Cumbre monetaria. Los desequilibrios de España
Nuestra elevada inflación, que daña la competitividad y que antes se corregía con devaluaciones, ha hecho que algunos analistas se planteen alternativas a la pérdida de la autonomía monetaria.
España es el país más inflacionario de la Eurozona, lo que está suponiendo una pérdida de poder adquisitivo para los consumidores y disminución de competitividad para nuestros productos en el exterior. Esta pérdida de competitividad se está manifestando en la disminución de cuota de mercado de nuestras exportaciones. La inflación no es un problema reciente. Los últimos treinta años de nuestra historia económica constatan que la inflación española ha sido siempre superior a la media de la UE.
Los productos españoles serían ahora mucho más caros y, por tanto, menos competitivos que los del resto de Europa si esa pérdida de competitividad generada por una mayor inflación no hubiera sido compensada históricamente con devaluaciones de la peseta. Así, por ejemplo, las fuertes alzas de precios que se produjeron de 1973 a 1977, consecuencia de la primera crisis del petróleo y de la exagerada elevación de los salarios, generaron pérdidas de competitividad que se manifestaron en fuertes déficit de la economía española frente al exterior en los años 1974, 1975 y 1976. Sin embargo, la devaluación de 1977 acordada en los Pactos de la Moncloa permitió recuperar la competitividad perdida, obteniendo superávit en las balanzas por cuenta corriente en los años 1977, 1978 y 1979.
Un segundo periodo de fuertes subidas de precios, que generó déficit exteriores en 1980 y 1981, se produjo a raíz de la segunda crisis del petróleo en 1979. La devaluación Boyer de 1982 fue la medicina que restableció la competitividad perdida (gracias a ella volvimos a tener superávit con el exterior de 1982 a 1987). En el periodo 1987-91, los mayores precios frente a nuestros competidores supusieron una excesiva apreciación real de la peseta (un 15% aproximadamente) con persistentes déficit de la cuenta corriente (desde 1988 hasta 1995). Para compensar esta apreciación hubo que devaluar sistemáticamente la peseta: dos veces en 1992, otra en 1993 y, la última, la que realizó Solbes en 1995. Y así, una vez más, gracias a las devaluaciones, se volvió a equilibrar la cuenta corriente (1995, 1996, 1997 y 1998).
A partir de 1999, sin embargo, la mayor inflación española ha venido acompañada de fuertes saldos negativos en la balanza de pagos. Desde 1995, última devaluación, nuestros precios han crecido, aproximadamente, un 15% más que la media de la UE, lo que ha generado una pérdida irrecuperable de competitividad de nuestros productos y servicios.
Si este diferencial de inflación continúa diez años más, las empresas exportadoras españolas lo van a tener muy difícil para vender sus productos en el exterior. Señal de que vamos por mal camino es que la OCDE ha previsto un déficit exterior del 8,9% para este año y de un 9,8% para 2007, lo que indica claramente que España pierde competitividad. Como es sabido, España forma parte del euro desde su fundación en enero de 1999, y, por tanto, ahora, y a diferencia de periodos anteriores, el problema parece mucho más grave, ya que no tenemos autonomía monetaria para poder devaluar. Y si el descontrol de la inflación constituye una amenaza para nuestra competitividad ¿qué podemos hacer?
Ante la ausencia de una política de tipo de cambio, el equilibrio exterior sólo es posible a través de la estabilidad de precios que es fundamental para asegurar el crecimiento económico. No se debe olvidar que un marco económico estable permite la creación de empresas y la erradicación del problema del desempleo, ya que favorece la inversión (impulsa el espíritu empresarial) y refuerza la competitividad de las empresas y el aumento de las exportaciones.
España crece a un ritmo del 3,5%, el doble que la media de la UE. Este crecimiento se traduce en una elevada recaudación fiscal que permite obtener un fuerte superávit fiscal. Como los tipos de interés de la economía están por debajo de la tasa de inflación española, los tipos de interés reales (aquellos que se obtienen tras descontar la inflación) son cada vez más negativos.
Para compensar esta política monetaria superexpansiva habría que apostar por un superávit fiscal mayor del que tenemos. De lo contrario, seguirán agravándose los desequilibrios (inflación y déficit exterior) que están hipotecando el crecimiento futuro, por ejemplo, el de 2007. De no corregirse la inflación seguirá ampliándose el déficit exterior.
¿Qué otra salida tenemos? Algunos analistas han considerado la alternativa de salirnos del euro y así tener una moneda que poder devaluar y recuperar la competitvidad. Por ejemplo, Wolfgang Munchau, en un reciente artículo publicado en el Financial Times (Spain has more reason to quit the euro than Italy) proponía que España debería salirse del euro. Para analizar esta alternativa quizá deberíamos preguntarnos primero ¿qué nos hubiera pasado si no hubiéramos entrado en el euro? Sin duda alguna, la peseta se hubiera devaluado y el tipo de cambio hubiera sufrido fuerte volatilidad. Efectivamente, con los fuertes déficit con el exterior que se han generado desde 1999, unido a las crisis de Brasil de enero de 1999, la de Argentina de finales de 2001, el efecto Lula de 2002 y la última subida de los precios del petróleo, se habría producido una fuerte depreciación del tipo de cambio de la peseta.
De no haber estado en el euro, la política monetaria hubiera seguido otros derroteros y el Banco de España hubiera subido los tipos de interés alcanzando, como mínimo, el 5%. Así con tipos de interés más altos el crecimiento hubiera sido menor pero con una combinación más equilibrada (hubiera habido una menor demanda de consumo, de inversión en bienes de equipo y de vivienda). Es decir, con tipos de interés más altos se habrían producido menores desequilibrios y una menor burbuja inmobiliaria, pero también un menor crecimiento económico y mucho menos empleo.
El euro explica, de alguna manera, tanto nuestro éxito económico como nuestro fracaso. Gracias al euro nuestra credibilidad internacional durante estos siete años ha sido mayor y nuestros tipos de interés mucho más bajos. Lo que nos ha permitido crecer muy por encima de nuestros socios europeos, pero, eso sí, con más desequilibrios. No hay que olvidar que a pesar de la subida de los tipos de interés que haga hoy el Banco Central Europeo (BCE) su política monetaria sigue teniendo para España un carácter excesivamente expansivo.
Sin embargo, las ventajas de estar en el euro son mucho mayores que las que obtendríamos si nos saliéramos de él como propone Munchau. Salirnos del euro es impensable, primero, porque esa opción no se contempla en ningún tratado europeo; segundo, porque la política monetaria del BCE y todo el mercado interbancario está muy cristalizado y tiene difícil vuelta atrás; tercero, porque buena parte de nuestro éxito económico de crecimiento y empleo se deben al euro y, por último, al entrar en el euro se ha eliminado el riesgo del tipo de cambio, que junto a tipos de interés muy bajos ha permitido una gran accesibilidad de las empresas españolas a la financiación, lo que ha permitido su fuerte expansión en el exterior.
Desechada esta posibilidad, sólo nos queda, por tanto, estabilizar los precios para dejar de perder competitividad, que es la única manera que tiene la economía española de garantizar el crecimiento y el sostenimiento del empleo. Es decir, ante la imposibilidad de devaluar, la competitividad y el equilibrio exterior sólo son posibles a través de la estabilidad de precios, que únicamente se puede alcanzar mediante políticas fiscales restrictivas, estímulo a la competencia y reformas estructurales que permitan, a su vez, una mayor movilidad de los factores productivos y mayor flexibilidad de la economía. De no seguir este camino, lo único que nos espera es o un aterrizaje suave de la economía o bien uno brusco, como los que han tenido Alemania, Japón, Italia y Portugal, durante diez años. Es decir, una recesión económica, en toda regla, con daños incalculables. Y entonces sí que habrá que hacer, durante muchos años, las reformas estructurales (a la japonesa) para ganar competitividad y poder así salir del hoyo.
Rafael Pampillón es profesor del Instituto de Empresa.
©Mundinteractivos, S.A.

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