Joaquim Pisa en su blog
El estrepitoso derrumbe de Mariano Rajoy durante el debate sobre "el estado de la Nación" que se acaba de celebrar en el Congreso de los Diputados español, es una señal inequívoca y tal vez definitiva del progresivo hundimiento del Partido Popular.
El PP es cada vez más la estampa de un boxeador sonado: agarrado a las cuerdas, va lanzando ganchos desesperados que inexorablemente acaban en el vacío. Su adversario, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, por el contrario, coloca golpes cada vez más precisos y contundentes sobre el ya muy castigado rostro del púgil que representa a la derecha/extrema derecha española.
El desconcierto parece haber hecho presa en los dirigentes del partido de la derecha y la extrema derecha españolas. Y lo que es peor para ellos, esa sensación comienza a descender piramidalmente hacia sus militantes, simpatizantes, y votantes. La idea de que el PP ya no sabe hacia dónde camina, que es una fuerza política fuera de todo rumbo y cada vez más desconectada de la realidad, se abre paso con fuerza en los sectores de la sociedad española sin el apoyo de los cuales ése partido carece de futuro. Para los poderes que usan el PP como canal de expresión política de sus intereses, el partido está comenzando a convertirse en un peso muerto.
Señalan los politólogos que la radicalización hacia la extrema derecha, vivida por el Partido Popular desde su derrota electoral en marzo de 2004, le ha servido al equipo de Rajoy para nuclear un voto fiel e inasequible al desaliento; pero al mismo tiempo le estaría enajenando el apoyo (o las posibilidades de obtenerlo, según casos) de aquellos sectores del electorado español que identificándose como de derechas, se consideran ante todo demócratas, y repudian por tanto los planteamientos propios de la extrema derecha tras los cuales se están fortificando los dirigentes "populares".
Recientemente, el ultraderechista Ynestrillas, uno de los rostros más conocidos de la extrema derecha organizada española, ha dicho que le parece estupendo coincidir con Rajoy y con el Partido Popular en temas como inmigración, terrorismo o el debate territorial. Es precisamente esa identificación la que está dañando de modo irreversible al PP. Si el PP abandona definitivamente el espacio de la derecha democrática –ese famoso "centro", que pretendían ocupar en exclusiva-, para refugiarse en las propuestas ideológicas que satisfacen al sector más radical de su electorado, sus posibilidades de regresar al gobierno de España son nulas. Y eso lo saben también quienes alientan, financian y tutelan partidos políticos como el PP.
Hay señales inequívocas de que el PP se va por el desagüadero. Hoy mismo un juez español ha implicado a Aznar en la causa por el asunto de la medalla del Congreso de EEUU que el entonces presidente del gobierno español se intentó comprar con dinero público, dos millones y medio de euros que lobbys y abogados deberían haber invertido en comprar la voluntad de congresistas norteamericanos para que concedieran el ansiado galardón al "amigo Ánsar". Entre paréntesis hay que subrayar que es tal la irrelevancia del personaje, que sus interesados propagandistas no consiguieron, ni siquiera mediante el soborno, interesar al número suficiente de congresistas para que EEUU le diera la dichosa medalla a Aznar. Pues bien, que un juez íntegro se haya atrevido a procesar al ex presidente, y ello en plena ofensiva de los sectores más reaccionarios de la cúpula del aparato judicial del Estado español, significa que el poder de toda esa gente anda realmente muy quebrado, lo cual es desde luego una excelente noticia.
España necesita un gran partido de derecha democrática. A lo largo de la Historia hemos padecido su falta, atribuible sin duda a que en este país no hubo una verdadera Revolución Burguesa. El apaño que se produjo a mediados del siglo XIX entre la naciente burguesía y la vieja aristocracia, atemorizadas ante el naciente movimiento obrero, lastró por un siglo largo las expectativas de cambio político, social, económico y cultural en España; el reparto de poder se mantuvo prácticamente intacto hasta que, consumada la Revolución Industrial en los años cincuenta del siglo XX y una vez muerto Franco, la Transición y sobre todo la época de los gobiernos socialistas de Felipe González (1982-1996) vinieron a consumar algo parecido a la Revolución Burguesa vivida por Europa casi siglo y medio antes. Por en medio, la experiencia reformista que fue la II República resultó tan breve –fue asesinada en 1936 por una sublevación militar-, que no permitió otra cosa que dejar el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue.
La derecha política española no es, ni ahora ni antes, homologable a las derechas europeas. Las derechas europeas consolidadas vienen en muchos casos del antifascismo militante de los años treinta y cuarenta. En España, por el contrario, la derecha política viene directamente del franquismo: ese baldón es el que no puede, ni al parecer, quiere, superar.

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