Una notícia leída recientemente ha venido a preocuparme aún más si cabe, al reflexionar con objetividad acerca de qué son, o más concretamente, en qué se han convertido las editoriales españolas.Según la organización Greenpeace, España está entre los países cuyas editoriales se comportan de manera más guarra, a saber, no usando papel reciclado. Es como si, quijotes tal que somos, y chulillos, una buena parte de nosotros editores quisieran ofrecer al público «papel de primera», nada de reciclados ni apaños ecologistas pasados de moda y tal.

Qué pena que la calidad de cuanto se ofrece en los catálogos, o sea, los contenidos, no está a la altura de ese purista.

Creo, y lo creo con absoluta sinceridad pero también con gran dolor, que el nivel literario que hoy en día se busca en el mercado editorial se halla en proporción inversa a lo que podría entenderse como «calidad», u obras con verdadero «contenido». Qué pocos se arriesgan dándole al lector una oportunidad de descubrir la auténtica literatura, que por lo general, y como bien es sabido por todo aquel que no sea un incauto o un necio recalcitrante, está reñida con las ventas.

En realidad los editores -aunque insisto en que hay honrosas excepciones, cómo no iba a ser así- no hacen otra cosa que debatirse en la frenética, absurda lucha por dar con clones de conocidos bestsellers, a ver si cuela...

Da que pensar, cuanto menos eso, saber cuál fue el libro más vendido en el pasado Sant Jordi.

Una novela que, se dice, eludió todos los protocolos pertinentes y, de boca en boca, se hizo con tan preciado status. Una novela sobre nuestra ciudad, Barcelona, con trama de fondo en la línea de lo religioso como misterio.

Así concluyó la hegemonía de la otra novela (¡qué casualidad, también una visión-recuperación nostálgica de nuestra ciudad!), que llevaba arrasando varios años. Otro no-escritor que esribe una no-novela y se encarama en las listas que hacen los no-libreros (a ellos corresponde una cierta parte de culpa en todo esto, pero cualquiera se atreve a decirlo alto y claro: los libreros, fundamentalmente, quieren vender y basta) exaequo con el no-lector incipiente que ahora parece imperar. Porque entre unos y otros han creado un determinado tipo de monstruo: ese no-lector convencido de que la literatura empieza en Ken Follet y acaba en Noah Gordon.Y no les contradigas, porque te acusarán de pedante y hasta de ágrafo. De modo que, es posible, tampoco tenga la mayor importancia que las editoriales españolas sean guarras y no reciclen su papel.

Como si utilizan papel higiénico, dado que al personal parece haberle dado por consumir mierda, con perdón. Pero no mierda de la que aparece en las novelas del Marqués de Sade, que esa obliga a pensar, no sino la otra, de la que- así debe ser, o de lo contrario no lo entiendo- te hace sentir que «estás en la onda», de que has leído el libro que había que leer, dado que en un momento u otro de vida social, alguien lo va a sacar a relucir y, por supuesto, ahí estarás tú para opinar al respecto.

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