La renovación de la directiva del Instituto Internacional de Prensa (IPI), de la que la semana pasada se ofreció breve noticia en esta página, tuvo este año la novedad de una votación secreta de los miembros entre dos candidatos al mismo puesto, el que correspondía a España. La tradición quiere que, al terminar el mandato de un miembro de una nacionalidad, la sección del IPI en ese mismo país proponga un solo candidato, que es sencillamente ratificado. No sucedió así este año y hubo que optar entre dos españoles para suceder a Santiago Ybarra. Más allá de la anécdota y de que este cronista fuese uno de los dos candidatos, esta elección suscita algunas reflexiones sobre el IPI, su misión y la participación española en los organismos internacionales de libertad de prensa.
El IPI fue fundado por 34 directores de periódicos de 15 países, reunidos hace 56 años en la Universidad de Columbia. Apenas salidos del horror de la II Guerra Mundial y bajo el impacto de los totalitarismos criminales del siglo XX, esos periodistas decidieron defender con todos los medios a su alcance la libertad de expresión y prensa en cada rincón del universo, convencidos de que la información libre y un público verdaderamente informado serían las bases de un mundo mejor. Es el más antiguo de todos los organismos dedicados a la libertad de prensa.
A lo largo de los años, el IPI ha ido concentrando sus esfuerzos en zonas del mundo donde las amenazas a la libertad y hasta a la vida de los periodistas eran más graves, desde la URSS hasta Cuba, desde Irán hasta Colombia. Insensiblemente, los miembros europeos (y occidentales en general) han ido perdiendo interés porque para ellos las amenazas habían acabado siendo algo abstracto o remoto, no algo con lo que lidiar, algo que temer a diario: la libertad de prensa, en la feliz Europa Occidental, no era ya un problema. Hasta que la crisis de las viñetas de Mahoma en un diario danés, este mismo año, viniese a sacudir nuestras conciencias. No sólo por las amenazas de muerte contra los dibujantes, literalmente obligados a vivir escondidos tras pronunciarse alguna fatwa delirante, sino -y quizá más aún- por las blandísimas reacciones de dirigentes europeos como los señores Solana, Frattini o Moratinos, más preocupados por ofrecer ramitas de olivo a los islamistas que por la defensa firme de una de las más fundamentales conquistas democráticas: la libertad de expresión.
Los periodistas europeos deben volver a implicarse en el IPI para defenderla. Ésa es la tarea cuando resurge la bestia, cuando algunos preferirían sacrificar conquistas para aplacar al agresor, como en 1938. Así se planteó una de las dos candidaturas; la otra, sobre la conveniencia de elegir al representante de una agencia «neutral» (cuando en el IPI la representación es estrictamente personal) frente a uno de los «grupos de prensa españoles, que están todos ellos estrechamente relacionados, o con el PP, o con el PSOE». Toda una descalificación de nuestra prensa.
© Mundinteractivos, S.A.

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