamento del secuestro de personas y su tránsito por Europa con destino a prisiones donde se les somete a torturas dignas de los viejos campos de concentración, los que condenaron magistrados como Dan Haywood (Spencer Tracy). La investigación sobre la colaboración de 14 estados europeos en actividades mafiosas del Gobierno de Estados Unidos la llevó a cabo un suizo, Dick Martin. Por la actitud de los diversos gobiernos, incluidos los polacos y los rumanos, con cárceles en sus territorios, se hace evidente que nadie tiene el más mínimo interés en tipificar el grado de complicidad en las prácticas criminales del Gobierno norteamericano. Dependemos de Estados Unidos hasta para mirarnos nuestras vergüenzas.

Hacia los verdugos he mantenido siempre una actitud profesional, porque del matarife se exige que sea bueno, rápido y que no repare en gastos para evitar que nos afecten los resultados. El que me produce arcadas es siempre el ayudante del verdugo, porque es un ser despreciable en su inanidad. Sólo sirve para lo que nadie querría hacer: limpiar el instrumental y mentir tantas veces como se le pregunte, apelando a su condición de dependiente. ¿Cuál es el papel de los 14 estados europeos, supuestamente soberanos, ¡que gracia tendría ahora apelar a la soberanía y a la autodeterminación!, que han hecho de siervos del verdugo? ¿En silencio y acogotados por el peso de la culpa? Nada de eso, evasivos y cínicos. No hay pruebas, alega un tipo que dice llamarse Lluís Maria Puig, del que no tenía noticias y que al parecer es senador socialista y jefe del grupo. "No se ha demostrado", dice.

Benditos empleados despreciables. Si se demostrara que la CIA ha utilizado los aeropuertos españoles como tránsito para sus operaciones mafiosas contra individuos a los que no defiende ningún Estado, musulmanes conversos - ahora va a resultar que convertirse al islam es malo para la salud del individuo y sin embargo hacerse Legionario de Cristo facilita las relaciones sexuales con menores-, si se demostrara, digo, la CIA no sería una central dedicada a lo que se dedica, sino una sociedad de beneficios mutuos, una especie de Fórum Filatélico de altos vuelos. A estos tipos que se sacan el sueldo avalando mentiras y ganando tiempo para los verdugos habría que incluirlos en una lista particular de cómplices - son los que luego se desgañitan diciendo "yo no sabía, yo no sabía"- comulgantes públicos de ruedas de molino. Pero nosotros tenemos que preguntarnos cómo es posible que en Milán se empleen 22 agentes de la CIA para secuestrar a un imán egipcio por nombre Abou Omar, con la colaboración del elemento autóctono - vamos, el identitario y autodeterminado-, un policía italiano que le paró y le pidió la documentación. O en Skopje, capital de Macedonia, donde los rigurosos servicios de espionaje alemanes le pusieron en bandeja a la CIA secuestrar a un ciudadano germano, musulmán ¡ay!, Khaled El Masri, que no tenía nada que ver con nada pero que se pasó desde el 31 de diciembre del 2003 - vaya fin de año- hasta el mayo del 2004 convertido en un guiñapo, secuestrado, torturado y luego abandonado porque se había producido una confusión, y como era alemán volvió a casa. Dudo mucho que si hubiera sido sudanés regresara a casa sin un abrigo de madera.

Hemos vuelto a la tortura con argumentos de Popper y su sociedad abierta. Y tenemos ese espíritu, que algunos de nosotros vivimos y muy intensamente durante los años del cólera - con perdón- y que se llamaban estados de excepción.¿Cuánto tigre de bengala de la sociedad abierta y competitiva recuerda aquella historia? Entonces, durante el cólera, cuando se declaraba un estado de excepción que ponía en suspenso hasta lo más obvio de la vida societaria bajo una dictadura, siempre aparecía el ayudante del verdugo, que decía: "Si no has hecho nada, no tienes nada que temer". Pero un día una pequeña equivocación les llevaba a comisaria, y de allí al trullo, y de allí a la confidencia mafiosa obtenida bajo presión.

El Estado ha aprendido de la mafia todo lo que la mafia creía haber aprendido del Estado. Yasí estamos. Engañados pero muy contentos, porque no pueden probar que somos ayudantes del verdugo.