Este Gobierno gana batallas pero pierde las guerras, amén de la razón. En los dos años que llevamos de legislatura nunca se había producido un deterioro democrático y un nivel de enfrentamiento social y territorial más grave que el que estamos viviendo bajo la égida del presidente Zapatero. Sólo el paréntesis del golpe de Estado del 23F supera la crisis nacional en la que cabalga eufórico el primer habitante de la Moncloa, el que todavía no ha empezado a darse cuenta de la magnitud del desastre que emana de su gestión. Cree, el iluso, que porque gana batallas mediáticas puntuales con ayuda de su inmenso poder audiovisual va a ganar la guerra, y no es verdad. Entre otras cosas porque las guerras las pierden todos los contendientes, y en el caso español de manera especial.
Se lanzó sin necesidad y sin el paracaídas del consenso en pos de la inconstitucional y a la vez caótica reforma del Estatuto catalán, y a la vista están los destrozos en España, en Cataluña, en el PSE y en el referéndum, donde la clase política catalana anda a palos de todos contra todos. En la negociación con ETA, más de lo mismo, se entregó en manos de Batasuna, como antes en las de ERC, y la indignación nacional crece como una ola gigante de esas que arrasan las playas del océano Índico, sin que nadie sepa hoy hasta dónde puede llegar. En la política exterior, lo mismo, y otro tanto en la de inmigración —los negreros envían sus barcos a España ante la llamada de Zapatero—, y en la economía, cosas similares, como la OPA famosa de Gas Natural sobre Endesa con la que Gabarró nos anunció que había puesto el semen, y nueve meses después el niño no llega y más bien da la impresión de que quien está en situación embarazosa es la gasista y su hermana mayor La Caixa, mientras Endesa va ganando la guerra ilegal, con visos de corrupción, que organizaron Zapatero y Montilla al alimón.
Lo dijo el presidente del Gobierno el día siguiente de que Ibarretxe presentara su plan en el Congreso de los Diputados: “Pizarro es el jefe”. Y desde entonces lanzó contra el patrón de Endesa la maquinaria del poder, para pagarle las deudas al PSC de Montilla y engrasar con regalos energéticos el insaciable apetito del nacionalismo catalán. Pero el mercado es tozudo y las cosas, a pesar de las trampas de los reguladores y del propio Gobierno, les salieron mal. Llegó la UE, y el Tribunal de la Competencia y la otra OPA de E.ON, y la acción de Endesa se fue hacia las nubes para el contento de sus accionistas, y la eléctrica batió récord en sus resultados y en dividendos, y los tribunales le dieron la razón. Y ¿ahora qué?
Pues que Montilla le quiere quitar a Maragall el sillón de la Generalitat que se quedará Mas, si es que el referéndum no descarrila ante tan grotesco espectáculo político y la onda expansiva de los amores de Zapatero con Otegi, que Gara ha dibujado con mucho acierto pintando el abrazo de la serpiente a la rosa del PSOE. Montilla se va, pero se queda el tal Miguel Sebastián, el asesor monclovita, que sigue empeñado en la caza de Manuel Pizarro y al que no se le ha ocurrido otra cosa que lanzar otra campaña contra el aragonés, esta vez para intentar echarlo de la vicepresidencia de Bolsas y Mercados Españoles (BME), con el argumento del código del buen gobierno —aún en cuarentena— del inefable presidente de la CNMV, Manuel Conthe, que si fuera coherente con su código ya estaría en su casa y fuera de esa competencia que ha manipulado al servicio del poder, como se ha visto en la OPA de Gas Natural.
Donde debería haber personas independientes y de reconocido prestigio es precisamente al frente de la CNMV, porque Conthe y Arenilla (otro que vendía endesas a granel) son agentes partidistas del Gobierno y de su entorno financiero y empresarial, como se ve y se desprende de su comportamiento en la caza fallida de Endesa y en otras andanzas. Y lo que deberían defender este par de agentes del poder político es la independencia y la libertad de las empresas frente al intervencionismo oficial disfrazado de lagarterana sentimental y feminista que a nadie engaña con los códigos que no cumplen sus propios promotores. Pero ¿no les da un poco de vergüenza?
Pues no, Zapatero ha dicho que Pizarro es el jefe y ¡a por él! o ¡a por ellos! Como dice el himno de los no menos ilusos de la selección nacional de fútbol camino del Mundial. La guerra de Endesa, empantanada en tribunales y en la UE, va para largo y La Caixa está pagando un precio muy alto por semejante atropello político, en el que nunca se debió subir, como ahora reconocen en privado sus más sensatos directivos. Y Pizarro, al margen del desenlace final en el que ha garantizado el beneficio y la victoria de los accionistas, ya ha ganado su pulso inicial, porque como bien dijo Cela: en España, el que resiste gana. Pero Zapatero sigue empeñado en que “Pizarro es el jefe” y algo le quiere quitar, aunque sea lo de la BME, porque además en Moncloa piensan que el presidente de Endesa, además de buen gestor, puede llegar a ser buen político y no quieren que la cosa vaya a más. Por eso están a vueltas con Pizarro, con el Estatuto, con Batasuna, con los cayucos, las bandas rumanas y la diplomacia de baja intensidad. Y menos mal que la economía aguanta, porque de lo contrario —ayer le daba Zapatero lecciones sociales a los gobernadores del BCE— la pesadilla de esta legislatura estaría a punto de terminar.

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