La Coctelera

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8 Junio 2006

Circuitos públicos de teatro y danza, de Xavier Marcé en El Mundo de Cataluña

Cada año se producen en Cataluña más de 400 espectáculos escénicos de carácter profesional. Una cifra muy elevada que indica claramente la capacidad creativa del país y las expectativas que el arte y la cultura generan en amplias capas de la población.

Desafortunadamente, apenas la mitad de estas propuestas pueden distribuirse con normalidad, bien sea porque no existen circuitos suficientemente amplios, bien sea porque no generan los ingresos necesarios para mantenerse en los escenarios.

Tal desequilibrio entre la producción artística y la capacidad de los circuitos de exhibición para absolverla es uno de los problemas más enquistados en nuestro sistema cultural y la fuente de numerosos problemas.

Y es que en un país donde la producción escénica es subvencionada con normalidad, la falta de circuitos supone inevitablemente el predominio de los espectáculos más comerciales, dificultades para los productos de mayor riesgo y una tendencia creciente a la mediocridad.

Los circuitos públicos son muy poco flexibles o como se denomina en términos económicos inelásticos, lo cual viene determinado por la omnipresencia del pago de cachets (ausencia de riesgo), por la poca movilidad del precio de las entradas y la falta de indicadores objetivos de éxito y fracaso.

A pesar de ser uno de los más extensos y desarrollados de España, el circuito de teatros municipales de Cataluña se limita esencialmente a los fines de semana, lo que impide un aprovechamiento completo de los equipamientos y supone una importante restricción para las compañías.

Que la mayor parte del circuito funcione a cargo de contratos completos y pago de cachés supone una clara discriminación de los espectáculos menos populares, obviamente poco contratados, favoreciendo la tendencia inflacionista del precio de aquellos espectáculos más comerciales.

A eso hay que añadir que no pocas veces los municipios asumen una parte del coste de amortización de las producciones que no han funcionado en los teatros de Barcelona ciudad.

La rigidez del precio de las entradas impide que el ciudadano asuma con normalidad el pago de cantidades variables en función del carácter más o menos comercial del espectáculo y dificulta el incentivo que para algunas compañías supondría actuar a riesgo.

En tercer lugar, la falta de indicadores de éxito y fracaso es una rémora generalizada de nuestro sistema cultural que impide constatar hasta qué punto ciertas trayectorias artísticas no deberían recibir subvenciones públicas a fondo perdido.

Tiene poco sentido mantener teatros con taquillas hipersubvencionadas que aún vendiendo todas las butacas pierden dinero.

Bajo tales prácticas es difícil imaginar que el sector pueda regenerarse hasta el punto de reequilibrar esa enorme diferencia entre oferta y demanda.

El sentido común aconseja compatibilizar el mercado escénico público existente con la utilización extensiva de los equipamientos con criterios de riesgo para aquellas compañías que no logren atraer el interés de los programadores.

El carácter público de los teatros tenderá progresivamente a colocar las cosas en su sitio utilizando los presupuestos para lo que deben servir: contratación de propuestas de calidad contrastada y riesgo objetivo, facilitando, en paralelo, las condiciones para que las propuestas más populares asuman sus prerrogativas en términos de libre mercado.

© Mundinteractivos, S.A.

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