Asumamos que el trayecto hacia el nuevo Estatut no ha sido un ejemplo brillante de manual de ciencias políticas pero no nos dediquemos a chapotear eternamente en el tópico antipolítico que tanto gusta al amargado profesional que sólo ve ladrones, arribistas e ineptos en la clase política. Asumamos que (como ya hemos escrito varias veces) el proyecto de reforma del Estatut empezó como un brindis al sol ante la expectativa de un Gobierno central presidido por Rajoy. Y asumamos también que los partidos catalanes estaban preparados para la confrontación simbólica con el PP pero no para la negociación geométrica con Zapatero. Asumamos, finalmente, que se ha negociado el sistema operativo de la autonomía catalana en un contexto de legítima competencia partidista, de radicalización derechista contra el Gobierno socialista y de alta influencia del escenario político vasco sobre todo lo demás, marcado por el factor violencia, que es superior a cualquier consideración táctica formulada desde Barcelona. Una vez asumido todo esto celebremos que la política sigue en pie, a pesar de la tentación antipolítica de varios actores, fascinados por las posibles ganancias en el río revuelto de una eventual crisis en cadena.
Ha llegado la hora de votar, que es el gran momento de la política. Como escribe Bernard Crick, "la política es la prudencia temeraria", así que tratemos de asumir el riesgo con cálculo. A tenor del ambiente y del sondeo que ayer ofreció La Vanguardia, resulta que la sociedad catalana aprecia mayoritariamente que el nuevo Estatut es un avance claro del autogobierno y una mejora objetiva para la vida de todos.
La decisión racional favorece el sí, porque es de sentido común sustituir lo viejo y desfasado por lo nuevo y acorde con el presente. ¿Quién deseará quedarse con las competencias y los recursos del Estatut de 1979 cuando puede obtener más? Sólo los que se mueven por un dictado muy ideológico y/ o emocional.
En el campo de la derecha españolista, los mensajes apocalípticos que contraponen el nuevo Estatut a la estabilidad y unidad española han calado. Por eso la encuesta de este diario mostraba que las mayores proporciones de voto negativo se ubican en el electorado natural del PP. En cambio, es en el mundo nacionalista catalán donde hay un no ambivalente, tanto, que no desea imponerse de verdad en las urnas porque admite que el triunfo del sí implica un horizonte mejor. El mismo sondeo revela que el sector de votantes de ERC favorables al sí supera a los del no. La complejidad sube.
En el espacio nacionalista catalán lo emocional-ideológico y lo racional-político compiten en esta campaña. Los votantes del PP no tienen ningún problema de conciencia al dejarse llevar por la pendiente testicular, pero el electorado soberanista constata que las apelaciones inflamadas al tot o res no responden a un plan B para superar el estancamiento de un país sumido en el no. Cuando el líder de ERC rechaza el nuevo Estatut como una forma de acelerar "nuestro camino imparable para ser un pueblo libre", la mayoría intuye que hace trampa. Sobre todo porque Carod denunció este juego de calentamiento retórico en su antecesor Àngel Colom. Las ironías de la vida han hecho que el de Cambrils copie ahora el discurso hueco de la independencia exprés que tanto criticó ayer por ser políticamente ingenuo, socialmente incomprensible, intelectualmente débil y estratégicamente ineficaz. El no al Estatut no traería un mejor autogobierno ni un proceso de independencia, sólo frustración y ventaja para el PP. Este autoengaño sólo sirve a los que desean regresar, puros y pocos, a los arrabales de la política.

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