La crispación política está alcanzando cotas insospechadas. Los dos últimos debates en el Congreso y en el Senado, respectivamente, han sido antológicos al respecto. Puede decirse que la ruptura entre el Gobierno y la oposición es un hecho de muy difícil compostura. El “proceso” para lograr la disolución de ETA pierde todo o casi todo su sentido desde el momento en que los dos principales partidos, el gobernante y el que se le enfrenta, se muestran incapacitados para entablar diálogo. A partir de ahora, si es que existe lógica política, Zapatero no tiene otro rumbo que el trazado por la fatalidad de su propia línea de actuación, el sentido de sus imprudentes opciones y las consecuencias del abrazo del oso que ha aceptado y buscado con ETA y Batasuna. Por muchos perdones que Zapatero pida y muchas explicaciones a posteriori que proporcione, Mariano Rajoy y el PP no pueden permitirse el lujo suicida de perder la cara con una avenencia forzada que su electorado y su clientela política no comprenderían.

Se supone que el presidente del Gobierno y líder del PSOE está asesorado. Pero sus asesores no parecen dueños del don de consejo. Hay en torno a ZP un trust de cerebros, por llamarlos de algún modo, que no ofrece garantías en apariencia. Ese núcleo de personajes es bien conocido: Alfredo Rubalcaba, María Teresa Fernández de la Vega, José Antonio Alonso, José Enrique Serrano —director del gabinete del presidente— y el ínclito José Blanco, secretario de Organización del partido y uno de los mejores ejemplos de desacierto expresivo, siempre al nefasto servicio de su señor. En ese trust se cuecen y cocinan probablemente los peores desaguisados de una política que ha llegado a alarmar a las capas más sensatas del PSOE, aunque la conveniencia personal les imponga el silencio.

Pasadas las últimas tormentas parlamentarias, ya tenemos otra vez la expectación política centrada en la calle. La Asociación de Víctimas del Terrorismo y otros grupos afines, con el apoyo evidente del PP y el eco mediático simpatizante, politiza la protesta contra las negociaciones entre Zapatero y ETA-Batasuna. Una polinización, por otra parte, inevitable. Aquí no estamos ante una lucha contra la contaminación ni contra la delincuencia callejera, ni siquiera contra la inseguridad en el más amplio sentido, sino ante el fenómeno del rechazo y una negociación que las víctimas del terrorismo conceptúan como traición al sufrimiento que hubieron de soportar, haciéndose inútil tanta sangre vertida.

Por otro lado, el PP, que padeció en sus filas gran parte de las bajas causadas por el odio político etarra, encuentra un doble móvil para potenciar la concentración del próximo sábado: el factor humano y el factor político. Los socialistas, mientras tanto, quedan condicionados en su eventual disentimiento crítico por la línea política que el Gobierno de Zapatero ha elegido, y prefieren mayoritariamente callarse, aunque también existen notables y valientes excepciones condenadas a la marginación y el silencio, entre ellas las que representan Rosa Díez y Mayte Pagazaurtundúa.

La guerra contra el PP desde las filas y la dirección del PSOE —nada digamos del Gobierno— se orienta evidentemente a presentarlo como un elemento de obstaculización de la paz. En realidad, en la selección de personajes a los que combatir, Zapatero y su entorno apuntan sus armas dialécticas menos contra Mariano Rajoy que contra Ángel Acebes, que es tanto como disparar de rebote contra José María Aznar, a quien se vislumbra como el gran conductor en la sombra de toda la política de la oposición.