El último caso de crispación provocado por Acebes ha sido por autorizar Rodriguez Zapatero que el PSE contacte con Batasuna para preparar el diálogo que el gobierno quiere entablar con ETA con el fin de poner un término al terrorismo vasco. Patxi López conversa con Arnaldo Otegui y el griterío estalla en las filas más belicosas del PP. Recordarles antecedentes es algo difícil porque no hay más sordo que el que no quiere oír. El Gobierno británico, con John Major primero y Tony Blair después, habló con el Sinn Fein para poder llegar a negociar el fin de la lucha en Irlanda del Norte cuando el brazo político estaba considerado ilegal y organización terrorista.

Cita a ciegas en la ciudad del chocolate Casimiro Garcia-Abadillo Publicado en El Mundo el 22 de mayo de 2005

Javier Zarzalejos, secretario general de la Presidencia de Gobierno; Ricardo Martí Fluxá, secretario de Estado de Interior, y Pedro Arriola, asesor de Aznar en su condición de presidente del PP, fueron designados por el presidente del Gobierno como «interlocutores» ante una eventual reunión con ETA apenas unos días después de que la banda terrorista declarase una tregua indefinida que comenzaba a tener efecto desde el 18 de septiembre de 1998.

El obispo de Zamora, Juan María Uriarte, fue propuesto por ETA (y aceptado por el Gobierno) como «intermediario» para llevar a cabo los contactos iniciales. Zarzalejos y Uriarte fueron los encargados de mantener una línea caliente que funcionó a plena satisfacción a partir de finales del mes de octubre de 1998.

A mediados del mes de noviembre, ETA hizo llegar una carta a Aznar a través del conducto oficial (es decir, monseñor Uriarte) en la que la organización ponía de manifiesto su deseo de establecer «un canal permanente de comunicación». El 16 de diciembre, Zarzalejos respondió en nombre de Aznar que aceptaba el establecimiento de dicho canal y dio a conocer, como pedía ETA, los nombres de los tres interlocutores que eventualmente participarían en una hipotética reunión con la organización: el propio Zarzalejos, Arriola y Martí Fluxá. Los tres tenían un denominador común: eran personas de la plena confianza del presidente. [.....]

El nombramiento de los interlocutores lo hizo personalmente Aznar.No consultó su decisión con nadie. La discreción era fundamental para que el proceso que se iniciaba no se viera abortado innecesariamente. Ni siquiera sus vicepresidentes (Francisco Alvarez-Cascos y Rodrigo Rato) tuvieron noticia de la constitución de una comisión interlocutora con ETA, ni mucho menos de la identidad de sus miembros.

Aznar, siempre preocupado por cuidar las formas, optó por que la comisión actuara en representación suya, y no del Gobierno, precisamente para no tener que dar cuentas a sus ministros de los pasos que se iban dando y preservar así la confidencialidad del proceso.

El Gobierno accedió a poner negro sobre blanco los nombres de los designados como interlocutores y, finalmente, en abril de 1999, ETA hizo llegar un mensaje, a través del que ahora es obispo de San Sebastián, dándose por satisfecha con la respuesta recibida. El contacto estaba, pues, a punto para producirse. ETA puso como condición para el mismo que el lugar, el día y la hora de la reunión fueran de su exclusiva competencia por motivos de seguridad. Los representantes del Gobierno aceptaron [.....]

El 16 de diciembre, Zarzalejos respondió en nombre de Aznar que aceptaba el establecimiento de dicho canal y dio a conocer, como pedía ETA, los nombres de los tres interlocutores que eventualmente participarían en una hipotética reunión con la organización: el propio Zarzalejos, Arriola y Martí Fluxá. Los tres tenían un denominador común: eran personas de la plena confianza del presidente. [.....] El nombramiento de los interlocutores lo hizo personalmente Aznar. No consultó su decisión con nadie. La discreción era fundamental para que el proceso que se iniciaba no se viera abortado innecesariamente. [.....]

Por fin, el 19 de mayo, Uriarte, Zarzalejos, Fluxá y Arriola partieron desde Madrid, por vía aérea, hacia Ginebra (Suiza).Sólo sabían que iban al país alpino, pero desconocían la hora y el lugar exacto de la reunión. Una vez allí, Uriarte iría recibiendo instrucciones sobre las coordenadas de la cita. Monseñor, que iba vestido para la ocasión con traje y corbata, era la única vía de contacto con los terroristas.

Ya en Suiza, ETA cambió en dos ocasiones el sitio al que debían dirigirse. Ninguno de los cuatro hombres que salió de Madrid hacia Ginebra a primera hora de la mañana sabía por tanto la localidad donde se iba a producir la reunión, asumiendo un evidente riesgo, ya que Interior no montó ningún dispositivo especial de protección o seguimiento.La delegación se movía de un lado a otro en taxi y todos sus miembros, a excepción de Uriarte, llevaban apagados sus móviles.

Por fin, ETA dio el nombre del lugar donde finalmente tendría lugar la ansiada reunión. Se trataba de la pequeña ciudad de Vevey, cerca de Montreux, y a unas decenas de kilómetros de Ginebra, junto al lago Leman. [......]

. Por fin, en una pequeña sala de reuniones del hotel, reservada por los etarras, los representantes de Aznar y el obispo se encontraron frente a un hombre y una mujer. El varón era nada más y nada menos que Mikel Albizu, conocido como Mikel Antza, responsable del aparato político de ETA. Ella era Belén González Peñalva, Carmen, ex miembro del comando Madrid, que ya había participado en las conversaciones de Argel con el Gobierno del PSOE junto al los dirigentes etarras Eugenio Etxebeste, Antxon, e Iñaki Arakama Mendía, Makario. Carmen y Antxon, seguían siendo miembros del llamado aparato de interlocución de ETA. [.....]

Aunque Zarzalejos valoró positivamente la participación de Euskal Herritarrok (nombre con el que se presentó Batasuna a las elecciones vascas de octubre de 1998) en las instituciones, dejó muy claro que el Gobierno no podía debatir nada políticamente con una banda armada. [.....]

El anuncio de la tregua de ETA, realizado a través de un comunicado de cuatro folios escrito en euskara y remitido al diario Euskadi Información el 16 de septiembre de 1998, sorprendió a Aznar fuera de España, de visita oficial en Perú. [.....] El ministro del Interior, Jaime Mayor, se había referido con anterioridad a un posible cese de la violencia como una «tregua trampa» (así lo hizo en declaraciones a Telecinco el 14 de septiembre).

La postura del Gobierno se concretó en una mezcla de dureza y esperanza. Aznar habló de «contemplar los nuevos horizontes», y confesó: «Nada me alegraría más que el anuncio se correspondiera con la realidad y fuera el inicio del abandono definitivo de la violencia». Pero también advirtió de la posible frustración «porque estemos ante un movimiento táctico o porque se ponga precio a la paz, olvidando el marco de convivencia». [.....]

Cuando Aznar regresó a Madrid tras su viaje a Perú el 19 de septiembre de 1998, lo primero que hizo fue organizar una ronda de consultas con la oposición. El primero en acudir a Moncloa fue el secretario general del PSOE, Joaquín Almunia. Aznar también conversó con Julio Anguita (líder de IU hasta diciembre de ese mismo año), muy contrariado por la decisión de su partido en el País Vasco de respaldar el Pacto de Lizarra. Asimismo, cambió impresiones con Jordi Pujol (presidente de la Generalitat y cabeza de CiU), e incluso con Xabier Arzalluz (jefe indiscutible del PNV). Al presidente le preocupaba sobremanera que los pasos que se iban a dar se fueran produciendo de común acuerdo con el principal partido de la oposición. Almunia demostró una extraordinaria disposición al diálogo.

Por su parte, Mayor Oreja abrió su propio frente desde el Ministerio del Interior y organizó periódicas cenas a las que asistieron, entre otros, Juan Alberto Belloch (responsable de Justicia e Interior del PSOE y ex responsable de ambos ministerios) y Nicolás Redondo Terreros (secretario general del PSE-EE). La intención del presidente del Gobierno era conocer si la mayoría de los partidos del arco parlamentario daban su visto bueno al establecimiento de contactos con la organización armada.

Una vez que se obtuvo un consenso suficiente, el 3 de noviembre de 1998, el Gobierno dio a conocer a través de la agencia Efe su decisión de «autorizar» contactos con ETA. Al día siguiente, el 4 de noviembre, en una rueda de prensa conjunta con el líder de la Autoridad Palestina, Yasir Arafat, y preguntado por ese asunto, Aznar dijo: «Yo he querido que los ciudadanos supieran y tengan muy claro que el Gobierno, y yo personalmente, he autorizado contactos con el entorno del Movimiento Vasco de Liberación.Lo he autorizado personalmente y quiero que los españoles lo sepan... Cuantos pasos tengamos que dar en este camino serán conocidos por la opinión pública española».

El 10 de noviembre, el Congreso aprobó por unanimidad una resolución en la que se instaba al Gobierno al «más amplio diálogo con todos los partidos» de cara al desarrollo de «una nueva orientación consensuada y flexible de la política penitenciaria en la forma que mejor propicie el final de la violencia».

A primeros de diciembre de 1998, la delegación de interlocutores del Gobierno se reunió en secreto en Burgos con una representación de Batasuna formada por Arnaldo Otegi, Rafael Díez Usabiaga y Pernando Barrena. La conversación fue bastante frustrante. Hay que tener en cuenta que EH (aunque Batasuna era legal, había elegido esa marca para acudir a las elecciones autonómicas) había logrado 14 escaños (224.000 votos) en los comicios celebrados en octubre, y sus dirigentes estaban ciertamente crecidos. Otegui fue muy claro. Batasuna no estaba dispuesta a actuar como intermediaria de ETA. Si el Gobierno quería un diálogo con la organización armada, tenía que hablar directamente con sus portavoces. Ya entonces, Batasuna pretendía que el proceso político vasco discurriera a través del cauce establecido a partir de dos mesas de negociación: una política, en la que sus líderes estarían presentes junto a los de los demás partidos vascos; y otra militar, en la que los interlocutores sólo podían ser ETA y el Estado español. A partir de entonces, el Gobierno se limitó a esperar la comunicación de ETA que debía llegar a través de monseñor Uriarte. [.....] Aznar no se fiaba de ETA y Mayor le había transmitido una conversación captada al jefe de sus comandos ilegales, Kantauri, en la que decía que la tregua declarada iba a ser cosa «de pocos meses».Sin embargo, el Gobierno tenía que hacer gestos que evidenciaran que estaba dispuesto a ceder en algo (ésa era la posición de Zarzalejos) y esos gestos sólo podían concretarse en un acercamiento de presos. El Gobierno no estaba dispuesto a la reagrupación o a su envío al País Vasco, como pedían nacionalistas y Batasuna.

Aznar siempre decía: «Desde el desarme podremos ser generosos».Pero no se quería pillar los dedos. Sabía que la única vía de cesión era la política penitenciaria. Para él, el Estatuto de Gernika y la Constitución eran irrenunciables. Según una fuente solvente, a lo más que llegó el presidente del Gobierno fue a pedir un estudio para acelerar la transferencia de competencias al País Vasco y su posible ampliación. [.....]

Seis meses después, el 28 de noviembre de 1999, ETA anunció el fin de la tregua a partir del 3 de diciembre. La banda justificaba su decisión en que el PNV y EA no habían cumplido su compromiso de ruptura total con los «partidos españolistas». El 21 de enero de 2000, ETA colocó en Madrid un coche bomba que acabó con la vida del teniente coronel Pedro Antonio Blanco. La esperanza había durado poco más de un año.”

El texto es largo y he tenido que extractarlo pero demuestra que mucho de lo que se critica a propósito de la ilegalizada Batasuna no tuvo relevancia en la reunión de Burgos que llevó, posteriormente al encuentro con ETA en Suiza, Ahora dirán algunos que no es lo mismo puesto que la formación abertzale está ilegalizada pero también lo está ETA y en Burgos, todos sabían que Herritarrok (EH) era el brazo político de ETA y que, al igual que el Sinn Fein, es la bisagra que posibilita el encuentro con los etarras.