En el día de hoy la Universitat Oberta de Catalunya (UOC, la más joven, pero tal vez la más original de las universidades catalanas) honra al ex president Jordi Pujol confiriéndole su más alta, y rara, distinción: el título de doctor honoris causa. Más allá del obligado agradecimiento de una institución a la persona que hizo posible su creación, el gesto de la UOC tiene un profundo contenido intelectual, al menos en mi opinión estrictamente personal. Y es que la UOC intenta ejemplificar algo que para mí encarna Jordi Pujol: la relación constructiva entre identidad y globalización, tal vez la cuestión más importante de nuestro tiempo. La idea de que la globalización conlleva la formación de una ciudadanía cosmopolita sin raíces culturales históricas, fundida en una armonía universal abstracta, es desmentida cada día por un mundo en que la gente se aferra a sus valores, a lo que son y quieren seguir siendo. No defendiendo esencias, sino actualizando cada día una trayectoria histórica compartida. Y es precisamente el rechazo intransigente de esa dimensión fundamental, la identidad colectiva, sea nacional, religiosa, territorial o étnica, la fuente de algunas de las tensiones más dramáticas en el mundo y en nuestro país. Por eso el esfuerzo intelectual, personal y político de Jordi Pujol a lo largo de su vida me parece digno de ser honrado. Naturalmente que la política, como él mismo ha escrito, tiene grandeza y tiene miserias. Y ningún político puede evitar que le salpique la parte de miseria que le toque, una vieja problemática existencial desde Les mains sales de Sartre. La verdadera cuestión es qué es lo que queda como balance histórico, cuál es el valor añadido de una personalidad política como la de Jordi Pujol. Yo me resisto a cerrar ese balance porque creo que desde la atalaya del camino recorrido Jordi Pujol puede aportar no sólo reflexión sino orientación a una Catalunya, una España y una Europa que se encuentran en la encrucijada de vivir en un mundo interdependiente y en una sociedad multicultural sin saber muy bien cómo hacerlo. Su seny,su experiencia, su sensibilidad con el ciudadano de a pie y su visión cosmopolita desde la identidad de su país constituyen un recurso valioso para quien sepa apreciarlo sin sectarismos partidistas. Y es que Jordi Pujol es mucho más que un político y más que un estadista. Es una mente reflexiva y una voluntad política dedicada a una causa desde muy temprana edad, una causa (Catalunya en el mundo) que siempre defendió con pasión pero sin fanatismo y sin perder de vista los valores humanistas en los que se inspiró a partir de la tradición de Emmanuel Mounier y el catolicismo progresista francés.Jordi Pujol está unido en mi memoria a mi propia resistencia antifranquista, desde que a los 18 años vino la Brigada Social a casa de mis padres para interrogarme sobre las pintadas con el nombre de Jordi Pujol (entonces detenido) que figuraban en la fachada del edificio (yo no había hecho éstas, sino otras, porque aunque joven no era tonto). Pero mi profundo interés por la trayectoria de Pujol vino mucho después, en plena elaboración de mi trilogía sobre la relación entre la sociedad red y la cultura indentitaria, cuando constaté, tras explorar el mundo, que uno de los ejemplos más vividos de conciencia de esa relación lo tenía en casa, aunque esa casa, Catalunya, estuviera muy lejos mientras escribía mi libro en las colinas de Berkeley. Ahí trabaje sobre los escritos y discursos de Pujol y seguí los periplos de su trayectoria, convirtiéndolo en objeto de analisis, y descubrí su proyecto de integración de una nación catalana viva en una Europa unida, en un marco compartido con una España con quien la andadura histórica y un prudente realismo aconsejan articular el devenir catalán. También se percibe, desde muy pronto, en esos escritos la tensión entre el humanista abierto a todas las culturas y el catalán de raigambre temeroso de que su reducida nación se diluya ante los continuos aluviones migratorios que siguen llegando a Catalunya, tierra de acogida por necesidad demográfica. Es esa clarividencia de los problemas cruciales de nuestra colectividad y la angustia de no tener una respuesta clara y, por tanto, de seguir buscándola, lo que hace de Jordi Pujol un actor social fascinante. Lejos de las certidumbres afectadas de los políticos habituales. Yal mismo tiempo, con un pragmatismo político y una capacidad de conexión con las personas concretas que inducen el respeto de sus adversarios.

Espero que el gesto de la UOC al honrar a Pujol no se interprete en clave política, ni presente ni pasada. Aunque mi exorcismo será probablemente inútil, porque en la mediocridad que caracteriza nuestro entorno social no se ve mucho más allá de los intereses propios y de la conspiración del día. Yo, por ejemplo, nunca me he adherido al ideario político de Pujol, aunque comparto buena parte de sus análisis. Y nunca he votado por él, por mucho respeto que le tenga, porque me sitúo a su izquierda. Pero creo que los universitarios de verdad debemos abstraernos de consideraciones ideológicas para reconocer el valor de las personas y la importancia de sus ideas, sobre todo cuando son propuestas que se dirigen a algunos de los dilemas más importantes de nuestro tiempo. Por eso celebro que mi universidad honre hoy a una de las personalidades más honorables que conozco.