Simon Jenkins, el columnista del Guardian, escribió el otro día en este periódico un artículo imprescindible sobre los hechos y los artistas, o más bien sobre la sinvergonzonería y la pereza de los artistas, cuando lloran como una mujer (novela) lo que no supieron defender como un hombre (historia): y que Dios me perdone. El inglés aludía a un llamado Código Da Vinci, al parecer libro y película, donde se vierten unas acusaciones contra el Opus Dei, secta y carácter. Las acusaciones son falsas, pero están mezcladas con nombres y hechos verdaderos y el lector no puede distinguir unos de otros. Jenkins protesta con frases admirables como ésta: «Las novelas históricas optan por lo más fácil: su inventiva impone la armonía frente a la cacofonía de los hechos».Y también el Opus Dei ha protestado. Hace poco leí una carta muy razonable y temperada de uno de sus gestores que se quejaba en términos similares a los de Jenkins. Tenía más razón que un santo. Aunque es justo reconocer que cuando una persona religiosa protesta por la confusión entre hechos y ficciones debe poner de inmediato sus barbas a remojar. Cualquiera sabe que la religión no es nada más que la obstinada, estetizante y eficacísima confusión entre hechos y ficciones. Novelistas y creyentes (los separaremos por provisionales razones metodólogicas, pero en seguida volveremos a zurcir a los siameses) comparten órganos vitales. Lo más parecido a un novelista cuando exalta desdeñoso la verdad poética y su aéreo desprendimiento es un religioso que dice «mi reino no es de este mundo».
Pero, salvados estos pequeños obstáculos, el Opus tiene razón.Y la tiene, sobre todo, respecto a algo que no cita y debiera: la indiferencia con que la razón aparente y dominante (es decir, el pensamiento correcto, dominio de la izquierda) acoge estas manipulaciones. Me gustaría ver, por ejemplo, un Código Da Vinci con curas y etarras, ambientado en la España transitoria. O una semificción gay sobre la Cuba castrista y sus agujeros negros.Y por qué no: plata y pederastia en Ebolivia. La reacción sería muy fácil de imaginar: basta ver el alzamiento que se produjo ante las caricaturas (desgloso: ca-ri-ca-tu-ras: ficción y realidad, al cabo) de Mahoma, publicadas por el diario noruego.

La cosmogonía de la izquierda es raramente objeto de eso que se llaman aproximaciones libres. La cuestión no me parece menor.Todo lo contrario. Tiene que ver, por ejemplo, con el diferente trato que dio el siglo a las víctimas del nazismo y del comunismo.Y con esta pregunta relacionada: ¿por qué el comunismo no tiene su negacionismo? Algo tendrá que ver la evidencia de que sólo puede negarse lo que se afirma.

(Coda: «Una mentira, dicen, debería ser refutada en un mercado de ideas. Pero los hechos descritos en este libro deberían probarles que se equivocan: una mentira deliberada no es una idea» Hadassa Ben-Itto, La mentira que no ha querido morir. Riopiedras, 2004.)

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