Buen ejemplo de cómo en el arte -y quizás también en la política, no sé- son las insuficiencias las encargadas de crear un estilo, una marca personal, un eco identificatorio, las películas de serie B demuestran que allí donde no alcanza el presupuesto, la gracia consiste precisamente en hacer de esa impotencia un rasgo personal: los pintores que se las arreglaron para virar su incapacidad de hacer impresionismo en la creación de un nuevo estilo pictórico en el que ganara la abstracción, pueden ser otro ejemplo -sin duda más polémico-.
Las películas de serie B son producto de los avatares históricos: una respuesta de los estudios de Hollywood a la crisis de público que trajo aparejada el crack del 29. A alguien se le ocurrió que había que maximizar los beneficios, y las grandes productoras concibieron la sesión doble: dos largometrajes por el precio de uno, se entra en el cine a las cuatro y no sales hasta que ya es de noche. El plato fuerte sería una lujosa producción -la clase A- y además se te daba un filme de relleno, para ocupar tiempo, el barato filme -la clase B-. Eran éstas películas de género -lo que siempre ha sido un handicap en el mundo del arte: en la literatura pasaba igual, las obras de género eran consideradas relleno para las clases populares, hasta que alguien rompía las fronteras, Dashiell Hammet en la novela policíaca, Ray Bradbury en la ciencia-ficción, y con una obra maestra elocuente se cargaba todas las categorías y las críticas a priori.
Con la serie B pasó un poco lo mismo, la aparición de un gran maestro subió el tono del género y convirtió lo que eran defectos declarados de una forma de hacer cine -la baratura, las prisas, las viejas glorias en papeles poco gloriosos- en todo un estilo que bautizaría una forma determinada de hacer películas. No hay duda de que el gran nombre de la serie B es Jacques Tourneur, pero había otros gigantes: Jules Dassin (nadie que vea esos 30 minutos de auténtico cine mudo que se incrustan en las entrañas de Rififí podrá discutir la condición de maestro genial de este director) y Anthony Mann, entre ellos.
Javier Memba, que ya había diseccionado con su erudición formidable y su prosa cuidada y veloz a la nouvelle vague y las obras maestras que produjo la ciencia-ficción en su década dorada (los años 50) dedica ahora un necesario, pedagógico y entusiasta repaso a la serie B. Para ello cuenta en la primera parte la historia de cómo surgieron las películas de serie B, hace la historia de la triste suerte de los estudios pobres y del departamento de películas baratas de los grandes estudios. Y enriquece su muy informado y completísimo resumen de este capítulo de la historia del cine, con una selección de películas inevitables del género en el que viene aprobarse la afirmación con la que empezaba esta columna: allí donde las incapacidades, insuficiencias o imposibilidades exigidas por un género se convierten en marcas solventes de una manera de mirar el mundo, surge una voz nueva, algo distinto, más efizcaz y personal que aquello que se limita a seguir repitiendo los ecos recibidos (cosa que aun hoy podemos comprobar en las cientos de películas que siguen repitiendo las maneras de hacer cine que ya hicieron, y mucho mejor que las muestras actuales, los maestros antiguos).
En esa filmografía La mujer pantera y Yo anduve con un zombie, grandes momentos del género, dirigidas por Tourneur, El Gran Flammarion, con el inolvidable Von Stroheim haciendo de militar que se gana la vida en un teatro de variedades, los westerns de Budd Boetticher, y las poéticas películas -más por Poe que por otra cosa- de Roger Corman.
El libro de Javier Memba cumple su función primordial excelentemente: una vez que uno lo cierra, corre a ver si puede encontrar en las tiendas de DVD, algunas de las películas que con mano segura aquí se alaban.
© Mundinteractivos, S.A.

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