La onda expansiva de la primera reconversión de la siderurgia integral empezaba a llegar. Avilés veía, a la vuelta de la esquina, el final de su forma de vida. Se acababa una etapa; casi una era. Malos tiempos para la lírica cantaba «Golpes Bajos». Tal vez por ello no se prestó demasiada atención a la conservación de un monumento, tan lírico y añoso, como el teatro Palacio Valdés.
Hace de eso, más o menos, dos décadas y, lo que son las cosas, los sucesos de entonces se repiten hoy. Pongan Térmica donde estuvo Palacio Valdés y despejarán todas las incógnitas. Vamos a ello.
Hace veinte años el teatro era un edificio desahuciado. Tras largas disputas internas, no tenía el apoyo de los gobernantes. Sus propietarios preferían ver cómo se arruinaba, más temprano que tarde, y contribuían a ello, intentando vender un solar, siempre más rentable que un viejo edificio. Hasta el único periódico que por entonces se editaba en la villa lanzaba tinta incendiaria para que se derribase el teatro al grito de «¡no y mil veces no!».
Por otra parte, en Avilés empezaba una nueva época para la cultura. Se construía la actual Casa Municipal de Cultura, calificada por sus enemigos como faraónica, y vista por sus amigos como el único lugar posible para techar la cultura de Avilés. Para amigos y enemigos, sobraba el teatro, por exceso o por competencia. Unos querían derribarlo y otros querían desnaturalizarlo convirtiéndolo en Casa de Cultura. No se puede tener todo, decían entonces. Casa y teatro son incompatibles. Que venga la piqueta.
Hasta aquí la historia de los dos edificios es idéntica. La Térmica sobra. Sus propietarios quieren derribarla cuanto antes para vender el terreno como solar. Ni tan siquiera los que defendieron la Térmica, de palabra y por escrito a cuatro colores, hace sólo unos meses, la defienden ya. Avilés también está en un período de cambio, tal vez avizorando la salida del túnel en el que entró por aquellos años. Y, qué curioso, también esperando la construcción de otro equipamiento cultural; esperanza blanca, de hormigón pintado. Y aparece otra vez el mismo argumento: no se puede tener todo, han dicho ahora, el Niemeyer y la Térmica son incompatibles.
Estas historias, idénticas en planteamiento y nudo, se separan un tanto en el desenlace. Hace dos décadas la sociedad avilesina, aún corajuda y joven, despertó del letargo. Avilés se movilizó hasta convencer a los políticos de que ambos proyectos, teatro y Casa de Cultura, eran compatibles, que eran complementarios. Y lo fueron. Por la dirección de quien quiso derribarlo un día, el teatro Palacio Valdés es hoy, acaso, el monumento en uso más querido de esta ciudad. ¿Alguien se imagina Avilés sin su teatro? ¿Hay quien lo quiera derribar ahora? ¿Piensa alguien que no se pueden tener Casa de Cultura y teatro Palacio Valdés?
El Ayuntamiento, en aquella ocasión, demostró gran cercanía a la población. Eso que ahora se llama altura de miras. Le hizo un servicio histórico a Avilés conservando el teatro. También fue una decisión histórica. Nunca se lo agradeceremos bastante.
Aplíquense el cuento. La escala ha cambiado. Avilés quiere ser ahora una gran ciudad de industria y de servicios, no una villa con dos pequeños equipamientos de provincias. El Niemeyer tendría una dimensión planetaria, y la Térmica, nacional. Compartirían los mismos públicos, se complementarían. Si todo lo del Niemeyer sale como está previsto, la Térmica sería rentable. Hasta podrían tener una gestión coordinada (como la Casa de Cultura y el Palacio Valdés). Es posible. Será rentable. Háganlo posible.
Es otro salvamento en el último momento. Aunque, esto también es cierto, si no llega no será por culpa de las autoridades. Ellas no van a salvar la Térmica. Tampoco van a derribarla. La tiraremos los avilesinos. Si Avilés quiere conservar ese edificio lo pedirá con tanta intensidad que, para las autoridades, será imposible derribarlo. Si, como ahora, sigue con cierta indiferencia sus últimos días, la Térmica se vendrá abajo. Y será justo que así suceda. Avilés habría hecho justicia. Es decir, la habría ajusticiado.
Voy a soñar. Y sueño que en Avilés hay una conciencia ciudadana hacia el patrimonio suficiente para demostrar que los avilesinos, y muchos asturianos, quieren ver en pie ese edificio. Al menos tanto como en el caso del teatro Palacio Valdés. Si así fuera, las autoridades permitan que, dentro de dos décadas, Asturias les agradezca este inteligente gesto que sólo ellos pueden hacer. Ya saben, altura de miras.
Que, quien corresponda, esté a esa misma altura de hace veinte años y entierre la piqueta hoy como la enterró entonces. Que se haga un favor a sí mismo haciéndoselo a toda la comunidad.

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