Para placer de muchos y horror de unos pocos, esta semana empieza el rito cuadrienal de la Copa del Mundo de fútbol.

Catorce de los 32 equipos participantes son europeos, lo que roza el 44% del total mientras que Europa supone menos del 12% de la población mundial. En 1900, Europa contaba con casi un cuarto de los habitantes del mundo. Tarde o temprano el sistema de selección por continentes deberá reflejar esta realidad demográfica, a pesar de la tradición futbolística de nuestro continente y de que los estados europeos tienden a ser más pequeños que la media -una tendencia que se ha acentuado después de la ola de democratización en Europa del Este.

África, con más del 13% de la población global, manda 5 equipos. Esta vez son 4 del África negra y uno árabe, Túnez. Se puede aducir que Asia, donde viven seis de cada diez terrícolas, sólo manda 4 equipos a Alemania. La diferencia está en que África adora el fútbol tanto como Europa y América Latina.

Para los jugadores de Costa de Marfil, Ghana, Togo y Angola, el Mundial de Alemania les abre las puertas del cielo. No por la oportunidad de ganar, más bien escasa (el equipo africano mejor situado en las apuestas es Costa de Marfil, en el 16º puesto), sino por mostrarse en el mejor escaparate y poder dar el salto a un futuro mejor, y quizás, por qué no soñar, a la fama planetaria.

El deporte, y en menor medida las artes, es la gran avenida al estrellato para los hijos del continente más pobre. El impacto para la autoestima de África es difícil de exagerar. En nuestros países, también es importante en la lucha contra el racismo que niños y demás fans tengan como ídolos a celebridades con otro color de piel.

Multitud de jugadores africanos ya juegan en Europa, en las primeras y segundas divisiones. Algunos de entre ellos defienden los colores de su país de adopción, lo que es reconocido como un factor favorecedor tanto de la aceptación como de la integración de la población inmigrante.

Nigeria dio la gran campanada al ganar la medalla de oro en fútbol en los Juegos Olímpicos de 1996, a la que siguió Camerún en 2000. En los Juegos sólo pueden participar futbolistas menores de 23 años, pero se considera que el fútbol africano, con sus flojas ligas y falta de recursos, no hubiera alcanzado tal competitividad sin el aprendizaje en el extranjero de sus jóvenes valores.

La exportación de futbolistas hacia nuestro continente es un fenómeno al alza, convirtiéndose en la gran esperanza de muchos hogares pobres. Hay quienes abusan de ella: se ha descubierto en Francia una estafa que consiste en cobrar cantidades desorbitadas a familias africanas para mandar a su hijo a una academia de fútbol en París, supuestamente con un precontrato con un club francés bajo el brazo. Al llegar a la inhóspita Europa no hay ni academia, ni club, ni papeles de inmigración, y el joven es abandonado a su suerte. Se encuentra en la marginalidad, desesperado por ayudar a su familia a cubrir las deudas contraídas, y renuente a romper su ilusión.

El fútbol es un juego. Sin duda un enorme trampolín social y económico, pero sólo para unos pocos. La mayoría de africanos vive y seguirá viviendo de la agricultura.

Mientras nos preparamos para el mayor espectáculo de masas, la ronda de Doha, que desde 2001 intenta reducir las barreras al comercio y mejorar el acceso a los mercados internacionales de los países pobres, parece abocada al fracaso. Europa y nuestro carísimo proteccionismo agrícola son percibidas como las grandes culpables, y es innegable su buena parte de responsabilidad en que las negociaciones no avancen.

Los países en vías de desarrollo tienen todo el derecho a exigir mercados agrícolas más libres y justos a Europa, Estados Unidos y Japón. Y también es cierto que podrían mejorar sus exportaciones mañana mismo sin depender de los países ricos, empezando por liberalizar el comercio entre ellos. Este es un hecho que tiende a pasar desapercibido.

Erika Casajoana. Consultora política.